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Interpretación de «El tejedor», de César Mendiola Cabido

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Por: Brenda Carol Morales

Tal como hemos venido analizando, la poesía no se agota en la escritura que realiza un autor, pues se revitaliza en la lectura. Asimismo, hemos estudiado la introducción de la VII Antología Internacional de Poesía Sabersinfin, en la que se concibe la poesía como una nueva coordenada que nos guía en medio de este mundo agitado, mediático y fragmentado. 

La poesía es una especie de alto que nos invita a reflexionar y a conectarnos con nuestra sensibilidad y la de otras personas, a veces de maneras impensadas. La lectura minuciosa de la introducción de la antología me ha permitido descubrir a otros autores cuyos planteamientos coinciden, en algunos aspectos, con los conceptos que allí se presentan.

Uno de esos descubrimientos fue Gastón Bachelard y su Poética del espacio. Sus reflexiones sobre la imaginación y la imagen poética me resultaron especialmente sugerentes para pensar en la manera en que la poesía transforma nuestra percepción de la realidad.  

Además, Bachelard señala: «…tratando más simplemente los problemas de la imaginación poética, es imposible recibir la ganancia psíquica de la poesía sin hacer cooperar sus dos funciones de psiquismo humano: función de lo real y función de lo irreal. Se nos ofrece una verdadera cura de ritmoanálisis en el poema que teje lo real y lo irreal, que dinamiza el lenguaje por la doble actividad de la significación de la acción y de la poesía».

A partir de esta idea, entiendo que la poesía se nutre de la relación entre ambas dimensiones. Si recurro a la imagen del tejido, podría decir que mantiene, por un lado, el hilo de la acción y de lo reconocible y, por otro, el de la imaginación poética. Al entrelazarse, estos hilos pueden dar lugar a sentidos que no se agotan en una explicación literal.

Bachelard también emplea el término ritmoanálisis. No me detendré aquí en desarrollar el concepto, pues me interesa, sobre todo, la relación entre lo real y lo imaginario que aparece en la cita. Esta idea me parece cercana a los planteamientos de la antología y puede servirnos como punto de partida para acercarnos al poema que comparto hoy.

Cuando en un poema encontramos hilos conceptuales y significados que se entretejen, se abren distintas posibilidades de lectura y pueden converger múltiples puntos de vista. Esta riqueza me hace pensar en los tejidos ancestrales, en los que cada puntada y cada imagen pueden contener diversos sentidos. Espero que la interpretación que comparto no cierre el poema en una explicación única, sino que abra la puerta a otras lecturas y permita seguir encontrando relaciones entre sus imágenes.

El autor: César Mendiola Cabido

Es originario y residente de Villahermosa, Tabasco, México. Es poeta aficionado, bordador conceptual y estudiante del posgrado en Enfermería de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco.

Tal como se comenta en la antología, le interesa la poesía como forma intrínseca de lenguaje, los vínculos entre el bordado y diversas expresiones artísticas, así como el imaginario latinoamericano y su abecedario.

El tejedor

I 
Sacando cuentas, me debes
Definiendo razones, me estrujas
Mezclando hileras, te remarcas
Atando nudos, te encajas.

II
Una gota de sangre, un caldero infinito
Rostros en penumbra, abalorios malditos
Olor a licor en la puerta, temple robusto
Postura de guerra, flama trasiega.
III
Espinas rotas, decisiones tomadas
Cinturones apretados, faldas plisadas
Trabajar, proveer, amar, lastimar, morir
Sonidos de zigzag, cuadros armados.
IV
Historias de dos mundos, ojos disonantes
Trazo débil, llamadas itinerantes
Espejismos del ayer, anhelos incompletos
Señores aguardan, colores se esconden.
V
La caja está llena, hilazas rotas
Cuerpos en papel, musas olvidadas
Manos que abanican, muros que sangran
Espejo humeante, se detiene la rueca.

De la forma

El poema se titula El tejedor, un título que puede cuestionar la idea tradicional de que tejer es una labor exclusivamente femenina. Por supuesto, esa idea no se corresponde con la realidad: a lo largo del tiempo, y en distintas condiciones socioeconómicas y tecnológicas, también ha habido hombres que tejen. Sin embargo, el estereotipo persiste y hace que el título resulte, al menos, poco convencional para algunos lectores.

En cuanto a su estructura, el poema presenta cinco estrofas numeradas, cada una conformada por cuatro versos, para un total de veinte. Dentro de cada estrofa se reconoce una lógica de pares o series. Esto produce la impresión de una composición organizada en unidades que siguen sus propios patrones y, a la vez, se articulan dentro de una estructura común.  

Uno de los recursos relevantes del poema es la enumeración, que atraviesa las estrofas y produce una acumulación de materiales. El poema no solo alude al tejido: también parece construirlo verbalmente, reuniendo palabras e imágenes que se relacionan entre sí y adquieren sentido en sus conexiones.

Por otro lado, las imágenes vinculadas con el tejido podrían entenderse como alusiones a una labor material, pero también permiten relacionar ese plano con el lenguaje figurado. Por ejemplo, «mezclando hileras» puede remitir a la práctica textil y, a la vez, sugerir el establecimiento de relaciones. Algo parecido ocurre con «atando nudos, te encajas», donde «nudo» puede aludir tanto al tejido como a un conflicto o problema.

Entre los recursos expresivos, «sonidos de zigzag» puede leerse como una imagen sinestésica, pues vincula el sonido con una forma o un movimiento visual. También encontramos personificaciones en «colores se esconden» y «muros que sangran», aunque esta última expresión puede leerse asimismo como una imagen metafórica.

En el poema se distinguen varios campos semánticos. Uno es el textil: hileras, nudos, cinturones, faldas, zigzag, cuadros, hilazas y rueca. Estas palabras hacen que el tejido recorra el poema y no aparezca únicamente como una imagen aislada. Otro campo es el de la violencia: sangre, malditos, guerra, lastimar y sangran. La presencia de ambos campos genera una tensión entre el tejido, asociado aquí con la construcción y la creación, y la violencia, que evoca conflicto y destrucción.

En la primera estrofa se repite una estructura formada por un gerundio seguido de una expresión en la que aparece la primera o la segunda persona: sacando, definiendo, mezclando, atando. La reiteración crea la sensación de una puntada sintáctica que se repite cuatro veces. Aunque la construcción no es idéntica en todos los versos, la regularidad verbal contribuye a esa impresión.

En la segunda estrofa predominan las frases nominales y las imágenes yuxtapuestas. La estructura parece avanzar de imagen en imagen: cada verso coloca dos elementos uno junto a otro, sin explicar del todo la relación que los une. Deja al lector la tarea de construir posibles conexiones.

En la tercera estrofa encontramos una combinación de enumeración, paralelismo y vocabulario textil, pero también una ruptura del patrón. Los dos primeros versos pueden organizarse en pares —espinas y decisiones; cinturones y faldas—, mientras que el tercero introduce una enumeración de cinco infinitivos. El cuarto vuelve a una construcción dual: sonidos y cuadros. La regularidad se conserva, aunque el patrón se altera, como ocurre en los tejidos, donde puede haber repetición y variación.

En la cuarta estrofa vuelve a predominar la yuxtaposición de frases nominales. Las imágenes parecen más abstractas que en las estrofas anteriores, y la estructura recupera un patrón que ya había aparecido en el poema. En la última estrofa continúan las yuxtaposiciones, pero las frases nominales se combinan con oraciones breves. Esto puede imprimir al poema un ritmo más ágil, que contrasta con el cierre: la rueca queda quieta y el movimiento se interrumpe.

