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Escribir para habitar al otro

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Imagen: Meta AI

Por Luz Gabriela Balcazar Murueta

Existe una inquietud silenciosa que perturba a todo aquel que decide volcar su voz sobre el papel, la posibilidad de desvanecerse en la irrelevancia. No todos logramos quedar instalados en la mente de alguien. Ante la inmensidad de la producción humana, nos preguntamos con qué escalera o trampolín se alcanza esa cumbre íntima, cómo lograr que un poema, un ensayo o un aforismo ocupe un pequeño espacio de neurona y eche raíces permanentes.

La literatura no encuentra su inmortalidad en el reconocimiento académico ni en la perfección técnica, sino en su capacidad para actuar como una amalgama viva entre la razón y el sentimiento. Un texto solo trasciende cuando deja de ser un monólogo estético para convertirse en el pretexto de un encuentro, instaurando en el pensamiento del lector una comunidad habitada por pensadores, poetas y buscadores de sentido.

El limbo de la palabra no dicha, hay una realidad incuestionable que no podemos cubrir con velos, y es que la inmensa mayoría de las obras pasan de largo. No es que el ojo no las recorra, es que no logran entablar una conversación. Cuántos poemas, novelas y cuentos quedan suspendidos en el limbo, cristalizados en una molécula de oxígeno hasta que el peso de su propia esencia los esparce en el olvido, muchas veces cuando su progenitor ya no está para verlos brillar.

La literatura es un puente relacional a través de la escritura es, ante todo, un vehículo para vincular almas. Cuando un texto fracasa en entablar un diálogo, pierde su razón de ser. La literatura se desvirtúa si se la concibe como un altar inaccesible; carece de elitismo. Basta una sola mente curiosa, una duda revoloteando en la quietud de una persona, para que el milagro de la recepción tenga lugar.

El verdadero acto de trascendencia literaria no consiste en la conquista individual de un espacio en la memoria ajena, sino en la edificación de una comunidad interior. Cuando un pensamiento escrito logra habitar a un lector, ese pequeño espacio neuronal se convierte en una plaza pública. A medida que más escritores, filósofos, científicos o poetas aficionados se suman a ese espacio, la mente del lector se transforma en un territorio compartido donde la literatura cumple su fin supremo, dinamizar la conciencia y recordarnos que nunca pensamos ni sentimos en el aislamiento.

La trascendencia no exige un trampolín grandilocuente ni fórmulas secretas. Exige la humilde valentía de encender una pregunta en el otro, permitiendo que la figura literaria se extienda como un puente indeleble entre el pensamiento que analiza y el corazón que siente.

Luz Gabriela Balcázar Murueta. Cursó la licenciatura en Contaduría Pública en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP). Se ha desempeñado como organizadora de eventos culturales, realizadora de talleres, conferencias, cursos y líder en relaciones públicas. Ha participado en todas las ediciones de la Antología internacional de poesía Sabersinfin. Conduce y produce el programa Generando Consciencia, el cual se transmite a través de Sabersinfin.com. Es integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin.