Por Salvador Calva Morales
Para hablar de ti no basta una tesis
ni tantas páginas que intenten explicarte;
haría falta un libro de mil voces
y, aun así, quedaría tanto por contarte.
Porque nombrarte es rozar un misterio
de esos que el corazón guarda en secreto,
y aunque escriba poemas y poemas,
jamás terminaré de descubrirte.
Te nombro Aída para no delatarte,
para guardar intacto lo que es nuestro,
pues hay historias que no deben contarse
cuando el recuerdo reconoce su momento.
Tantos años pasando entre nosotros,
tantos caminos, encuentros y distancias,
como tu desafiante mirada a los diecisiete,
que parecía invitarme a la esperanza.
Y luego vino el beso, aquel primero,
ese que todavía sabe a madrugada;
un instante pequeño y verdadero
que abrió de par en par nuestra morada.
Después llegaron los años y sus vueltas,
los cambios que la vida nos imponía,
pero, entre tantos giros del destino,
siempre quedó encendida nuestra llama.
Y qué decir de todo lo vivido,
del cariño, la pasión y la locura;
de esos momentos que, en nuestro lenguaje,
se hicieron complicidad y travesura.
Si hablaran los rincones de los sitios
que alguna vez guardaron nuestros besos,
tendrían que escribir un gran tratado
sobre nosotros dos y nuestros secretos.
¡Quién pudiera encontrar aquellas cartas,
las que fueron y vinieron entre ambos!
Llenarían un compendio de pasiones,
de palabras ardientes y de encantos.
Cada letra contendría nuestra historia;
cada página, un latido diferente,
y quizá alguna frase todavía
nos volvería a encender secretamente.
Por eso no diré más, querida Aída,
ni intentaré revelarte ante la gente;
tú sabes lo que callan mis palabras
y yo sé lo que guarda tu silencio.
Hay amores que no necesitan nombres,
ni testigos, discursos o explicaciones:
basta mirarnos para saberlo todo,
porque tú y yo conocemos esa historia
que todavía palpita entre nosotros.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta































