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«Latencia» de Erika Becerril Mateos y su interpretación

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Por: BrendaCarol Morales

Cada semana, cuando me planteo la lectura e interpretación de un poema me pregunto: ¿será que estoy interpretándolo de manera correcta?, ¿hay alguna interpretación realmente acertada? Además, ¿qué implica la poesía para quienes la buscamos, ya para escribirla, ya para leerla?

Dice en la antología: «la poesía sigue siendo una de las formas más luminosas de afirmar la dignidad humana, de fortalecer los vínculos culturales y de explorar el misterio inagotable de la vida». ¿En verdad nos afirma? Y si lo hace, ¿esto ocurre cuando la escribimos o también cuando la leemos?

En La poética del espacio, Gaston Bachelard afirmaba que la poesía explora la manera en que lugares concretos, como la casa o un rincón, actúan como imágenes primordiales. Estas albergan nuestros sueños, nuestra intimidad y nuestros recuerdos. Consideraba que la imaginación poética expande esos espacios y halla un universo entero en una miniatura o un rincón. Según comprendo, la realidad de la imagen poética forma parte de la experiencia de conciencia que la hace surgir y que la recibe.

Bachelard llamaba a los críticos literarios «lector necesariamente severo». Ellos complejizan y desvalorizan el poema hasta el punto de penetrar en el «vocabulario de estadistas». Consideraba que juzgaban una obra que no podían ni querían hacer. En cambio, los simples lectores poseen lo que denominaba «orgullo simple de lectura» y que, al leer y releer una obra, reconocen que les concierne.

Considero que cuando nos acercamos a la poesía de esa manera, podemos hacerla nuestra y participar del júbilo de la creación. Al leer las imágenes poéticas desde lo que nos permiten evocar, revivimos ese espacio —que no necesariamente es físico— el cual nos conecta y fortalece nuestros vínculos. Nos ayuda a asombrarnos una y otra vez con la vida pues, si bien pudiera parecer trillada y cotidiana, con la poesía podemos vislumbrar su profundidad y misterio. Nos afirma nuestra dignidad humana.

Vamos, pues, con ese orgullo simple de lectura, a conocer otro hermoso poema. Esperemos que nos afirme y nos haga revivir esos sitios que ensoñamos en lo más profundo del ser.

La autora, Erika Jackeline Becerril Mateos

Es una poeta originaria de la Ciudad de México. Escribe de manera independiente y actualmente trabaja en la construcción de su primera novela.

Tal como se expresa en la antología, su búsqueda literaria parte de la intensidad y de la imagen como forma de permanencia. Encuentra en la escritura un espacio de exploración íntima, donde memoria, tiempo y materia dialogan en silencio.

Latencia

Te pienso tanto que temo desgastar
tu sombra en los bordes de tu memoria,
como si tu huella envejeciera
persiguiendo al tiempo.

En cada gota del torrente
mis hojas cederán.
No temería cavar un inframundo
para desenterrar mis recuerdos,
hechos ceniza bajo tu desprecio.

Y el susurro de tu recuerdo
resuene con la manecilla lustrosa
del eco de tu aroma,

cuando tu silencio se
vuelva ola,
umbral de tu mirada,
resonará en la ceniza.

Sobre los elementos formales

El poema está compuesto por cuatro estrofas irregulares de 4, 5, 3 y 5 versos, sin métrica ni rima fija. El hecho de que la estructura estrófica sea irregular puede contribuir a una sensación de inestabilidad. Esta parece adecuada para lo que está expresando el poema, pues habla de un recuerdo recurrente que vuelve, se desplaza y no logra concretarse.

La voz habla desde un yo a un tú ausente. Esta relación organiza todo el poema, aunque el tú nunca habla. Va muy acorde con el título del poema: la presencia del destinatario se construye desde la ausencia. «Latencia», por su etimología, se refiere a la «cualidad del que está presente, pero oculto»  y también, al «tiempo que transcurre entre un estímulo y la respuesta a este». El destinatario está presente en el pensamiento mas no físicamente. Por otro lado, podría sugerir algo que existe ahora (la persona en el recuerdo) pero cuya desaparición se proyecta al después. Hay también una inestabilidad temporal porque el poema parte de un presente, pasa al futuro y al subjuntivo y termina nuevamente en el futuro.

Se reconocen varios campos léxicos que se entrecruzan. Uno de ellos es la memoria y la ausencia: pienso, memoria, huella, recuerdos, recuerdo. Otro que también está muy presente es el de desgaste y muerte: envejeciera, cederán, inframundo, desenterrar, ceniza. Además, aparece el campo de la naturaleza: torrente, hojas, olas. Hay un campo especialmente implicado en las imágenes que se crean, el de la percepción sensorial: sombra, susurro, aroma, mirada, silencio. Por otro lado, el tiempo es fundamental, no solo en los cambios verbales que ya señalaba, sino como léxico: envejeciera, tiempo, manecilla.

El poema construye una red de imágenes en la que se cruzan distintas modalidades sensoriales. La sinestesia aparece con particular claridad en «el eco de tu aroma».

Otras figuras que se presentan son las metáforas: «desgastar tu sombra en los bordes de tu memoria», «mis hojas cederán», «mis recuerdos hechos ceniza», «cuando tu silencio se vuelva ola», y «umbral de tu mirada». También hay personificación o prosopopeya. Se le atribuye a las huellas la posibilidad de envejecer o de perseguir, aunque también puede entenderse como una construcción metafórica más amplia.

Se muestran unas hipérboles. Por ejemplo, «Te pienso tanto que temo desgastar tu sombra», en la que se agranda la magnitud e intensidad del pensamiento, al punto de asignarle un efecto físico capaz de desgastar algo intangible como una sombra. También: «No temería cavar un inframundo», una exageración sobre el esfuerzo y el dolor emocional al compararlos con el descenso al mundo de los muertos. Esta imagen tiene una clara dimensión metafórica e intertextual mitológica.

Interpretación del poema

El poema parece girar en torno al temor de que la persistencia del recuerdo termine por erosionar precisamente aquello que pretende preservar. Esto es evidente en la primera estrofa, en que con una hipérbole y una metáfora, se crea una imagen en la que se identifica la memoria o el recuerdo de la persona amada con un objeto físico que se puede deteriorar con el uso. Ese temor se hace evidente también en los siguientes versos donde se compara el desgaste del recuerdo con el envejecimiento de una huella. Creo que esta estrofa está muy bien lograda. Cuando dejamos de ver a alguien amado, vamos perdiendo la nitidez del recuerdo, los detalles de la persona parecen borrarse. Conforme pasan los meses o los años, se nos dificulta más el mantenerlos intactos en la mente.

Después, hay un desplazamiento desde el pensamiento a la naturaleza, la pérdida y el descenso. En el inicio de la segunda estrofa, la imagen «En cada gota del torrente / mis hojas cederán» permite varias lecturas. Por un lado, el torrente puede ser el tiempo, el recuerdo, el dolor persistente, el impacto repetido del sufrimiento. Las hojas pueden representar partes de la persona, recuerdos, vulnerabilidad o las propias fuerzas.

Hay un contraste poderoso en el primer verso: ante lo monumental del torrente se contrasta lo minúsculo de las gotas. Posiblemente se unen ambos para señalar que si bien el dolor puede ser gigantesco, se compone de pequeños detalles. Desde mi perspectiva, remite a la idea de que una gota puede rebalsar un vaso lleno o que, gota a gota, puede erosionarse hasta la roca más dura.

El poema no señala las causas de la ausencia ni lo que sucedió entre ambos y estos versos brindan muchas posibilidades, lo cual lo enriquece. Una posible interpretación es que la imagen de las gotas representa el impacto constante del sufrimiento, el cual se compara con una fuerza brutal, un torrente emocional. El yo lírico se ve a sí mismo como un ser vulnerable que, ante ese dolor constante y poderoso, no puede evitar perder sus defensas, sus fuerzas o sus días.

