Por Salvador Calva Morales
Dentro de mí vive un niño travieso,
curioso, soñador, siempre despierto;
todavía se asombra ante la lluvia
y encuentra maravillas en lo incierto.
A mis ochenta y dos años lo confieso:
él mantiene mi corazón abierto,
me recuerda que la vida se hace plena
cuando el alma conserva su inocencia.
No tengas tanta prisa por ser grande
ni pretendas alcanzar pronto la cima;
cada edad tiene un sol que la ilumina
y un sendero que espera ser andado.
Crecerás, porque el tiempo no se detiene,
pero vive con pasión cada jornada;
no renuncies a tus juegos ni a tus sueños
por llegar antes de tiempo a la mañana.
Ser adulto no es hacer cuanto uno quiera:
es cumplir, decidir y ser consciente;
es cuidar a los otros muchas veces
cuando nadie pregunta qué se siente.
Llegarán las facturas y los miedos,
las tareas que parecen infinitas,
pero el niño que guardes en el alma
hará menos fatigosa la subida.
Cuando el mundo se vuelva gris y serio,
cuando el peso del deber quiera vencerte,
sal a caminar, contempla el cielo,
canta fuerte y atrévete a sorprenderte.
Toma un helado, ríe con tus amigos,
mira aquello que consiga conmoverte;
disfrutar jamás será perder el tiempo:
es cargar el corazón para ser fuerte.
No permitas que apaguen tu alegría
ni que el juicio de otros te encadene;
la sociedad pondrá reglas y barreras,
pero solo tu voluntad te sostiene.
Ser maduro no es vivir sin esperanza
ni olvidar lo que alguna vez amaste;
es cumplir con responsabilidad
sin matar al niño que siempre llevaste.
Yo he vencido adversidades y tristezas
porque nunca renuncié a disfrutar;
he caído, me he levantado tantas veces
y aún conservo muchas ganas de soñar.
Que la vida te conceda valentía,
paciencia para aprender y continuar;
y que llegues a la edad de tus anhelos
con el niño de tu infancia listo para jugar.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta

































