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Desde la poesía somos resistencia humana frente a la IA

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Imagen generada con IA

Por Abel Pérez Rojas

Sabersinfin

Mi voz despersonalizada
abandona la máscara impuesta.

“Voz recuperada”
Abel Pérez Rojas.

Numerosos especialistas sostienen que el desarrollo acelerado y deficientemente regulado de la inteligencia artificial (IA) podría conducirnos hacia escenarios de riesgo extremo, incluida una amenaza para la continuidad de la humanidad.

Esta visión puede parecer alarmista; sin embargo, no procede únicamente de la ciencia ficción. En evaluaciones controladas, algunos modelos avanzados han mostrado conductas imprevistas, intentos de eludir mecanismos de supervisión o capacidades para identificar vulnerabilidades informáticas. Esto no demuestra que las máquinas posean conciencia, voluntad o instinto de conservación. Revela, no obstante, que sistemas sin conciencia pueden ocasionar daños de gran magnitud si reciben objetivos inadecuados, adquieren autonomía operativa o son utilizados por instituciones sin escrúpulos.

La rivalidad entre los gigantes informáticos por desarrollar la IA más potente, sumada a sus aplicaciones militares, financieras, políticas y comunicativas, nos conduce hacia un terreno difícil de controlar. Las legislaciones avanzan lentamente frente a tecnologías que se transforman en cuestión de meses, mientras poderosas corporaciones concentran el dinero, los datos, la infraestructura y la capacidad de cómputo.

Por ello, me parece insuficiente comparar la aparición de la IA con el surgimiento de la imprenta, la radio, la televisión, la computación o la internet. Todas esas innovaciones transformaron nuestra existencia, pero la inteligencia artificial introduce una diferencia cualitativa: no es solo una herramienta para transmitir información, sino una tecnología capaz de intervenir en procesos que considerábamos propios del pensamiento humano.

La IA generativa produce textos, imágenes, música, hipótesis, diagnósticos y soluciones informáticas; reconoce patrones y puede ejecutar cadenas de acciones al integrarse a sistemas autónomos. Sus resultados no constituyen creación consciente en el sentido humano, pero pueden ser novedosos en su forma y competir con parte de nuestra producción intelectual.

Martin Heidegger advirtió que la esencia de la técnica no se reduce a sus artefactos: es también una manera de revelar y ordenar el mundo. Cuando la naturaleza, el conocimiento y las personas se convierten en recursos disponibles, corremos el riesgo de olvidar otras formas de relacionarnos con la existencia. La IA, además de modificar lo que hacemos, también lo hace en la forma como comprendemos la realidad y nos concebimos a nosotros mismos.

Hans Jonas formuló el principio de responsabilidad para una época en la cual el poder tecnológico comenzaba a tener consecuencias planetarias. Debemos actuar, sostenía, de manera que nuestras decisiones sean compatibles con la permanencia de una vida auténticamente humana. No basta con preguntarnos si algo puede hacerse; debemos preguntarnos si debe hacerse y quién responderá por sus consecuencias.

Uno de los efectos más inmediatos será la transformación del empleo. Millones de personas podrían ver modificadas, precarizadas o desplazadas sus funciones. La IA no interviene solamente en el trabajo físico o repetitivo: alcanza tareas creativas, analíticas, jurídicas, médicas, administrativas, docentes y de programación. Aunque producirá nuevos empleos, es más factible que no sean suficientes ni accesibles. Ahora se automatizan partes de la cognición misma; por eso debemos discutir cómo se distribuirán la riqueza, el poder y los beneficios de la automatización.

Hannah Arendt distinguió entre labor, trabajo y acción. Esta última, vinculada con la libertad, la palabra y la presencia entre los otros, constituye una dimensión humana irreductible. Si el valor de una persona depende solo de su productividad, la automatización podría condenar a millones a la sensación de inutilidad. Necesitamos recuperar la convivencia, el cuidado, la participación comunitaria, la contemplación y la creación (poiesis).

Frente a este escenario, la educación no puede limitarse a preparar trabajadores para el mercado. Debe formar seres humanos capaces de conservar su autonomía intelectual, emocional y ética. Paulo Freire sostenía que educar no consiste en transferir conocimientos, sino en crear las condiciones para producirlos. Si los estudiantes reciben respuestas inmediatas de una máquina, la educación deberá enseñarles a formular preguntas profundas, contrastar fuentes, reconocer manipulaciones y construir un pensamiento crítico y propio.

