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¿Qué le pasó a “¿La ciudad de los Palacios”, la bella Ciudad de México?

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Por Beatriz Acuña

La invasión de los espacios públicos emblemáticos por el comercio ambulante

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que la Ciudad de México todavía se dejaba ver.
El Zócalo era una plaza cívica abierta y monumental. La Alameda Central invitaba a pasear bajo su sombra arbolada. El Paseo de la Reforma conservaba su elegancia señorial, sus monumentos ofrecían su belleza con claridad. Bellas Artes, desplegaba en todo su esplendor su arquitectura decimonónica, la Catedral, el Palacio Nacional y el Hemiciclo a Juárez eran puntos de orgullo que mostrábamos al mundo. Hoy esa ciudad parece un recuerdo borroso.

Los mismos espacios emblemáticos han sido tomados de forma permanente por el comercio ambulante. Ya no se trata de puestos temporales en fechas especiales. Ahora están todos los días, en todas las estaciones del Metro, en cada paradero, frente a oficinas de gobierno, sobre las banquetas y en el arroyo de las calles. El Zócalo está ocupado por completo, se modificó su esencia. Los fines de semana caminar por el Centro Histórico se ha vuelto casi imposible, prevalece el caos, la suciedad, malos olores.

Según los datos más recientes del INEGI, la informalidad laboral alcanza el 55 % de la población ocupada a nivel nacional. En la Ciudad de México la cifra es menor (alrededor del 45 %), pero sigue representando a más de dos millones de personas. El comercio, y particularmente el ambulantaje, es uno de los principales componentes de esta economía paralela. El fenómeno del ambulantaje no es nuevo ni exclusivo de esta capital. Sin embargo, su expansión descontrolada y permanente sobre los sitios más representativos plantea una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto se ha permitido que el interés de unos grupos degrade y se apropie de lo que estrictamente constituye un bien público y, por lo tanto, nos pertenece a todos? A continuación, expongo cinco aspectos especialmente nocivos de esta forma de ocupación del espacio público.

  1. Deterioro del patrimonio histórico, cultural y estético.

Los espacios emblemáticos de la Ciudad de México no son meros escenarios decorativos: son patrimonio tangible e intangible de la nación y, en varios casos, de la humanidad. Cuando la Catedral desaparece detrás de lonas y sombrillas de los puestos, cuando la fachada de Bellas Artes queda “amurallada”, cuando el Hemiciclo a Juárez o el Palacio Nacional se ven rodeados de mercancía, se produce un borramiento visual y simbólico. El visitante ya no contempla el monumento; contempla la mercancía. La postal histórica se diluye. Además, el uso desordenado, abusivo, intensivo e irregular del suelo acelera el deterioro material de banquetas, jardines, fuentes y fachadas.

  1. Obstaculización de la movilidad y del derecho al espacio público.

Los espacios públicos emblemáticos de la Ciudad de México —plazas, avenidas, banquetas y monumentos abiertos— son bienes públicos. Esto significa que pertenecen a todos los ciudadanos por igual, que nadie puede apropiárselos de forma exclusiva y que su valor radica precisamente en que cualquier persona pueda usarlos y disfrutarlos libremente. Cuando estos espacios son ocupados de manera permanente por el comercio ambulante, dejan de funcionar como bienes públicos y se convierten en territorios de uso privativo.

El espacio público existe, entre otras razones, para circular, detenerse, observar y convivir. Cuando las banquetas, las plazas y ahora también las calles se saturan de puestos permanentes, el peatón se ve obligado a sortear obstáculos o a caminar por el arroyo vehicular. En el Centro Histórico, especialmente los fines de semana, caminar se vuelve una odisea, la movilidad se vuelve lenta, incómoda e insegura. Es frecuente que se reporten robos de cartera, bolsa, celular. Se pierde la posibilidad de pasear con tranquilidad y de ejercer el derecho colectivo a disfrutar de la ciudad.

  1. Fayuca, desplazamiento de las artesanías mexicanas, control de mafias y corrupción.

Uno de los argumentos más repetidos para justificar la presencia de estos puestos es que “venden artesanías”. Sin embargo, la realidad es otra: la mayor parte de lo que se ofrece como artesanía mexicana son productos made in China, o para el caso en otros países, introducidos de manera irregular. Se trata de fayuca: mercancía de contrabando que evade impuestos, aranceles y regulaciones. Estos productos se venden a precios tan bajos que resultan imposible de igualar para los verdaderos artesanos mexicanos. El resultado es el desplazamiento sistemático de la producción artesanal nacional. Y lo más grave: quienes realmente se benefician no son los vendedores de a pie, sino las redes y mafias que controlan el contrabando de productos extranjeros. Ellas organizan la importación ilegal, imponen cuotas y utilizan el espacio público como escaparate de una economía que debería estar prohibida. Además, este sistema promueve la corrupción. Si estos puestos se plantan y se mantienen, algunos en los lugares más visibles y cotizados, es porque pagan cuotas irregulares, “por debajo del agua”, a determinadas personas, en lugar de pagar impuestos formales por su operación. Así, el dinero que debería fortalecer las finanzas públicas se desvía hacia bolsillos particulares, debilitando la capacidad del gobierno local para ordenar el espacio y generar condiciones dignas de trabajo.

  1. Competencia desleal al comercio formal

Los comercios establecidos pagan empleados, rentas, impuestos, servicios y cumplen regulaciones. Los puestos ambulantes, en cambio, operan al margen de esas obligaciones. Esto genera una competencia desleal, injustamente desigual que debilita a los pequeños y medianos negocios no sólo del Centro Histórico y de las zonas turísticas, de toda la ciudad, perjudica los negocios formales, la economía de la ciudad y disminuye la recaudación fiscal.

  1. Condiciones laborales precarias y desperdicio del potencial de la juventud

Un problema menos visible, pero profundamente dañino, es el de las condiciones en las que trabajan quienes atienden estos puestos. Muchas veces se trata de jóvenes. Al ocupar su tiempo en una actividad que no ofrece seguridad social, prestaciones, capacitación ni posibilidad real de construir un patrimonio, se está privando al país de la formación, educación y preparación de su recurso más valioso: la juventud. Esta ocupación no genera movilidad social ni perspectivas de futuro. Por el contrario, perpetúa un estado de fragilidad social: jornadas largas, ingresos inestables, exposición a riesgos y nula protección laboral. Lo que debería ser una etapa de desarrollo personal y profesional se convierte, para quienes se emplean en estos trabajos, en una trampa de precariedad que se reproduce de generación en generación.

El ambulantaje responde, en buena medida, a una realidad social profunda: la falta de preparación para encontrar oportunidades formales de empleo. El comercio semi ambulante lejos de contribuir a resolver el problema lo agrava y lo perpetua. El reconocer la necesidad económica de las personas sin educación es apenas la primera parte del problema, y de ningún modo implica aceptar que los espacios más simbólicos y patrimoniales de la ciudad se conviertan en tianguis permanente, muchos de ellos controlados por redes ilegales, sostenidos por trabajo mal pagado y alimentados por cuotas corruptas, incluso sabiendo que pueden ser objeto de extorsiones por los carteles -otro tipo de mafias-, pero no son la excepción en el país en estos momentos de absoluta impunidad de tales grupos.

Tampoco justifica que avenidas como Reforma e Insurgentes, o monumentos como Bellas Artes, la Catedral y el Palacio Nacional, dejen de ser patrimonio de todos para convertirse en territorio de unos cuantos. Una ciudad tan grande y compleja como la nuestra necesitaría de políticas públicas que combinaran reordenamiento efectivo, alternativas de espacios adecuados, medidas económicas que abordaran el problema de origen, en lugar de la complacencia e incluso la facilitación de la operación de este fenómeno tan dañino como una plaga para la ciudad. Esto sumado a una defensa clara del carácter público, abierto y patrimonial de plazas, parques, edificios, monumentos, avenidas emblemáticas de ciudad. De lo contrario, seguiremos normalizando la pérdida gradual de aquello que hizo de la Ciudad de México un lugar memorable y digno de ser habitado y visitado.

Cuando Alexander Von Humboldt llegó a la Ciudad de México en abril de 1803, quedó profundamente maravillado. En su Ensayo Político sobre el Reino de la Nueva España y en sus diarios la describió como una de las más hermosas ciudades que los europeos habían fundado en ambos hemisferios, comparable en elegancia y regularidad a Turín, Milán o los mejores barrios de París y Berlín. Admiró la amplitud de sus calles, la solidez de sus edificios y la belleza del valle que la rodeaba. Hoy, más de dos siglos después, cuesta reconocer en los espacios saturados de puestos y lonas aquella ciudad que el sabio alemán contempló con asombro.

La pregunta que queda abierta es sencilla pero urgente, sobre todo hoy que en el discurso oficial está tan a flor de piel la preocupación por las nuevas generaciones ¿qué tipo de ciudad queremos legar a las futuras generaciones de mexicanos?

Una ciudad ordenada, caminable, agradable, que se puede recorrer con orgullo y tranquilidad, digna de su patrimonio, que refleja la responsabilidad y cariño de sus habitantes -por delante sus gobernantes-, por la herencia recibida que se construyó a lo largo de mucho tiempo? o una ciudad cada vez más desordenada, fragmentada, una ciudad “tomada”, donde las plazas, las avenidas, parques y monumentos que alguna vez fueron de todos ahora son territorio de unos cuantos? donde el espacio público se ha convertido en vendimia, tianguis caótico, basureros malolientes y el derecho a disfrutar de la ciudad se ha vuelto un imposible en sus áreas más emblemáticas. La respuesta la estamos escribiendo ahora, con cada puesto que se instala y cada espacio que dejamos perder.

Beatriz Acuna G. Doctora en Comunicación. 11 de octubre 2026