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La poesía es la compañía perfecta en tiempos de soledad sonora

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Imagen generada con IA

Por Nancy Almassio (Argentina)

El silencioso refugio del ser humano contemporáneo

Hay una paradoja que define nuestra época. Nunca fue tan fácil comunicarse y nunca tan difícil encontrarse. Miles de millones de mensajes atraviesan cada día el planeta.

Palabras, fotografías, audios, videos, comentarios y reacciones conforman una conversación ininterrumpida que parece no tener fin. Sin embargo, detrás de ese incesante intercambio de señales emerge una sensación cada vez más frecuente: la necesidad de una compañía verdadera.

Quizá por eso la pregunta más importante de nuestro tiempo no sea cómo evitar la soledad, sino cómo habitarla.

Porque la soledad no es nueva. Acompaña al ser humano desde que comenzó a interrogarse sobre sí mismo, desde que contempló el cielo y comprendió que existía una distancia imposible de medir entre el mundo exterior y su mundo interior.

A lo largo de los siglos, mientras cambiaban las civilizaciones, las tecnologías y las formas de comunicarnos, hubo una presencia discreta que jamás abandonó a la humanidad: la poesía.

Cuando faltó la voz amada, estuvo la poesía.

Cuando el exilio separó a los hombres y mujeres de su tierra, estuvo la poesía.

Cuando la noche pareció interminable, estuvo la poesía.

Y hoy, cuando la hiperconectividad parece haber multiplicado las conversaciones, pero no necesariamente los encuentros, la poesía continúa ofreciendo algo que ninguna tecnología ha logrado sustituir: la presencia.

Mucho antes de que los sociólogos estudiaran la soledad, los poetas ya dialogaban con ella.

La poesía ha sido, desde sus orígenes, una forma de compañía. Tal vez porque un poema nace en la intimidad de una conciencia, pero encuentra su plenitud cuando otra conciencia lo recibe.

Un poeta escribe solo. Un lector descubre esos versos años, décadas o siglos después. Y entonces ocurre el milagro: dos seres humanos que jamás se conocerán comparten una misma emoción. Por eso los versos atraviesan el tiempo. Por eso nunca envejecen.

En el siglo XVI, San Juan de la Cruz escribió una expresión que aún hoy continúa iluminándonos:

«La música callada,/la soledad sonora…»

Aquella paradoja contenía una revelación. La soledad no era únicamente ausencia. También podía convertirse en escucha. El silencio podía tener voz. La interioridad podía transformarse en un territorio fértil. Desde entonces, generaciones enteras de poetas continuarían explorando ese misterio.

A comienzos del siglo XX, Antonio Machado publicó un libro cuyo título sigue interpelándonos: Soledades. En sus páginas aparecen fuentes, galerías, caminos y recuerdos. No son paisajes externos, sino escenarios del alma. Cuando escribe: «Converso con el hombre que siempre va conmigo», nos recuerda que existe una compañía anterior a todas las demás: la relación que mantenemos con nosotros mismos.

Quizá por eso la soledad nunca haya sido solamente una ausencia. A veces es una oportunidad para escuchar esa voz interior que el ruido cotidiano suele ocultar.

Algo semejante encontramos en Emily Dickinson. Retirada del bullicio del mundo, convirtió el espacio de la introspección en un universo poético. En uno de sus textos más conocidos escribe:

«There is a solitude of space,/ A solitude of sea…»

El espacio y el mar aparecen como metáforas de una experiencia más profunda: la inmensidad del mundo interior. Dickinson parece recordarnos que algunos territorios no se encuentran en ningún mapa. Habitan dentro de nosotros.

La hiperconectividad y el hambre de presencia

Algo ha cambiado. El ser humano contemporáneo dispone de herramientas de comunicación que generaciones anteriores jamás imaginaron. Podemos conversar con personas situadas a miles de kilómetros de distancia. Compartir instantáneamente imágenes, pensamientos y experiencias. Atravesar océanos con un mensaje.

Pero ninguna tecnología ha conseguido resolver la distancia más difícil: la que existe entre dos almas humanas.

Vivimos rodeados de comunicación, aunque no siempre de encuentro. Sabemos transmitir información. Hemos aprendido a mantenernos conectados. Sin embargo, seguimos necesitando algo más profundo: presencia.