En esta estrofa aparece otra hipérbole: cavar un inframundo, que, como ya decíamos antes, exagera el esfuerzo y el dolor emocional. El verso hace referencia a lo mitológico y religioso. Según distintas culturas, se trata de un lugar subterráneo, oculto, asociado a la muerte. También hace ver que el yo lírico estaría dispuesto a penetrar incluso a ese mundo vedado a los vivos con tal de rescatar la memoria. Cuando habla de los recuerdos hechos ceniza, se podría entender que asocia este residuo con algo inacabado. En lo personal y aunque el poema no lo explicite, lo conecto con el dicho popular de: «donde hubo fuego, cenizas quedan». Aunque el tú está físicamente ausente, el yo lírico lo mantiene vigente en su memoria. Estimo que funciona muy bien para hablar de una relación apagada que todavía conserva vestigios.

Notaremos también que «cenizas» reaparece en el último verso, lo cual le da circularidad al poema: desciende hacia la ceniza y termina en ella.

En las dos últimas estrofas, el poema presenta una fractura sintáctica cuya intencionalidad no es posible determinar únicamente a partir del texto. Esta ruptura vuelve más compleja la relación entre las imágenes y oscurece parcialmente su significado. Si se trata de un recurso deliberado, puede interpretarse como coherente con la idea de un recuerdo que se fragmenta o se desintegra, de modo que la forma del poema reproduciría el proceso que expresa su contenido. Sin embargo, al no haber elementos suficientes para afirmarlo, conviene mantener esta lectura como una posibilidad interpretativa.

En la tercera estrofa se une lo auditivo, lo visual y lo olfativo. Hay varias imágenes sensoriales sugestivas, aunque la relación entre ellas resulta difícil de construir. El susurro del recuerdo sugiere que se evoca una presencia que ya no está del todo pero de la que no se puede escapar porque llena todo el espacio mental y emocional.

Ahora bien, podemos pensar que la «manecilla» alude al tiempo y «lustrosa» introduce una percepción visual o táctil. Además, el eco de un aroma es una sinestesia muy sugerente. Sin embargo, no quiero arriesgarme a relacionar las tres cosas y tratar de construir una relación conceptual entre tiempo, eco y aroma. Sobre todo porque la estrofa no concluye con un punto, por lo que debemos entender que estas tres ideas deberán unirse con las siguientes.

Si separamos cada imagen, podemos entender que en la última estrofa, se identifica el silencio de la persona amada con una ola. Esta imagen podría hablar de una forma de violencia pasiva (el silencio), pero igualmente destructiva y abrumadora. En el siguiente verso, se define la mirada como una puerta o un límite. La sintaxis no permite decidir si el silencio se vuelve una ola que es, a la vez, umbral de la mirada, o si constituye una imagen independiente.

El cierre del poema con el verso «resonará en la ceniza» es una imagen desoladora y muy potente. Sugiere un ciclo donde el dolor sobrevive a la destrucción absoluta. Propone que a pesar de la ausencia del otro, el dolor y el recuerdo se amplifican. Visualmente, evoca un escenario gris y frío, pero acústicamente lleno de sonidos vibrantes.

Conclusión

No considero que Latencia sea simplemente un poema de desamor. Más bien, se trata de un poema sobre la persistencia problemática del recuerdo. El yo lírico no teme únicamente haber perdido al otro. También teme perder lo que queda de él en su memoria. Allí surge la contradicción central: cuanto más intenta conservarlo mediante el pensamiento, más teme erosionarlo. El título adquiere pleno sentido al finalizar. Algo permanece debajo de la pérdida, del silencio y de la ceniza. No está vivo con plenitud, pero no ha desaparecido y sigue latente.

El poema inicia con el miedo al desgaste por recordar y termina haciendo que siga resonando en la ceniza. Aquí está toda la tensión del poema: desgaste y conservación, desaparición y restos, olvido y memoria. Ese es el verdadero centro de Latencia.

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.