Por Salvador Calva Morales
Conforme pasan los días,
van quedando atrás los temores,
a la par del pudor y la desconfianza;
y se desarrolla en ti, bella hechicera,
el dominio de una mujer segura de sí misma,
maestra del arte amatorio,
creciendo de manera exponencial.
No sé si fue transmisión del pensamiento
o tu iniciativa la que venció al comportamiento.
Te acercaste más a mí
para alcanzar, con tu linda mano,
mi pierna estremecida;
y poco a poco guiaste
tu extensión diminuta y sabia
al encuentro merecido
que, para ese momento,
ya estaba listo.
Esperaba tus caricias expertas,
esas que saben mojar de deseo
desde la cabeza hasta el tronco mismo,
vencido por la ansiedad.
No pude, ni quise, reprimirme
para alcanzar tu largo vestido
y levantarlo hasta el cielo,
para también humedecer mis labios.
¡Oh, prodigio de labios!,
como si me hubieran estado esperando:
firme y palpitante
de excitación extrema.
Y como dos adolescentes sin temor
a los transeúntes caminantes,
seguí conduciendo el auto
a la mínima velocidad
que el tránsito exigía;
mientras ambos nos devorábamos en besos,
aprovechando la luz roja
de cada esquina detenida por el semáforo.
Casi una hora recorrimos
degustándonos deseos y satisfacciones,
entre besos y confesiones.
Hasta llegar al destino final
y conseguir, en escasos minutos,
junto con los besos
y las caricias de piel a piel,
la tan anhelada unión,
para gemir como fieras sedientas de placer
y quedarnos unidos
en un solo cuerpo,
un solo espíritu,
el único latido
de dos corazones fundidos
por la pasión del amor.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta






























