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Interpretación de «Acerca de aquellos sutiles momentos del éxtasis» de Carlos Gray Aguirre

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Por: BrendaCarol Morales

Uno de los asuntos que se me ha vuelto una constante en esta «ocupación» de interpretar poemas es el valor de la poesía. No el sentido de cuánto vale en función de su estructura y preciosismo, sino, de manera general, en lo que la poesía aporta a los seres humanos. Los poemas se constituyen en el vehículo que contiene y traslada la esencia misma del ser humano.

Cualquiera podría decir que un poema se trata solo de un grupo de palabras con cierta musicalidad reunidos en torno a un tema. Sin embargo, la «magia» de la poesía me parece que reside en que, con palabras, el poeta construye y reconstruye significados y, sin embargo, una vez que lo entrega al lector, este, como quien toma una estafeta, inicia con el poema una nueva carrera y le da un nuevo brillo.

Primero desde la mirada del poeta y luego desde la mirada del lector, todo el universo nombrado adquiere una nueva dimensión. Aquello que quizá dábamos por obvio, entra en un proceso de extrañamiento que nos conmina a encontrar nuevos sentidos, nuevas rutas. Hans-Georg Gadamer en su libro Poema y diálogo escribe: «Lo próximo se vuelve permeable, ya no es lo familiar y conocido, pero tampoco es extraño, sino algo conocido desde siempre de una manera misteriosa, por ello la experiencia poética alcanza la universalidad de la experiencia que todos compartimos: la experiencia de la palabra».

A esa experiencia de la palabra es a la que me refiero. En ningún otro espacio como en la poesía el lector se da cuenta de que la palabra no es solo un signo para nombrar su universo, sino que con ella surge su comprensión del mundo y de sí mismo. Tal como se indica en la VII Antología internacional de poesía Sabersinfin, con cada poema, los lectores transitamos distintos territorios: «Algunos exploran la introspección y la memoria personal; otros dialogan con la historia, la naturaleza o la espiritualidad. Hay textos que celebran la belleza del instante y otros que se enfrentan a las preguntas más profundas de la existencia. Cada poema añade una nueva coordenada al mapa colectivo».

Con la interpretación de cada semana, no pretendo que mi propia experiencia obnubile la suya. Al contrario, les solicito que sean mis compañeros en esta travesía. Como un guía en una expedición, voy señalando un punto aquí, otro punto allá, que deseo, enriquezcan su propia aventura para que sea más fructífera. No señalo caminos, solo los expongo para que quienes así lo quieran, los recorran. En ese sentido, esta semana traigo a ustedes un poema sobre el erotismo, y, a quienes como a mí, les gusta este tipo de poesía, les pido que me acompañen a vivir esta experiencia.

Carlos Gray Aguirre, el autor

Nació en Vallenar y actualmente reside en Pucón, Chile. Es un poeta, actor, gestor cultural y comunicador social.

Entre sus publicaciones se cuentan Los archivos de la memoria; Gotán, tangos del otro patio; Sacar a cien; y Vidas robadas, en coautoría con Eugenia Toledo. Ha sido incluido en diversas ediciones de la Antología internacional de poesía Sabersinfin (México), así como en Oficio cotidiano y Coirón (Chile-Argentina).

Acerca de aquellos sutiles momentos del éxtasis

I
Sentada en una banca
bajo un farol cualquiera
esa ninfa no me quita ojo
Desparramada en una blusa
de lycra negra
con sus pechugas cerca del cielo
y sus piernas anudadas junto al suelo
La miré lascivo
dijo
cobro mis besos

II
Nos sentamos
tu pierna
junto
a mi pierna
qué de cosas no se dijeron

III
Sigo tus piernas largas
donde quiera que vayan
Me maravillo con tus piernas
l
a
r
g
a
s
interminables
rematando en esos tacos
elevándote del suelo
pensando que algún día
llegaré hasta la base misma
donde ellas se conectan con
el éxtasis eterno

IV
Entre tus muslos
se oculta el misterio de la gloria
y
del mismísimo infierno

V
Medias negras
de
nylon
d
e
l
i
n
e
a
n
d
o
devorando tus piernas
Quién lo diría
causa primera
del infortunio

VI
Te deseo
gritaste
hecha un volcán ardiendo
más allá de la poesía
del simple beso
También
yo
susurré
arrancando a tirones
a Venus del mismísimo cielo
y
sin misericordia
te aplasté
b
a
j
o
mi cuerpo

Aspectos de forma

El poema está desarrollado en seis segmentos o momentos, marcados con números romanos. Esta división, así como la disposición visual, rompen con las estructuras tradicionales. Asimismo, presenta una métrica irregular y libre. No sigue un patrón fijo de sílabas por verso. Predomina el verso libre.

Por otro lado, el rompimiento con la estructura tradicional se da mediante espacios en blanco y la fragmentación de palabras, lo que recuerda a los caligramas y las formas utilizadas comúnmente en la época de vanguardias en el siglo XX. Esta disposición visual ralentiza la lectura y, además, imita visualmente, por ejemplo, la longitud de las piernas o la caída y el peso de los cuerpos. El poema no solo narra el cuerpo, lo construye visualmente sobre la página.