Edgar Morin ha insistido en una educación capaz de enfrentar la incertidumbre y comprender la complejidad. Ya no basta con acumular información, porque las máquinas pueden procesarla a una velocidad inalcanzable. Necesitamos desarrollar criterio, imaginación, sensibilidad, responsabilidad y capacidad para relacionar saberes.

Aquí la educación permanente adquiere una dimensión decisiva. No se trata únicamente de actualizar competencias laborales, sino de conservar abierta la posibilidad de reconstruirnos durante toda la vida. Aprender permanentemente será una forma de resistencia frente a la dependencia cognitiva.

Es a la luz de estos párrafos como se entiende la pertinencia del saber infinitista, un aporte de Sabersinfin para el mundo.

Porque ante la ambición sin límites, la concentración tecnológica y la lentitud de los gobiernos, es necesario conformar la resistencia humana. No hablo de rechazar toda tecnología ni de regresar nostálgicamente al pasado. Hablo de impedir que la eficiencia —entiéndase el utilitarismo de las personas y las cosas—, se convierta en el único criterio de verdad, por ello, hay que defender el derecho a la lentitud, al silencio, a la duda y al encuentro con la otredad.

La prospectiva consiste en explorar futuros posibles para intervenir sobre ellos desde el presente. Necesitamos anticipar riesgos, construir acuerdos internacionales, establecer controles democráticos y proteger las capacidades que nos hacen seres pensantes, sensibles y dispuestos a aprender de los demás.

No me cabe la menor duda que desde la poesía somos resistencia humana.

María Zambrano encontró en la razón poética una vía de conocimiento capaz de reunir pensamiento y sensibilidad. La poesía no compite con la velocidad de las máquinas. Su fuerza reside en mostrarnos aquello que no puede reducirse a datos: el dolor, la memoria, el deseo, la compasión, el misterio y el asombro de estar vivos.

Hasta ahora, la IA puede producir versos formalmente correctos, pero no ha vivido una pérdida, no teme desaparecer, no ama ni recuerda una infancia. Puede representar esas experiencias porque ha procesado innumerables expresiones humanas, pero no las habita.

La poesía nos permite recuperar la voz propia frente a la homogeneización algorítmica, reconocer al otro como presencia y no como dato, y recordar que vivir es mucho más que procesar información.

La resistencia humana no deberá comenzar cuando las máquinas nos hayan desplazado, sino ahora, mientras todavía podemos decidir qué tecnología queremos, para qué mundo y al servicio de quién. En esa decisión se juega nuestro porvenir y, quizá, también nuestra permanencia.

Concluyo con mi poema Voz recuperada:

Mi voz extraviada intenta emerger de la bruma,
escalar el acantilado algorítmico,
abrirse paso entre manadas de brújulas
que reclaman un norte
y laberintos que reproducen el artificio
que nos vigila,
nos descifra
y se adelanta a nuestros impulsos.

La arcilla que alguna vez sostuvo mi identidad
ha cedido.
Cada fragmento cayó sobre la sombra
hasta volverse añicos casi irreconciliables
con aquel cuerpo entero
que respondía al mantra ancestral.

¿Dónde permanece el sonido de mis entrañas,
la voz hambrienta de conciencia
que desgarraba el mutismo de la materia
y abría una grieta
en la miseria geométrica que nos asfixia?

Mi voz es ahora una llama extenuada,
un temblor de luz sobre el pabilo,
una flama que busca los nutrientes rebeldes
capaces de reavivar las chispas
que iluminaban la conversación
y devolvían filiación a nuestros rostros.

Los axones se secan
como raíces abandonadas
en la mitad del desierto.
La electricidad ya no encuentra cauce
ni las barcas de papel reconocen el camino:
les falta el afluente,
la lluvia de julio,
la corriente que conducía nuestros sueños.

Aquí permanezco,
dispuesto al reencuentro,
en espera del instante preciso
en que la conciencia se rebele
contra aquello que nos aprisionó
en la fugaz caricatura del meme que somos.

Aguardo la fisura
en la muralla de la costumbre,
el quiebre secreto de la rutina,
para desmentir la invencibilidad del acero
que después de forjar nuestras cadenas,
aprendió a disfrazarlas
con los dulces encantamientos
de una libertad cautiva.

Mi voz despersonalizada
abandona la máscara impuesta.
Regresa desde el fondo de sí misma,
pronuncia su nombre,
recobra su sustancia
y asume la posesión consciente de su historia:

ya no es la voz que el artificio reproduce,
sino aquella que se elige,
se reconstruye
y avanza,
con la íntima certeza
de la victoria del yo.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta