Cada vez que escribo
siento que algo de mí se desgasta,
como las piedras que el río talla hasta el cansancio,
como las nubes que se disuelven al compás del viento.
El tiempo, esa mano invisible,
pesa distinto en cada palabra,
cincela lo dicho y lo callado con una paciencia feroz.
Quizá sea el viaje tortuoso
desde las entrañas hasta la pantalla,
donde las pulsaciones pierden su filo,
donde el vértigo de ser
se reduce a trazos vacilantes.
Pero ahí, en la danza entre el querer y el decir,
algo persiste.
Cuando el tiempo desfila implacable,
llevando consigo restos de lo que fui,
mis garabatos vuelven,
enfrentan la maquila implacable de los días,
los engranajes que pulverizan sueños
y los convierten en polvo.
Y aunque mi testa aturdida
cuente los días como si fueran cicatrices
en una piel marchita, algo se niega a morir.
En los trazos permanece una llama,
un sonido indomable,
la voz que insiste.
Es la esencia que se rehúsa
a ser borrada por la corriente del cronómetro,
a diluirse entre las sombras de lo efímero.
Cada palabra, aunque gastada,
es una resistencia sutil,
un pulso que no claudica.
Porque en cada verso
hay una entrega,
una porción de vida que no se arrepiente.
Es el río que sigue fluyendo,
el viento que no cesa.
Escribir es un acto de arrojo,
una constancia frente al olvido.
Abel Pérez Rojas #Abelperezrojaspoeta






























