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Más de mono que de ángel

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Imagen del autor andytraderthailand en PIXABAY

El mundo iluminado

Por Miguel Ángel Martínez Barradas

Buscamos la felicidad, no sólo como individuos, sino aún como especie. A diferencia de otros animales, nosotros tenemos la capacidad de proyectarnos hacia el futuro porque hemos inventado una abstracción que nos ha explotado en las manos y llenado de preocupaciones: el tiempo. Pensamos que la felicidad es algo que se busca, que se construye y que se persigue, o, por otro lado, algo que perdimos y que recordamos con nostalgia cuando vemos las viejas fotografías, cuando pensamos en los que se fueron, cuando afirmamos que toda época anterior fue mejor. 

Definir a la felicidad no es sencillo, pues se confunde con el placer. Para algunos, la felicidad es el supremo bien universal, para otros, es subjetiva, personal. Nadie sabe qué es la felicidad, aunque en sus múltiples definiciones suele estar emparentada con lo que es agradable, con lo que otorga paz, plenitud y dota de sentido a la existencia. La felicidad no es el placer, aunque el segundo no deja de participar en algo en la primera, por ello es que definirla resulta una tarea complicada. Y puesto que para algunos la felicidad es el placer, o al menos mantiene un vínculo con él, la felicidad tiene algo de matérica, es decir, puede encontrarse en las cosas, en los seres, en las sensaciones. 

Si alguien nos preguntara en estos momentos si somos felices, ¿qué responderíamos? Sentirse bien no es lo mismo que ser felices, aunque dicha placidez, al igual que el placer, participa en algo en lo que la felicidad es. La felicidad no es la misma en todas las épocas sociales, a lo largo de la historia ha ido cambiando nuestra noción de lo que la felicidad es, aunque no podamos definirla acertadamente. Tampoco es la felicidad la misma en todas las etapas de nuestra vida, lo que en la infancia entendíamos por felicidad no es lo mismo que lo que definimos como felicidad durante la adultez o la vejez, aunque quizás haya un “algo” común a todas las épocas, un “algo” que, con seguridad, podemos afirmar que se encuentra fuera del tiempo y del espacio, de lo contrario ya habríamos alcanzado la felicidad. 

La felicidad participa de la libertad. Quien es feliz es libre, y viceversa. Contrario a lo que la mayoría pensaría, la libertad consiste en estar limitados. Ser libres no es brincarnos todas las fronteras físicas, morales ni espirituales, sino, antes bien, comprender que estamos constreñidos por ellas y que es gracias a ello que no caemos en la autodestrucción. Ser libres es estar limitados, y aceptar esos límites como necesarios, por lo tanto, ser felices podría entenderse en un sentido semejante: la felicidad no consiste en hacer lo que queremos, sino en hacer lo que es necesario, siempre dentro de un espacio limitado por el tiempo, el espacio y las creencias. 

La felicidad solemos buscarla fuera de nosotros, es decir, en las personas, en las cosas, en el dinero, en el reconocimiento, en los títulos, pero la experiencia nos deja ver que nada de eso encierra a la felicidad, aunque de alguna manera podría servirnos para conseguirla. ¿Está la felicidad, entonces, dentro de nosotros? La expresión es confusa, ¿qué deberíamos entender por “dentro de nosotros” cuando ese “dentro” no es más que el reflejo de lo que está afuera? El arcaico principio establece que como es adentro es afuera, y viceversa, por lo que el adentro y el afuera no existen, como tampoco, quizás, la felicidad, pues nadie puede decirnos verdaderamente que la haya alcanzado. A lo más que algunos han llegado es a adquirir un poco de paz y dicha en sus vidas, pero siempre sin dejar éstas pasajeras. 

La felicidad es como las estaciones del año, quizás todo sea así en este sistema cíclico al que estamos confinados. La felicidad empieza como una semilla que se desarrolla, crece, da frutos y una vez que estamos disfrutando de sus mieles todo desaparece, dejándonos no sólo con una sensación de sinsentido existencial, sino, además, con el presentimiento de que todo lo que conocemos, aún nuestra persona, no es más que un espejismo. Las mieles que la mejor época de la felicidad nos otorga no es la felicidad, ¿o sí?, ¿la felicidad termina o una vez que se alcanza perdura hasta nuestra muerte? El médico español Santiago Ramón y Cajal, en su obra Charlas de café, considera que la felicidad es inalcanzable y que a lo mucho podemos conformarnos con ser relativamente dichosos, esto lo expresa en doce preceptos: 

«Primera. Ser indulgente. Segunda. Considerar que el ser humano tiene más de mono que de ángel, y que carece de títulos para envanecerse y engreírse. Se imponen, pues, la piedad y la tolerancia. Tercera. Inspírate, si puedes, en las conocidas máximas griegas de «Trabajar a tiempo», «Y todo con medida». Cuarta. No contestes jamás a invectivas e insultos groseros, y aparta inexorablemente de tu trato a los malintencionados y envidiosos. Quinta. Vive de ti mismo, y aun ensimismado, si te ocupas en la ciencia o en cualquier trabajo intelectual y socialmente útil. Sexta. Distrae tus cavilaciones y enojos con el estudio. Séptima. Huye de las pasiones vehementes, que absorben, esclavizan y esterilizan el espíritu. Octava. Aprende a callar; alaba cuanto digan bueno de tus amigos y adversarios, y si hablas, hazlo con mesura, modestia y oportunidad. Novena. Jamás mortifiques a nadie con verdades desagradables para su orgullo o sus pretensiones. Maneja la verdad como la dinamita, que a menudo destruye aun a quien la manipula con precauciones. Décima. Sigue la sentencia: «solo el honrador es honrado». Undécima. Si eres heterodoxo o escéptico, no te burles de los sentimientos religiosos de nadie. Duodécima. Y por si el supremo Hacedor ha forjado la vida como un ensayo o esbozo, ríete, de las incongruencias, contradicciones y absurdos de filósofos, políticos y poetas.» 

La felicidad es una utopía, un no lugar, por eso la pensamos en futuro, siempre como algo que se nos escapa, como la luna cuando caminamos por la noche mientras nos miramos y ella se mueve y se carcajea de nosotros porque sabe que tenemos más de mono que de ángel. 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.