Por: Dr. Enrique Canchola Martínez
Académico e Investigador
UAM, México.
Desde mi perspectiva como estudioso de la neurobiología y la ética social, el drama que vive Venezuela no puede ser visto simplemente como un conflicto de poder. Es, en esencia, un colapso de la homeostasis social que afecta la integridad biológica y psicológica de millones de seres humanos. Analizar este problema desde la bioética nos obliga a observar al Estado no como una abstracción política, sino como un organismo que ha dejado de proteger a sus propias células: los ciudadanos.
Cuando hablamos de Venezuela desde la bioética, entramos en el terreno de la bioética social y de intervención. No se trata solo de la ética teórica, sino de la ética de la supervivencia de una población cuya arquitectura biológica está siendo erosionada por la carencia y el estrés crónico.
Rompimiento del Principio de Justicia (Equidad Sistémica)
El principio de justicia en bioética exige que los beneficios y obligaciones se distribuyan de manera equitativa. En Venezuela, observamos una hipoxia distributiva: los recursos vitales (medicinas, alimentos, energía) no llegan a todos los estratos sociales de manera uniforme.
Desigualdad biológica: La existencia de una élite con acceso a salud de primer nivel frente a una mayoría que enfrenta un desabastecimiento de medicamentos del 85% al 90% crea una sociedad de castas biológicas y sociales, donde la vida de unos parece tener más valor que la de otros.
La No Maleficencia y Beneficencia: El Estado como Agente de Daño
El mandato ético primordial es Primum non nocere (Primero no hacer daño). Cuando un sistema de salud colapsa y las tasas de mortalidad infantil y materna se duplican; como ha ocurrido en la última década en Venezuela, el Estado incurre en una maleficencia por omisión.
Por otra parte, la falta de insumos básicos convierte a los hospitales en espacios de riesgo biológico y desesperación, donde el acto médico se vuelve heroico pero insuficiente, fracturando la relación médico-paciente y la confianza en la ciencia.
La Autonomía Secuestrada en Venezuela
La bioética defiende la autonomía del individuo. Sin embargo, para que un ser humano sea autónomo, debe poseer una estabilidad neurofisiológica y salud mental básica.
El hambre y la incertidumbre constante activan de forma permanente el eje del estrés hipotálamo suprarrenal (cortisol), lo que inhibe las funciones prefrontales del cerebro encargadas del juicio crítico y la planeación a largo plazo. Un pueblo como el venezolano, que solo puede pensar en su próxima comida es un pueblo cuya autonomía ha sido biológica y políticamente mermada.
Bioética de Intervención contra la soberanía
Aquí surge el dilema ético más profundo: ¿Hasta dónde la comunidad internacional puede intervenir para restaurar la salud del organismo institucional venezolano?
La Bioética de Intervención latinoamericana sugiere que, ante situaciones de vulnerabilidad extrema, la solidaridad debe ser el motor de la acción. No obstante, esta intervención debe ser “quirúrgica”: debe buscar la sanación del tejido social sin destruir la identidad y soberanía de la nación.
La Necesidad de una Restauración Biopsicosocial
Venezuela requiere más que un cambio de administración; necesita una restitución de la dignidad humana. La bioética nos enseña que no puede haber paz social si el tejido social está enfermo y su mente traumatizada por la violencia y carencia. Cualquier solución política que no priorice la reparación de estos principios fundamentales será solo un paliativo para una enfermedad que ya es sistémica.
La ética nos convoca a no ser espectadores pasivos de este proceso de degradación humana. La salud de Venezuela es, en última instancia, un reflejo de la salud ética de toda nuestra región.
5 de enero de 2026




