El ritmo se logra por esa imitación visual, las pausas y la falta de signos de puntuación, que en algún momento aceleran la lectura y, por otro, la ralentizan.

En cuanto a los campos semánticos, encontramos los siguientes: erotismo y anatomía: pechugas, lascivo, besos, pierna, piernas, muslos, devorando, volcán ardiendo, deseo, cuerpo. Otro campo es el de la espiritualidad y misticismo, que se utiliza de manera antitética para elevar un acto carnal a una experiencia trascendental o mítica: ninfa, éxtasis eterno, misterio de la gloria, mismísimo infierno, Venus, mismísimo cielo. Hay otro que se refiere a lo urbano y cotidiano: banca, farol cualquiera, blusa de lycra negra, medias de nylon.

Desde el título encontramos una cierta ironía. Para empezar, la frase «sutiles momentos» sugiere delicadeza, exquisitez e incluso discreción. Al conectar la frase con éxtasis podría sugerir espiritualidad. Sin embargo, el poema no siempre mantiene el refinamiento ni en las acciones ni en las palabras o ideas, ya que progresivamente conduce a una expresión corporal cada vez más intensa. Por ello, el título puede leerse de dos maneras: como una denominación refinada de una experiencia erótica y, por otro lado, como una especie de eufemismo frente a lo que el poema terminará mostrando. Si vemos, la palabra éxtasis permite también dos lecturas: éxtasis como placer corporal y éxtasis como estado de arrebato.

Interpretación del poema

Desde cómo está estructurado el poema, se nota ya cierta configuración congruente con lo que está expresando. El poema está conformado por seis segmentos. Cada uno parece representar un incremento en la aproximación corporal y sexual. El hecho de que estén numerados sugiere los actos de una obra dramática o los capítulos de una novela.

Ciertamente, el poema cuenta una historia que se va desarrollando poco a poco. En el primer segmento, aparece la mirada y la negociación; en el segundo, el contacto; en el tercero, la imaginación y el deseo; en el cuarto, el misterio; en el quinto, la fetichización y el mito y en el sexto, la consumación.

Al inicio, el poema nos sitúa en el contexto en el que se desarrolla la acción. Posiblemente, un parque o un bulevar en una ciudad. El hablante lírico no solo sitúa a la mujer en un espacio urbano, sino que la empieza a convertir en una figura mitológica. Me parece muy sugestivo el hecho de que la vea como una ninfa, esa especie de espíritu divino que es representado como un ser bello, joven, alegre, amante de la música, el baile y la libertad y que, de alguna manera representa la conexión entre lo divino y lo humano. Por otro lado, la RAE la define de manera coloquial como una joven hermosa o cortesana.

Desde estas significaciones, considero que el poema hace alusión a una mujer joven, atractiva, quizá definida como lo hace la RAE, que, desde la visión del hablante lírico, puede conectarla con lo humano pero también con lo divino. Algo que me permite suponer esto es que ella lo ve insistentemente y por otro, que al final de este primer segmento, le aclara que cobra por sus besos.

El hablante lírico parece oscilar entre la admiración a ese ser mitológico que lo subyuga de manera casi divina y a la vez le provoca los sentidos y el gusto por los deleites carnales. Por ello, me parece, ese cambio tan brusco entre el verla como una ninfa y luego recorrer con su mirada su pecho y sus piernas. «Desparramada en una blusa / de lycra negra / con sus pechugas cerca del cielo/ son versos con palabras deliberadamente provocadoras y coloquiales que rompen con el registro utilizado en el poema y que sitúan a la mujer de la que habla entre dos planos: el terrenal y el celeste. De hecho, la alusión a que está cerca del cielo, pero también junto al suelo, coloca al cuerpo femenino tendido entre lo celeste y lo terrenal.

El segundo segmento habla del contacto entre ambos. Ahora, están juntos en la banca y se establece una cercanía entre sus piernas. El último verso sugiere que estas se rozaron y a partir de ese contacto se estableció comunicación entre ambos. El contacto físico reemplaza al lenguaje verbal. El cuerpo empieza a hablar cuando no hay palabras o estas dejan de ser suficientes.

En el tercer segmento, el hablante lírico se deja llevar por la imaginación y el deseo. Observa las piernas que son, por lo que indica en varios de los versos, muy largas («donde quiera que vayan», «largas», «interminables»). Asimismo, pareciera que lo han impresionado tanto que la palabra «largas» se extiende en una especie de caligrama que representa a una pierna larga. Nuevamente se sugiere la relación entre cielo y suelo: los tacones la elevan, en tanto él hace un recorrido corporal que desciende a la base de la mujer.

Se juega con la escala y la distancia —las piernas son interminables y elevan a la persona del suelo— y, al querer llegar a esa base, el hablante lírico expresa el deseo de alcanzarla. Ese recorrido corporal delata el anhelo de que, en algún momento, pueda estar física e íntimamente con ella.

