Por Miguel Ángel Martínez Barradas
Nos sentimos libres, es más, no sólo nos sentimos de tal manera, estamos convencidos de que somos libres. Creemos en tal idea porque vamos de un lado a otro, porque satisfacemos nuestros deseos, porque elegimos lo que nos conviene al tiempo que rechazamos lo que nos amenaza. Estamos convencidos de nuestra libertad porque prácticamente hacemos y pensamos lo que queremos, sin embargo, ¿hasta qué punto es cierto esto? ¿Y qué tanto es nuestra voluntad, y no un condicionamiento, o incluso el miedo, lo que nos determina?
La libertad es uno de los bienes más anhelados por la humanidad. La libertad ha sido el meollo de los eventos históricos más emblemáticos de todas las sociedades, ya sea porque se amenaza con perderla o porque se carece de ella y es necesario construirla. Por la libertad han luchado innumerables pueblos a lo largo de la historia sin que hasta la fecha la hayan alcanzado, de ser así, no habría tantas diferencias entre unos y otros. Sin embargo, pareciera que a nosotros nos gusta autoengañarnos creyéndonos libres, pues eso es lo que hacemos, nos afirmamos libres, aunque no lo seamos, y en esa mentira nos complacemos con una venda en los ojos sin reconocer que irremediablemente avanzamos hacia un desfiladero que pareciera insalvable.
Sin importar qué tan libres nos sintamos, la realidad es que si los pueblos anteriores a nosotros no fueron libres, con menos razón lo seremos nosotros. Pero nuestra esclavitud es diferente a la de nuestros antepasados, pues nuestra esclavitud no está representada por los grilletes en las manos, ni por las cadenas en los tobillos, sino por el condicionamiento de las ideas que enarbolamos como propias, ideas que más que acercarnos a la libertad, nos han alejado de ella a través de la vía del miedo, miedo a ser diferentes, miedo a ser excluidos, miedo a ser señalados, miedo a no ser tomados en cuenta, miedo, en fin, a vivir desapegados de la masa.
El ejercicio de la libertad es más complicado de lo que suponemos, pues la libertad no puede emanar de actos motivados por el miedo, como tampoco por ninguna de sus otras expresiones: el odio, la desconfianza, el remordimiento, la angustia, la vergüenza, etcétera. Si actuamos a partir del miedo, o de alguna otra emoción de carácter destructivo, no somos libres, pues de alguna manera estaremos condicionados. La libertad es una expresión de la voluntad, y la voluntad lo es de la consciencia, es decir, de la comprensión, de la claridad, de la tranquilidad de ánimo. Quien es libre, lo es porque tiene consciencia, y quien tiene consciencia es gracias a que su voluntad está a disposición del bien, pues nunca la libertad ni la consciencia atentarán contra nada ni contra nadie.

La libertad es resultado de la educación. Nadie que esté sumido en la ignorancia puede ser libre. Pero no confundamos los conceptos, hablar de educación no es hablar de sistemas escolarizados, como tampoco hablar de ignorancia debe interpretarse como que para ser libres debemos saberlo todo. Educarse es oponerse a la ignorancia, no a la ignorancia a secas, sino únicamente a la ignorancia malsana, aquella que nos opaca la razón y nos hace caer en actitudes soberbias desde las que nos suponemos mejores y superiores que los demás. Educarse es no dejarse vencer por las pasiones, es aprender a gobernarse a uno mismo y no ceder ante los impulsos. Educarse es un ejercicio de voluntad constante y consciente cuyo objetivo es evitar el engaño en el que la mayoría de la sociedad vive debido a su incapacidad de comprender el adoctrinamiento emanado de los partidismos, de las ideologías y de los dogmas.
Qué difícil resulta en nuestra época evitar caer en el error y en las mentiras, pues a diferencia de las sociedades pasadas, nuestro contexto es el de la sobreinformación. Todos los días nos exponemos, por condicionamiento y no por voluntad, a una serie inmoderada de estímulos que terminan confundiendo cada uno de nuestros sentidos, siendo esta confusión tal que nuestra emotividad es la de personas deprimidas, ansiosas y temerosas. Mucho de lo que nos rodea nos da miedo y la única manera que encontramos para desenvolvernos en la sociedad es mediante la vía de la violencia. Nuestras ciudades son hostiles, nuestro entorno nos inspira desconfianza, carecemos de un plan de vida claro, pero irónicamente, nos suponemos libres. Sobre la libertad, el exconvicto Shaka Senghor nos habla en su libro Cómo ser libre, el cual escribió luego de haber pasado casi veinte años en prisión por cargos de homicidio:
«La libertad no estriba tanto en dónde estás, sino en cómo te sientes por dentro. La libertad no es meramente una condición física. Puedes estar libre de los barrotes de una prisión y aún así estar atrapado en tu cabeza. Y puedes caminar todos los días sin estar confinado por cuatro paredes, y de todas maneras ser prisionero del miedo, la ira, el dolor o la vergüenza. La libertad es un viaje mental, emocional y espiritual. Para ser libres es necesario abandonar la prisión del miedo. El miedo a lo desconocido, al fracaso, a que te descubran, al ridículo… Estos miedos se encuentran profundamente arraigados en la vergüenza y nos mantienen encadenados a las creencias que heredamos o construimos alrededor de nosotros. Cada vez que revivimos un insulto del pasado, rumiamos una experiencia en la que nos sentimos menospreciados o dejamos que el juicio de alguien más dicte nuestras decisiones, apretamos las esposas alrededor de nuestras muñecas. Escapar de estas prisiones requiere más que solo conciencia; demanda atención, esfuerzo y la voluntad para enfrentar verdades incómodas.»
Alcanzar la libertad no es sencillo, pues requiere de voluntad, de consciencia y de educación. Ser libres implica disciplinarnos en lo físico, pero principalmente en lo mental, pues es en nuestros pensamientos en donde están las más fuertes cadenas que nos impiden avanzar hacia nuestra autorrealización. Si somos esclavos, es en nuestra mente, en la prisión del miedo.
Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
































