Cuando nos sentamos frente a otra persona en una mesa, no solo intercambiamos palabras o argumentos. Ocurre una coreografía biológica silenciosa y perfecta. Nuestra especie evolucionó durante milenios mirándose a los ojos.
El tono de voz, la respiración, el gesto casi imperceptible de una comisura de labios o la calidez de un apretón de manos no son adornos. Son señales directas que le dicen a nuestro cerebro: “estás a salvo, estás con un semejante”.
Conducen: Alejandro Rivera y José Gabriel Ávila.
































