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Sabersinfin: la poesía como expansión del conocimiento

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Por Abel Pérez Rojas

Sabersinfin

El pasado 12 de octubre, el movimiento científico-cultural Sabersinfin cumplió veinte años. Dos décadas invitan a la reflexión sobre qué vigencia conserva aquello que nos reunió al comienzo. Así, es necesario examinar cómo una iniciativa ciudadana, nacida en diálogo con la educación permanente, llegó a encontrar en la poesía una de sus formas principales de expresión. Para comprender ese tránsito, conviene situar nuestra experiencia junto a algunas ideas que han orientado la reflexión educativa y cultural contemporánea.

Desde sus primeros pasos, Sabersinfin se ha sostenido en el principio de educabilidad, por eso nos anima una convicción firme: aprender no es una etapa que concluye al obtener un grado, sino una actitud filosófica frente a la vida.

Por ello, tengamos presentes los siguientes antecedentes. En Aprender a ser, Edgar Faure y la comisión que presidió propusieron concebir la educación como un proceso que se extiende a lo largo de la vida. Años después, el informe coordinado por Jacques Delors amplió esa perspectiva con cuatro pilares: aprender a conocer, a hacer, a vivir juntos y a ser. Estas propuestas ayudan a entender por qué la educación permanente no es un añadido a la escuela, sino una forma de relacionarnos con el conocimiento y con los demás. En este sentido, las enseñanzas del Dr. Luis Benavides Ilizaliturri, experto en educación permanente, han sido en todo momento nuestra inspiración y guía teórica.

La participación social, la cultura de paz, las sociedades del saber y del conocimiento, y las ciudades y los barrios educadores completan ese horizonte. Paulo Freire pensó la educación como una práctica dialógica en la que las personas participan en la lectura crítica de su realidad. La UNESCO, al abordar las sociedades del conocimiento, vinculó el saber con el desarrollo humano, los derechos y las libertades. Por su parte, la Carta de Ciudades Educadoras reconoce que el entorno urbano también puede educar y que la ciudadanía forma parte de esa tarea. La Carta del Barrio Educador descendió toda esta visión a los entornos más inmediatos y cercanos: los barrios.

Estos marcos ofrecen coordenadas para valorar el meollo de nuestra experiencia.

La impronta académica fue visible, sobre todo, en los primeros años. Sabersinfin surgió como prolongación de los estudios de posgrado en educación permanente y recibió la influencia de quienes aceptaron sumarse a una iniciativa naciente para compartir saberes y construir espacios de diálogo. La academia aportó preguntas, marcos teóricos, herramientas de análisis y disciplina para ordenar las ideas. El pensamiento de Edgar Morin también resulta pertinente aquí: comprender la complejidad exige relacionar saberes y evitar que la especialización nos impida observar los vínculos entre los fenómenos. Desde ese origen, el proyecto comenzó a abrirse a voces y experiencias que también producen conocimiento.

Así transitamos hacia una etapa marcada por la participación social. Sabersinfin comenzó a ofrecer un espacio a colectivos, organizaciones civiles y personas que tuvieran cierto valor social que comunicar. Esa labor no consistía en hablar por los demás, sino en permitir que sus preocupaciones, propuestas y conocimientos circularan. En ese tránsito se hizo más visible una idea central: la sociedad no es únicamente destinataria de políticas, discursos o productos culturales; también puede ser autora de diagnósticos y soluciones. En este enfoque, la propuesta de Freire nos ayuda a entender el diálogo como una práctica que vincula reflexión y acción, y no solo como intercambio de opiniones.

Uno de los momentos sobresalientes de esa etapa fue la reforma constitucional poblana que presentamos, impulsamos y conseguimos. La consideramos pionera en el estado por atender la defensa y preservación del patrimonio cultural y natural, así como el reconocimiento de los saberes colectivos. Ese proceso mostró que una iniciativa surgida del diálogo puede intervenir en la vida pública y traducirse en cambios institucionales. También nos dejó una enseñanza: la participación necesita organización, continuidad y argumentos capaces de enlazar la experiencia ciudadana con el lenguaje jurídico y político. La educación permanente, entonces, no permanece en el plano de las ideas; puede expresarse en la acción colectiva.