Interpretación de El tejedor

En la primera estrofa, los dos primeros versos pueden relacionarse con cuestiones financieras o con la evaluación de una situación, mientras que los dos últimos introducen de manera más explícita el tejido. Podría pensarse que los primeros aluden a una especie de balance y los últimos a la organización de los hilos. También es posible leer la estrofa como un mensaje dirigido a un tú ausente, en el que el yo lírico revisa una relación que percibe como desequilibrada y emocionalmente intensa.

Desde esta lectura, el primer verso expresa un reclamo: el yo lírico parece considerar que da más de lo que recibe. En el segundo, la búsqueda de explicaciones podría asociarse con el daño o la asfixia emocional. El tercero remite a un tejido en el que se intercalan o alternan hileras, colores, puntos o texturas. En el plano de las relaciones, esa mezcla podría sugerir alteraciones, confusiones o una presencia que se impone. Así, la estrofa permitiría imaginar la formación de lazos complicados, difíciles de resolver, en los que la otra persona termina encajada en el mismo caos que contribuye a crear.

Retomando la imagen del tejido, el poema parece comenzar a construirse mediante la repetición. Además de sugerir una relación en la que el conflicto podría tener más peso que la armonía, la estrofa presenta una organización casi textil. Las palabras «cuentas, razones, hileras y nudos» pueden leerse como hilos que se seleccionan y se anudan al preparar la base de un tejido. 

La segunda estrofa se parece a un colaje. Se produce un cambio importante: ya no predominan las acciones, sino las imágenes, varias de ellas oscuras: sangre, caldero, penumbra, malditos, licor, guerra y flama. El poema adquiere un efecto casi cinematográfico: el lector recibe fragmentos de una escena, pero no la escena completa. Se crea así una atmósfera oscura, misteriosa y posiblemente bélica. Hay contrastes de dimensión —gota y caldero— y asociaciones que podrían evocar lo ritual o lo profano —abalorios, malditos, licor—. En conjunto, las imágenes permiten imaginar una preparación para el combate o un ritual antiguo, aunque ninguna de estas posibilidades queda confirmada por el poema. 

La sangre puede representar la vida, pero también el sacrificio o un pacto. El caldero, aunque es un instrumento de cocina, puede evocar en ciertos contextos una dimensión mágica o alquímica. La combinación de ambos elementos podría sugerir que un sacrificio pequeño desencadena algo de grandes proporciones; se trata, por supuesto, de una asociación posible a partir del contraste entre la gota y el caldero.

Los rostros en penumbra y los abalorios acentúan el misterio de la escena. Podría tratarse de una reunión clandestina o incluso de un consejo de guerra, aunque el poema no lo precisa. Los abalorios pueden ser objetos de adorno, cuentas o amuletos y, en distintos contextos culturales pueden adquirir significados rituales, protectores o de estatus. Personalmente, esta imagen me llevó a pensar en los pueblos originarios y en el valor simbólico que ciertos objetos pueden tener en sus culturas. Desde esa posible lectura, el calificativo «malditos» podría sugerir una mirada que descalifica aquello que para otros tiene un valor sagrado. No obstante, el poema no ofrece elementos suficientes para afirmar que esa sea su referencia específica.

El verso que menciona el olor a licor incorpora el olfato y vuelve la escena más corporal. Junto con la sangre, el caldero, la penumbra y la flama, permite explorar una posible dimensión ritual. El licor podría ser un elemento de celebración o una ofrenda; el poema no permite decidirlo. La penumbra, el temple robusto y la postura de guerra, en cambio, sí contribuyen a crear una sensación de tensión. La expresión «flama trasiega» resulta enigmática: podría evocar un fuego que se desplaza o agita el ambiente y, metafóricamente, una violencia que amenaza con propagarse, aunque su sentido preciso no queda claro. 

Esta estrofa puede leerse como el preludio de un enfrentamiento: las figuras evocadas parecen tener un carácter firme y una actitud desafiante. Ciertamente, la escena está rodeada de un misticismo inquietante. Desde la lectura que me provocó, también podría tratarse de un ritual vinculado con un pueblo ancestral que se prepara para la batalla. Sin embargo, el poema no identifica a los personajes ni confirma esta interpretación. Tampoco completa la escena.

Esta estrofa también me permitió una lectura desde la imagen del tejido. En distintas tradiciones textiles mesoamericanas, los materiales, diseños y motivos pueden relacionarse con el contexto cultural de quienes los producen. Sus significados no siempre resultan evidentes para quien observa desde fuera. Algo de esa sensación de misterio me produce esta estrofa. Para profundizar en esa posible relación y precisar su significado, necesitaría información adicional; por ahora, la comparto como una asociación personal y provisional. 

En la tercera estrofa cambia el escenario. La oscuridad de la anterior parece ceder, aunque permanecen las asociaciones con el sacrificio personal, los ciclos, las rutinas y el tejido. Las «espinas rotas» podrían sugerir dolores o dificultades que se han dejado atrás; también pueden relacionarse con decisiones que marcan un cambio importante. La sensación de sacrificio se prolonga en el verso siguiente, que parece jugar con una doble significación. «Cinturones apretados» puede aludir a la austeridad económica o a una etapa de escasez y, junto con «faldas plisadas», remite a la vestimenta y a los tejidos. Las faldas también pueden evocar la indumentaria femenina y, en ciertos contextos, un uniforme escolar o prendas propias de una comunidad. Estas son asociaciones posibles, pues el poema no especifica a qué tipo de falda se refiere; en cualquier caso, la vestimenta puede señalar roles o pertenencias sociales.

A continuación, el poema enumera acciones que podrían sintetizar, de manera cruda y acelerada, ciertos aspectos de la vida adulta. La secuencia me hizo pensar en el ciclo de la vida, pero también en las responsabilidades que tradicionalmente se han asignado a los hombres: trabajar y proveer. Amar y lastimar introducen la dimensión afectiva y la posibilidad de que los vínculos causen dolor; morir cierra la enumeración con el límite de la existencia.

Desde esta lectura, la vida aparece como una secuencia de tareas y sentimientos agridulces, aunque el verso admite otros sentidos. En el último verso se modifica el ritmo y aparece una imagen que relaciona el tejido con el sonido: «sonidos de zigzag». La palabra «zigzag» evoca un recorrido quebrado y también puede recordar una puntada. Al asociarla con sonidos, el verso permite imaginar el ruido de una labor textil; los «cuadros armados» podrían aludir al patrón que se forma en el tejido.  Asimismo, el zigzag y los cuadros podrían remitir a patrones presentes en cinturones y faldas.

En esta estrofa, a mi juicio, se unen de manera especialmente visible el tejido como posible estructura del poema y el tejido como imagen. También resulta significativo que, en medio de esas referencias textiles, aparezca la enumeración de acciones que puede evocar una vida atravesada por dificultades económicas y emocionales, así como por deberes sociales y familiares.

En la cuarta estrofa aparecen elementos de distancia, desconexión e incompletitud. Los «dos mundos» podrían representar una separación física o emocional; me inclino por esta última posibilidad porque la imagen de los «ojos disonantes» sugiere una diferencia en la manera de mirar o comprender. Desde esa lectura, no habría armonía ni entendimiento mutuo. El «trazo débil» y las «llamadas itinerantes» podrían simbolizar una comunicación que se difumina o se vuelve inestable. 

Después, el poema adquiere un tono nostálgico: los «espejismos del ayer» y los «anhelos incompletos» pueden sugerir una ilusión que no llegó a concretarse. En el último verso, las imágenes siguen siendo enigmáticas. «Señores aguardan» y «colores se esconden» son construcciones breves que no explican quiénes son esos señores ni qué esperan. La palabra «señores» evoca autoridad o solemnidad, mientras que los colores, que podrían dar vida a la escena, permanecen ocultos. Se crea así una atmósfera rígida y algo lúgubre. Los verbos «aguardan» y «se esconden» parecen oponer lo que espera a aquello que se sustrae o desaparece.

Si retomamos la imagen del tejido, en esta estrofa se incorporarían la memoria y las ideas abstractas. Las imágenes se alejan de los hilos materiales y se desplazan hacia mundos, miradas, trazos débiles, espejismos y colores que se esconden. Podría decirse que el poema construye aquí un tejido más conceptual.

Por otra parte, a partir de las asociaciones que me han provocado las estrofas anteriores, algunos versos me hacen pensar en la conquista. «Historias de dos mundos» sugiere el encuentro entre los pueblos originarios y los españoles y la manera en que, aun compartiendo un espacio, lo comprendían de formas distintas. También «señores aguardan» aludiría, en esta lectura, a la espera de quienes han atravesado una transformación histórica y cultural. Sin embargo, el poema no identifica a esos señores ni permite atribuirles una identidad concreta; por eso, entiendo esta interpretación como una posibilidad que nace de mi lectura, no como un significado confirmado.

La última estrofa insinúa estancamiento o el final de un ciclo creativo. El tejido parece deteriorarse y, finalmente, detenerse. «La caja está llena» podría aludir a la acumulación de ideas, proyectos, sentimientos o recuerdos; al contraponerse con las «hilazas rotas», permite imaginar que algo se ha interrumpido: quizá la creación, una relación o el propio tejido. Por su parte, los «cuerpos en papel» podrían representar dibujos, escritos u otras creaciones que han quedado abandonadas junto con las «musas olvidadas». Estas musas se referirían a la inspiración o el impulso creador que, en otro momento, les habría dado vida.

El siguiente verso se aleja de la lógica del arte y del tejido y devuelve al poema parte de la atmósfera oscura de la segunda estrofa. Junto al gesto delicado de unas «manos que abanican» aparecen los «muros que sangran». La imagen es intensa y podría sugerir un espacio de sufrimiento o encierro, como si las paredes conservaran las huellas del dolor vivido.

En el último verso encuentro otra posible resonancia vinculada con los pueblos originarios. Tezcatlipoca es una deidad de la tradición nahua cuyo nombre suele traducirse como «espejo humeante». La coincidencia con la imagen del poema me lleva a considerar esa asociación, aunque no permite asegurar que el autor aluda directamente a la deidad. Si leemos «espejo humeante» sin identificarlo necesariamente con el dios, la imagen sugeriría una pérdida de claridad o de sentido, algo que se vuelve nebuloso. La rueca detenida puede representar la interrupción de un proceso y, dentro de esta lectura, el final de un ciclo. Más que atribuirle un significado mitológico único, me interesa la fuerza simbólica que adquiere al aparecer en el cierre.

Si retomamos la posible asociación con Tezcatlipoca, vinculado en la tradición nahua con la dualidad y con fuerzas de creación y destrucción, se abre otra lectura. Desde esta perspectiva, el verso final podría reunir simbólicamente las relaciones humanas, las creencias, los oficios, las costumbres y el encuentro —no siempre armónico— entre distintos mundos culturales. Todo aparecería como un gran tejido en el que las imágenes de la vida se han ido enlazando hasta que el «espejo humeante» interrumpe el proceso creador. Esta interpretación depende de aceptar la resonancia cultural propuesta; no es la única lectura posible del cierre.

Conclusión

El poema resulta enriquecedor porque permite explorar distintas lecturas sin agotarse en una sola explicación. Como un tejedor hábil, va entrelazando hilos que remiten tanto a la vida individual como a la colectiva. El tejido aparece a la vez como realidad material y como imagen simbólica; en él convergen relaciones, conflictos, recuerdos y posibles resonancias culturales. Desde mi lectura, esas imágenes también hablan de dualidades y de mundos cuyas miradas no siempre llegan a encontrarse. Al final, el movimiento se detiene. El tejedor no solo ha tejido una historia: ha tejido el poema mismo. 

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.