Por Salvador Calva Morales
La guacamaya escarlata está en peligro de extinción, al igual que la estructura familiar humana tal como la conocemos hoy. Extraña casualidad.
Al mismo tiempo que los seres humanos abandonan gradualmente la idea de la monogamia, las guacamayas, animales fieles hasta la muerte, se acercan cada vez más a la extinción.
¿Quién, hoy en día, entrega su amor a una sola persona por el resto de su vida? El compromiso que una guacamaya establece con su pareja es cosa seria, y son escasas las parejas humanas dispuestas a sostener un vínculo de tal magnitud. Por el contrario, entre las personas se promueven cada vez más el poliamor, las relaciones efímeras y el sexo sin compromiso.
En el reino animal, la guacamaya comparte con unas cuantas especies esta característica: la monogamia.
Cuando una guacamaya elige pareja, no puede ocultar su interés ni su emoción. Su lenguaje corporal lo dice todo. No escatima en muestras de cariño: canta, se acicala y comparte la comida. Son verdaderos enamorados que viven el clímax de una relación. Si alguien intenta separarlas, gritan con fuerza y aletean para que les permitan permanecer juntas durante toda la vida.
Demostrativas y juguetonas, estas aves —asociadas, quizá por sus vivos colores rojos, amarillos y azules, con el fuego y las deidades solares— pueden vivir hasta setenta años y compartir cada día junto a su pareja. Pareciera que el rojo encendido de su plumaje mantiene viva la llama de su amor.
Si queremos romantizar aún más esta conducta, tendríamos que hablar de las pupilas de las guacamayas, que se dilatan cuando juguetean con su pareja. En ellas no hay discreción ni disimulo.
Son como aquellas parejas de la literatura y la tradición que no podían pasar un minuto sin verse: como Romeo y Julieta o como Iztaccíhuatl y Popocatépetl.
Existe un mito popular según el cual algunas aves mueren de pena cuando fallece su pareja. Sin embargo, esto no ha podido demostrarse y, por el contrario, se han observado aves en excelente estado de salud después de haber perdido a su compañero.
Aun así, las guacamayas seguirán siendo un símbolo de lealtad, compromiso y amor.
México alberga importantes poblaciones de guacamayas, al igual que diversos países de Sudamérica, especialmente en la selva amazónica.
En nuestro país, este animal forma parte de nuestra historia y cultura. Aparece constantemente en los cuadros de Frida Kahlo y en las canciones populares.
Las plumas largas y coloridas de su cola fueron símbolos de fertilidad en diferentes culturas prehispánicas.
En el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas en el que se explica el origen de la existencia y de la vida en la Tierra, se menciona al dios Vucub Caquix, cuyo nombre significa “Siete Guacamayo”.
En diferentes códices y pinturas de nuestros antepasados pueden verse estas aves sobrevolando a las máximas autoridades.
Son elegancia y superioridad; son nuestro vínculo con el astro rey; son fuego, luz y poder.
En el siguiente enlace puede consultarse el artículo titulado “Guacamayas, avatares del sol”, en el que se profundiza en la influencia de estas aves en la historia de nuestra cultura.
Estos animales también están asociados con el lenguaje y la comunicación, debido a que son capaces de aprender y repetir palabras que escuchan de las personas. A partir de los siete meses de vida, la guacamaya comienza a aprender todo tipo de sonidos.
¿Será esta capacidad para el lenguaje y la comunicación el secreto de sus buenas relaciones? No lo sabemos.
Lo que sí sabemos es que la caza clandestina y el tráfico ilegal están acabando con esta especie. Aunque el problema no siempre recibe la atención que merece, resulta triste imaginar siquiera la extinción de estas hermosas aves, símbolos del amor profundo.
Como animal de poder, la guacamaya constituye todo un amuleto. La imagen de una de estas aves perdiéndose entre rayos de luz, mientras se eleva en dirección al sol, nos transmite una sensación de libertad, transformación y superación personal.
La capacidad para comunicarse es una de las principales fortalezas del tótem de la guacamaya, al igual que el amor y la lealtad.
Entonces, ¿crees que el amor eterno no existe? Echa un vistazo a estos animales. Son maestros de la fidelidad que tantas veces quebrantamos los seres humanos, quienes nos jactamos de ser inteligentes y “civilizados”, pero a veces nos comportamos de manera más irracional que los propios animales.
Quizá debamos elevarnos hacia el sol como estos seres, enaltecer el espíritu y asumir el amor y el compromiso. No debemos faltar a nuestra palabra cuando decimos frente al altar: “Hasta que la muerte nos separe”. Amar eternamente a alguien representa todo un reto. No sé si está en nuestra naturaleza o no.
De lo que sí estoy seguro es de que podemos imitar de las guacamayas esa peculiar capacidad de entrega. A veces somos demasiado escuetos con las caricias y las muestras de afecto, y provocamos con ello que nuestras parejas se sientan insatisfechas. Parece que damos amor a cuentagotas, y ya no estamos para eso.
El odio, el rechazo y la agresión se manifiestan en grandes magnitudes. Demos bondad, queridos lectores, demos bondad. Si la familia, tal como la conocemos hoy, va a extinguirse, por lo menos conservemos algo: asumamos el compromiso de dar amor a manos llenas, no solo a nuestras parejas, sino también a nuestros padres, hijos, hermanos y amigos.
Seamos afectuosos, cariñosos y leales como las guacamayas, aves del sol.
Tótem: guacamaya
Cualidades: lealtad, amor, compromiso y comunicación.
*Este artículo forma parte del libro Etología y caractitud. El libro de los animales. Tomo I.
Salvador Calva Morales tiene una amplia trayectoria en las áreas de Educación, la Medicina Veterinaria, la Zootecnia y la Literatura. Cursó dos licenciaturas: Medicina Veterinaria y Educación Media Superior, dos maestrías, una en Administración y otra en Docencia Universitaria. Tiene un doctorado en Administración de Negocios. Recibió el doctorado honoris causa por The England and Wales University, en Londres, Inglaterra. Recibió cuatro doctorados honoris causa por instituciones mexicanas e internacionales. Su labor altruista ha sido reconocida ampliamente. Desde 1982 fundó y preside el Sistema Universidad Mesoamericana, con seis campus universitarios en México. Autor de sesenta y cinco libros de poesía y ensayos educativos.

