El camino tuvo otros registros. Hubo una etapa orientada a buscar lo trascendente, lo extraño y lo paranormal. Esos temas abrieron conversaciones sobre los límites de nuestras explicaciones, las creencias, los temores y aquello que las personas consideran significativo, aunque no siempre pueda verificarse con los instrumentos habituales. Un abordaje académico de estos asuntos exige distinguir entre experiencia narrada, interpretación y evidencia disponible. Preguntar por lo desconocido no obliga a aceptar cualquier explicación; invita a examinar por qué ciertas preguntas persisten y qué revelan sobre nuestra necesidad de respuestas profundas. La curiosidad, acompañada de pensamiento crítico, también forma parte de la vida intelectual.

Las distintas etapas quedaron registradas en transmisiones y en cientos de artículos escritos por quienes formamos parte de Sabersinfin. Ese archivo permite observar cambios de lenguaje, intereses y perspectivas, además de ofrecer memoria para evaluar el movimiento. La pandemia declarada en 2020 puso a prueba nuestros vínculos y alteró las formas de encuentro. Como ocurrió en tantos espacios educativos y culturales, tuvimos que responder a circunstancias imprevistas y sostener la comunicación a distancia. Ese periodo confirmó que un proyecto colectivo no puede depender de un solo formato ni de condiciones estables; necesita preservar su propósito y, al mismo tiempo, encontrar nuevas formas de trabajo solidario.

En este recorrido aparece una pregunta que merece atención: ¿cómo un movimiento que se asume científico y cultural desemboca en la poesía? A mi juicio, el tránsito ha sido natural porque la poesía no representa una renuncia al conocimiento, sino una ampliación de sus posibilidades expresivas. La investigación procura describir, contrastar y explicar; la creación poética puede explorar aquello que una definición no alcanza a contener. Ambas prácticas requieren atención a la realidad, aunque formulen sus hallazgos con lenguajes distintos. El filósofo y antropólogo francés Paul Ricoeur estudió cómo la metáfora crea significado y reorganiza nuestra comprensión. La poesía, con imágenes, ritmos y símbolos, puede hacer visible la dimensión sensible de los problemas y comunicar preguntas sin clausurarlas anticipadamente con una respuesta única.

Los recursos literarios nos ofrecen libertad para plasmar nuestras tesis y avanzar en ellas. Esa libertad no significa desentendernos del rigor, sino reconocer que el pensamiento también necesita formas abiertas para ensayar posibilidades. La poesía introduce ambigüedad, pero no necesariamente confusión: permite que una imagen reúna contenidos y posibilidades distintas, y que el lector participe en la construcción de significado. En ese intercambio, la reflexión deja de ser una conclusión distante y se vuelve experiencia compartida. La metáfora no reemplaza el argumento ni la evidencia; abre otras vías para comprender lo que una formulación conceptual, por sí sola, quizá no alcance a transmitir.

La poesía guarda, además, una afinidad profunda con la educación permanente. Leer y escribir poemas son actos de aprendizaje: obligan a escuchar, revisar lo que creemos saber y descubrir relaciones que antes no percibíamos. También pueden favorecer una cultura de paz, porque nos acercan a la experiencia ajena sin reducirla de inmediato a un juicio. La Asamblea General de las Naciones Unidas, en su Declaración y Programa de Acción sobre una Cultura de Paz, situó la educación, el diálogo y la participación entre sus medios de construcción. No afirmo que un poema resuelva por sí mismo un conflicto; sostengo que puede contribuir a cultivar sensibilidad y disposición al diálogo, condiciones necesarias para una convivencia más digna.

Hoy, libertad, prospectiva y disrupción son quizá los rasgos más visibles del punto en que nos encontramos. Libertad para elegir lenguajes y abrir preguntas; prospectiva para imaginar escenarios y asumir que el futuro también se construye desde las decisiones presentes; disrupción para revisar hábitos intelectuales y buscar otras maneras de relacionarnos con el saber. Ninguno de estos rasgos debe confundirse con improvisación o ruptura por la ruptura misma. Su valor depende de la responsabilidad con que los pongamos en práctica y de nuestra capacidad para mantener un diálogo entre experiencia, reflexión, creación y acción social.

Cumplir veinte años significa, en gran medida, contar con una historia desde la cual volver a preguntarnos qué queremos aportar y a quiénes deseamos escuchar. Sabersinfin nació con una vocación educativa, aprendió a abrirse a la participación social, exploró distintas búsquedas y encontró en la poesía una casa de pensamiento y libertad. Si hoy desemboca en ella, es porque la poesía puede reunir saberes, cuestionarlos y devolverlos a la comunidad como una invitación a mirar de nuevo. El camino sigue abierto: mientras exista una pregunta, una voz dispuesta a compartirla y alguien que la escuche, el movimiento tendrá porvenir.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta