Por: Lilia Rivera
Tres figuras avanzan con paso firme entre las sombras alargadas de la noche en el desierto de Arabia. Llevan ya a cuestas el cansancio de un largo viaje y se arrebujan en sus mantos de lana para protegerse del frío que arrecia a esa hora. Esperan llegar al amanecer, al fin, a la tierra de Canaán. La brillante luz blanca de una estrella ha continuado guiándolos desde su partida. Su destino es la ciudad de Jerusalén, donde habrán de indagar acerca del lugar en que se encuentra el recién nacido rey de los judíos, cuya estrella han venido siguiendo.
Tras un tramo más de camino, arriban cerca de la puerta de Damasco de la ciudad a la que se han encaminado. Indagan entonces la ubicación del palacio de Herodes y, al llegar, solicitan una audiencia.
—¿Dónde está el que ha nacido rey de los judíos? Porque vimos su estrella en el oriente y hemos venido a adorarle.
Cuando Herodes escuchó esto, se turbó; sin embargo, reunió a los sacerdotes y escribas para que respondieran a los sabios viajeros:
“Y tú, Belén, en la tierra de Judá,
de ninguna manera eres la más pequeña
entre los príncipes de Judá;
porque de ti saldrá un gobernante
que pastoreará a mi pueblo Israel”.
(Miqueas 5:2)
Este relato bíblico es leído y recordado cada año durante el mes de diciembre, cuando se celebra el nacimiento de Jesús de Nazaret. Si bien los estudios de las Escrituras demuestran que este no fue el mes real de su nacimiento, la tradición así lo ha marcado desde hace mucho tiempo, cuando el emperador romano Constantino lo estableció.
Pero, ¿quiénes fueron realmente los personajes llamados Reyes Magos?

El Nuevo Testamento, escrito mayoritariamente en griego, utiliza el término magoi. Tradiciones posteriores en siríaco y latín (como los manuscritos del siglo V y VI) los nombran como Appellicon, Amerin y Damascón, o Melichior, Gathaspa y Bithisarea, de donde derivan los nombres conocidos hoy en día: Melchor, Gaspar y Baltasar. El texto bíblico los menciona como «magos», una palabra (magu-sha) que en Oriente designaba a sabios, maestros, médicos, matemáticos o personas de alta estima. Se cree que su origen fue caldeo, ya que este pueblo tenía fama en Oriente de destacar como astrónomos y astrólogos que observaban los movimientos celestes, su influencia y la ciencia del porvenir.
La lengua que hablaban debió de ser el acadio, pues era la forma de comunicación culta de los habitantes de la zona babilónica; el arameo, por su parte, era la lengua popular de la gente sencilla, tal como ocurría en otras partes de Oriente. Ocurrió algo semejante en Palestina —nombre dado a la actual Israel por los romanos—, donde las clases altas hablaban hebreo y el pueblo común, asimismo, el arameo.
En distintas épocas se ha especulado sobre el número de magos; algunas versiones mencionan a un cuarto personaje, mientras que otras creencias afirman que fueron doce, quizás en referencia al número de los apóstoles. Lo cierto es que la fuente bíblica no precisa la cantidad exacta, aunque tradicionalmente se asume que fueron tres por la cantidad de obsequios. En la numerología bíblica, además, este número representa a la Trinidad, por lo que suele considerarse el idóneo.
El Evangelio de Mateo (a diferencia del de Lucas) relata que, al llegar al lugar donde se encontraba el niño, pusieron a sus pies tres ofrendas —nuevamente el número tres—: oro, incienso y mirra. Su simbología representa, respectivamente, la realeza y majestad, su naturaleza divina junto con su ministerio de intercesión y, finalmente, el sufrimiento que habría de experimentar a lo largo y al final de su vida. Estos tres presentes eran sumamente valiosos en aquellos días y dos de ellos, el incienso y la mirra, formaban parte de los componentes del incienso santo empleado en el servicio del templo.
Esta simbólica visita ha sido tema recurrente en diversas expresiones, periodos y escuelas artísticas. Entre las obras más famosas cabe mencionar La Adoración de los Magos de Fra Angelico, Filippo Lippi y Giotto, exponentes del primitivo italiano. Asimismo, maestros como Mantegna, Da Vinci, Botticelli, Rubens, Durero, el Bosco, Velázquez y el Greco inmortalizaron el pasaje en obras maestras. De igual modo, en un mosaico de San Apolinar el Nuevo, en Rávena, se pueden leer sus nombres grabados en la parte superior.
En la dramaturgia, en 1601, William Shakespeare escribió por encargo de un abogado londinense la obra Noche de Reyes, representándose ante la reina Isabel I de Inglaterra.
Lilia Rivera. Nació en la Ciudad de México. Se formó en el Colegio Americano y en la Universidad Femenina de México. Ha participado en veinte antologías poéticas y es autora de los poemarios He, Who has Loved y De Complejidades y de Enigmas. También ha escrito tres novelas, entre las que se destaca Ha Maljut (El Reino). Además, es autora de libros de cuentos como Cuentos Poblanos (Testimonio de una ciudad) y London Tales (The Core of a City). Ha sido galardonada con premios estatales, nacionales e internacionales.


































