Por Salvador Calva Morales
Qué noche la de ayer…
y hoy, cuando la madrugada apenas despierta,
me descubro aún enredado en tu abrazo,
como si el tiempo hubiera decidido detenerse
para dejarnos existir sin prisa.
Hacía tanto que no regresaba tan tarde a mi cama,
tanto que no olvidaba el reloj sin culpa,
que cualquiera preguntaría qué me diste,
y yo respondería, sin dudarlo:
un amor naciente,
un amor reciente,
un amor que se reconoce desde el primer latido.
Fue la noche de los innumerables besos,
de esos que no saben contarse,
porque nacen uno dentro del otro,
porque no permiten distancia,
porque hacen del aire un simple pretexto
para volver a encontrarnos.
Hubo en ti una delicadeza nueva,
un misterio que se revela sin prisa,
como una flor que no necesita abrirse del todo
para ser comprendida.
Y mis ojos, sorprendidos,
aprendían tu forma
con una devoción casi sagrada.
Tu esencia, natural y libre,
sin máscaras ni artificios,
era un lenguaje antiguo, verdadero,
una belleza que no responde a modas,
sino a la pureza de lo que simplemente es.
Y en medio de ese abandono compartido,
de esa confianza que no pide explicaciones,
yo deseaba quedarme para siempre,
explorando tu universo,
sin urgencia,
con la calma de quien sabe
que ha llegado a un lugar único.
Te vi completa,
tal como el origen te pensó,
y algo en mí quedó en silencio,
asombrado,
como si mis propios ojos
no alcanzaran a comprender tanta armonía.
Nos perdimos en un torbellino de besos,
en un ir y venir de respiraciones compartidas,
en ese instante donde separarse
parece un error del mundo,
y un segundo sin el otro
resulta incompleto.
Pero entre todo lo vivido,
entre cada roce, cada suspiro, cada instante,
hubo un momento que lo cambió todo:
cuando, desde lo más profundo de ti,
sin artificio, sin duda, sin temor,
brotaron las palabras más hermosas
que puede habitar en la voz de alguien:
te amo.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta

