La diferencia parece sutil, pero transforma toda la experiencia humana. Comunicar es transmitir. Conectar es vincular. Encontrarse es reconocer la humanidad del otro. Y esa experiencia continúa siendo tan valiosa como escasa.

Tal vez por eso millones de personas siguen buscando refugio en los libros, en las canciones y en los poemas. Porque allí encuentran algo que ninguna notificación puede ofrecerles: una voz auténtica, una conversación sin urgencias, un espejo.

En un mundo acelerado, la poesía nos invita a detenernos. Mientras todo parece exigir inmediatez, el poema nos devuelve al tiempo humano: el ritmo de una caminata, el ritmo de una carta, el ritmo de una contemplación, el ritmo del corazón.

La poesía no elimina la soledad. Hace algo más importante: la acompaña.

Nos muestra que otros sintieron antes nuestras preguntas, nuestras incertidumbres y nuestros asombros.

Nos recuerda que las emociones humanas tienen una historia compartida.

Cuando leemos a San Juan de la Cruz, a Machado, a Emily Dickinson o a cualquier poeta que nos conmueva, descubrimos que alguien ya transitó un camino semejante. Entonces la soledad cambia de naturaleza. Ya no es un desierto. Se convierte en diálogo.

Hacia una poética de la presencia

Quizá el desafío del siglo XXI no consista únicamente en aprender nuevas tecnologías. Quizá consista en recuperar formas más profundas de presencia: conversaciones sin pantallas, silencios compartidos, miradas, cartas, poemas. Todo aquello que devuelve espesor a la experiencia humana.

La hiperconectividad nos permite llegar más lejos. La poesía nos permite llegar más hondo.

Y tal vez esa sea la razón por la cual continúa acompañándonos después de tantos siglos. Porque, cuando las palabras digitales se pierden en la velocidad de las redes, el poema permanece. Esperando. Escuchando. Acompañando.

Hace unos días revisé mi propia poética y descubrí algo curioso: no existe en ella ningún poema titulado “Soledad“. Tal vez porque la soledad nunca fue el tema. Tal vez porque, mientras estuvo la poesía, nunca llegué a estar completamente sola.

Sin embargo, encontré un poema de mi segundo libro, Mujeres reales (2018), titulado “Desencuentro”. Más tarde, en El exilio de las almas (2025), apareció el poema “Encuentro”. Y, más recientemente, en Poesía infinita (2026), los versos finales de «Luego de tanta poesía, te he encontrado», parecen completar ese recorrido:

«Canto a los pechos/que te he encontrado».

Entonces, ¿todavía quedan dudas de que la poesía es la compañía perfecta en tiempos de soledad sonora?

NANCY ALMASSIO es poeta, investigadora y docente nacida en Necochea (Argentina) el 16 de agosto de 1968.
Ha participado en numerosos certámenes literarios y obtuvo diversas distinciones, destacándose el 1° premio internacional en el IX Concurso Poético Internacional UPF Argentina (2020) a la poesía: “Mi paz, tu paz”.
Publicaciones:
Hombres irreales (2017) De los Cuatro Vientos. Argentina
Mujeres reales (2018). De los Cuatro Vientos. Argentina
Amores invisibles (2020). De los Cuatro Vientos. Argentina
Poética de la esperanza (2024) De los Cuatro Vientos. Argentina
El exilio de las almas (2025) Sabersinfin y El Mundo Iluminado. México
Poesía infinita (2026) Sabersinfin y El Mundo Iluminado. México
Ganadora del 3° premio en el Concurso “Enrique Anderson-Imbert” de ensayo 2025 SADE Filial La Plata con el ensayo “La palabra poética como puente de transformación de la ausencia en presencia. Una mirada hacia el interior de la poesía de Jorge Boccanera”.
Ganadora del Premio Nacional Faro de Oro Vip 2026 en la ciudad de Mar del Plata por su labor como escritora y poeta.
Es conductora del programa “Poéticas del mundo” que se emite desde México por el portal Sabersinfin.
Es socia fundadora y presidente de la Filial necochense de la Sociedad de escritores de la Provincia de Buenos Aires (SEP) desde el 23 de abril de 2025 hasta la fecha.
Jurado en el Concurso Buenos Aires Fantástica y de los Juegos Bonaerenses 2025 en la categoría Narración Oral Escénica, Necochea para contar 2025 organizado por la Ecos literatura y Biblioteca de autores locales.