Cuando no se divisa lo que hay del otro lado,
dudo en cruzar el camino.
Titubeo.
Trato de tomar vigor con un suspiro,
pero me detengo.
Lo pienso dos veces,
y tres,
y cuatro,
y más,
hasta que asumo
que el canto de los astros
y el fluir del viento
no es mera física,
ni solo guiño de Natura;
es la presencia de mis abuelos,
mi madre querida que no me deja,
la terquedad de mi padre que me da fuerza,
el amor de mi hermana mayor,
mis amigos,
mis ancestros.
Entonces,
sé que la memoria es pálido reflejo
de la realidad fiel y firme.
Y no me importa ignorar lo que
me separa de la otra acera.
Me lanzo a cruzar el río,
la cerca, el trecho, o lo que sea,
y allende, ya seguro,
sé que el calor en mis hombros
no es a causa del sol;
son las palmadas de todos ellos,
—mis hermanos invisibles—
que me dicen:
“¿Vamos a lo que sigue?”
Abel Pérez Rojas. #Abelperezrojaspoeta




