La bivalencia que ella parece provocarle se evidencia otra vez en que esa base en la que se conectan las piernas es el punto máximo de intimidad sexual (terrenal) y el hablante lírico plantea el anhelo de la unión. Pero esa unión, con ser física, también sugiere que es el punto de conexión con el éxtasis eterno. La palabra éxtasis ya aparece en el título. Aquí se le agrega el adjetivo «eterno». Esto cambia el registro. No estamos solo ante el placer corporal, sino que el deseo comienza a adquirir una dimensión de trascendencia.

En el cuarto segmento se refuerza la oposición. El cuerpo deseado no es solo un cuerpo. El verso «entre tus muslos», algo muy humano, encierra un misterio contradictorio y casi religioso: la gloria y el infierno, con lo que el cuerpo se convierte en una especie de terreno sagrado. Esta oposición es de fuerte raigambre en la literatura erótica. El deseo puede experimentarse como salvación o como condena, como liberación o como esclavitud, como elevación o como caída.

En el siguiente segmento reaparece la atención en las piernas. Esta vez se agrega un detalle: están revestidas con unas medias negras. Estas intensifican la focalización erótica sobre las piernas y contribuyen al juego de insinuación y misterio. En el poema, justamente al hablar de las piernas aparece otra poesía visual. La palabra «delineando» se desplaza y se estira sobre la página, reproduciendo visualmente el recorrido de la media sobre las piernas. Así, el lector no solo lee que las medias delinean las piernas, sino que ve el delineamiento.

Sin embargo, después de llevar al lector por ese derrotero sensual, por cierto, de manera tan bien lograda, surge nuevamente el conflicto salvación-condena y el hablante lírico rompe con la visión sensual. Esas piernas enfundadas en medias negras son «causa primera del infortunio». Aquí aparece una tradición cultural y religiosa: la mujer como origen de la perdición. En lugar de describir una atracción simple, transforma a la mujer en un ser que le transforma todo su universo emocional y desata en él una pasión tan intensa que supera su razón y su capacidad de contenerse.

En el sexto y último segmento, surge una nueva voz: la mujer que hasta este momento había sido presentada casi exclusivamente desde la mirada masculina, ahora expresa un deseo a la medida del experimentado por el hablante lírico. Su mensaje es potente, no contenido. Ella se ha transformado en un volcán ardiendo, es decir, en una persona con emociones o pasiones muy intensas y que, hasta el momento, se habían mantenido contenidas. Si antes aparecieron miradas, imaginación, piernas, proximidad, medias, finalmente se pronuncia el deseo. No lo pronuncia él, sino ella.

En los siguientes versos, el beso se plantea insuficiente, como si lo que están sintiendo ya no pudiera expresarse mediante las convenciones románticas habituales. El deseo quiere ir más allá. Y ocurre aquí algo paradójico: el poema habla de aquello que está más allá de la poesía, intentando representarlo mediante poesía.

En contraste con el grito de la mujer, el hombre pareciera mesurado: susurra. Sin embargo, en los siguientes versos transforma esa supuesta contención con gestos abruptos. Después de observarla casi celestial, la «arranca» del cielo. Aunque aquí, no dice que se compare con un dios ni que la mujer sea Venus. Hace algo más violento: arranca a Venus del cielo. La acción erótica adquiere proporciones mitológicas. El deseo no está ocurriendo solo entre dos personas. El hablante lo presenta como si estuviera alterando el orden mítico del universo.

El movimiento vertical que recorría el poema culmina aquí con la sujeción y sumisión. La percepción del hablante lírico situaba a la mujer objeto de su deseo en un sitio cercano al cielo, elevándose del suelo, provocadora del éxtasis eterno. Cuando ella se humaniza hablando, él encuentra la oportunidad de «bajar a Venus» no solo del cielo sino de llevarla por debajo de su propio cuerpo, no en un movimiento tierno ni de paridad, sino en un acto de poderío.

Conclusión

Si bien el poema menciona momentos sutiles, pareciera que el título es una ironía. El poema no solo expresa el movimiento alrededor del deseo entre un hombre y una mujer. El cuerpo femenino aparece inicialmente situado entre el cielo y la tierra. Después, el deseo busca «la base» y aparece el éxtasis, que abre la disyuntiva entre la gloria y el infierno para el hombre. Considero que un momento sutil sí es la introducción del mito de la mujer como origen de la perdición masculina.

La explosión del deseo mutuo lleva a una imagen poderosa: «arrancando a tirones / a Venus del mismísimo cielo». Esta imagen, me parece, no es solo una hipérbole erótica. Para mí, rompe casi grotescamente con la sutileza que, hasta el momento parecía sugerir un simple encuentro erótico.

Así, en esta travesía, el poema construye una tensión vertical: cielo – tierra, elevación – descenso, que acompaña el recorrido del deseo hasta convertirlo en una experiencia corporal y, finalmente, en una relación de poder.

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.