Masca la iguana
Felipe Matías Velasco tuvo una muerte chingona. Fue en la tarde-noche del primero de septiembre de 2012 en una casa de la calle Morelos, en la colonia Lázaro Cárdenas, en el centro de Tuxtepec, Oaxaca.
Ese sábado, Eréndida Armas Aguirre y yo lo visitamos en su casa, en el barrio La Piragüa sobre la avenida Independencia, y nos invitó a un evento por la tardecita.
Como estaba trabajando en sus artesanías, la visita en esa ocasión no incluyó pasar al patio, acomodarnos en las sillas de plástico y conversar. El saludo fue al pie de su puerta de madera:
—Vamos, hija. Es la exposición de las piezas de Pedro Alvizar. Sabes que estimo mucho a Pedro, fue mi alumno en la Casa de la Cultura. Vamos, aunque sea un ratito.
—Vayan ustedes, pa’, porque me siento mal de la garganta, traigo una infección. Ya sabe que a veces me da, y eso me pone muy incómoda, pero vayan ustedes y me cuentan —contestó Eréndida, quien, con gripe y todo, tuvo que ir esa noche a despedirse de Felipe.
Pasar por Felipe a su hogar era frecuente, al menos dos veces por semana, los martes y jueves, cuando hacíamos el programa de televisión “Préstame tu Recuerdo”, que comenzó siendo de radio, ya que compramos el tiempo aire para que se pudiera escuchar en la región a Felipe. No fue así con la experiencia televisiva por internet, a través de la alianza que mantuvimos por ocho años con el medio de comunicación “tvbus”, en la cual Felipe fue el personaje principal del programa durante casi dos años, hasta ese día sábado por la noche, cuando murió tras un fulminante infarto.
Acudí a la cita, pero Felipe ya me había ganado porque quería llegar más temprano, según me dijo más tarde al verlo en el interior de la casa, en el patio, en la parte de atrás, donde poco a poco se preparó el escenario de su partida.
Tras la inauguración de la exposición de Pedro, de manera natural, se dio un fandango. Felipe estaba muy contento. Pasaron los sones y comenzaron los versos con la gente que fue llegando. Felipe, ya entrada la cuenqueña tarde-noche, se animó a subirse a la tarima y compartir su poema: “La Chingada”. Los aplausos, que nunca le faltaron, alimentaron su alma y corazón, quizá por ello, tras sentarse nuevamente en la silla de plástico, ubicada a mi lado derecho, me comentó lo contento que se encontraba.
A los pocos minutos volvió a subir a la tarima para contar una anécdota sobre un hombre que pensó que el río se estaba metiendo en su casa, cuando en realidad había metido un pie en la bacinica. Felipe era un gran narrador de anécdotas, chistes y chascarrillos. Con el aplauso de los asistentes, jubiloso y radiante, al sentarse nuevamente, su corazón decidió detenerse.
Fue su jadeo lo que me hizo voltear a verlo. Sentado, con sus últimas emociones llenas de alegría, su espíritu se despedía de su experiencia corpórea, habiendo escuchado por última ocasión las notas y versos del son “El Balajú”, mismo que narraba que al nacer, en la misma casa donde siempre habitó, un 4 de junio de 1939, su madre le contó que se escuchaba en la calle por el fandango que se realizaba. Sí, Felipe Matías llegó y se fue de esta experiencia terrena con el son de El Balajú.
Entre los asistentes —que fueron apareciendo de a poco— estaba el médico Luis Fernando Canché, quien solicitó el traslado inmediato a una clínica. En la camioneta de Pedro Alvizar, y con Felipe en nuestras piernas —las del médico y las mías—, nos trasladamos a la clínica San Juan, ubicada en el barrio Abajo, casi enfrente del parque Carranza, sobre la avenida del mismo nombre, casi esquina con la calle Nicolás Bravo.
Pedro manejó lo más rápido que pudo y, durante el trayecto, sosteniéndole la cabeza, le hablaba a Felipe, diciéndole que no se fuera aún, que había pendientes por hacer con su obra literaria y otras tareas. Intenté animarlo en medio de su inconsciencia. Le hablaba a su espíritu, a su alma y a su cuerpo, pero ya estaba tomada la decisión de que esa noche volviera al origen y continuara su maravillosa evolución. El médico sabía que no había mucho por hacer y fue respetuosamente solidario.
Al llegar a la clínica y estar bajando a Felipe, sentimos cómo su cuerpo se desvaneció totalmente. Entramos al edificio y fue colocado en el área de urgencias. El poco personal médico que en ese momento había —lo supe después— atendía otro infarto en una de las habitaciones. Para cuando llegaron con Felipe, habían pasado muchos minutos.
Comenzamos a informar de su deceso. Empecé con Eréndida, luego con Mati, su hermana; le hablé a Roger Merlín, a Toño Márquez del diario Noticias, que estaba cerrando edición, casi a punto de comenzar la impresión del diario; también a Santiago Méndez y no recuerdo a quiénes más.
Después supe que, durante esos minutos, en el hogar de Felipe, sus perros aullaban lastimeramente.
Más tarde, al ser trasladado a la funeraria, solicité al responsable de su embalsamamiento, el Lic. Hugo Trápaga, que me permitiera estar presente mientras lo preparaba. “¿Sufrió?”, le pregunté tras unos minutos ante la presencia del templo que ocupó su espíritu. “No, fue un infarto fulminante, no sufrió”, me dijo Hugo.
La llamada de Eréndida informándome que no podían acceder a la casa de Felipe porque los perros estaban muy nerviosos hizo que dejara el cuerpo en la funeraria de la calle Libertad, esquina con Arteaga, para trasladarme al domicilio.
Dada la convivencia de los últimos años, varios de los perros menos enfermos nos conocían, los mismos que salían al patio mientras platicábamos con Felipe. Con esa idea y con el permiso solicitado a Felipe desde su nueva experiencia etérea, poco a poco pudimos entrar a su hogar, hablándoles a los perros, quienes, aunque no dejaron de ladrar un buen rato, nos permitieron entrar.
Hay mucho que contar de lo que sucedió esa noche. Muchas visiones de quienes estuvieron presentes, emociones de todo tipo. “Coincidencias” que a Eréndida y a mí nos hacían pensar que Felipe ya estaba preparando su partida.
Los gestos de amor de quienes fueron amados por Felipe se concentraron en su velorio y en su entierro. Dicen que fue impresionante la cantidad de manifestaciones de agradecimiento.
La misa de cuerpo presente se llevó a cabo en la iglesia de La Piragüa, a donde él acudía. Fue una llamada que realicé al obispo lo que convenció al cura responsable en ese tiempo de la capilla para que aceptara oficiar la misa. Personajes vinculados a la administración de ese momento, la de José Manuel Barrera, rogaban a Mati Matías que permitieran llevar el cuerpo al palacio municipal para un homenaje de cuerpo presente, pero ella sabía lo mal que había tratado esa administración a Felipe, ignorándolo en su solicitud.
Mati entonces nos preguntó nuestra opinión, y le compartimos los deseos que Felipe nos transmitió para cuando él muriera. Fue así que no se le llevó a la casa de los políticos, sino al parque Hidalgo, donde el pueblo le hizo su homenaje, y sí, no faltaron los políticos mustios que hicieron guardia y se tomaron la foto.
Al día siguiente, el cortejo partió con el ataúd en hombros por la avenida Independencia, tomó la calle Hidalgo, dobló en 5 de Mayo, pasó frente al palacio municipal, dobló en Guerrero, pasó frente al antiguo y demolido templo católico y el terreno donde ahora está el Museo Casa Verde —donde hay una sala dedicada a él—, dobló sobre Libertad y, finalmente, al llegar a Galeana, el féretro fue depositado en la entrada del cementerio. Inmerecidamente, y siendo un honor, la familia me pidió que dirigiera unas palabras. De eso les estoy contando a los jóvenes adolescentes que están participando en los Conversatorios “Policromías de Felipe Matías Velasco”, alumnos de Eréndida en el COBAO.
Conocí, respeté y aprendí a amar a Felipe Matías Velasco en los últimos cuatro años de su vida, tiempo en el cual tuve la dicha de tratarlo. Lo encontré viejo, enfermo, cansado, profundamente reflexivo y con una claridad mental y emocional vasta para poder vislumbrar la trascendencia de sus hechos y sus repercusiones.
Con amor y contundencia le indicó a Eréndida, a quien trató como a una hija, sus deseos para cuando él faltara físicamente. A mí me regaló un tesoro inmenso: una mirada amorosa de Tuxtepec y la cuenca, contada en parte en un patio oloroso a miados de perro y gato que disfrazaba el dulce aroma de la entrega de su corazón a pedazos, hasta que se le acabó la noche del primero de septiembre de 2012 y decidió convertirse en polvo para irse regando por su barrio, escapando del ataúd, como hoy escapa del olvido su nombre y su legado.
Hoy Tuxtepec necesita saber de la obra, del sentir, del actuar de Felipe para ayudarnos, en lo personal y en lo colectivo, a llegar de forma digna y distinta al primer siglo de vida de la ciudad, en 2028, como lo platicamos con él y le emocionaba, aunque nos decía que ya no lo vería.
La valía de un hombre de talla universal está a flor de piel porque viven miles que lo conocieron, pero el tiempo pasará y hay que sembrar su obra y legado en las nuevas generaciones, que tienen el derecho de conocerlo para así, amar más estas tierras tropicales, paraíso del padre río Papaloapan, lugar chingón de nuestro hermoso país, como hermosa fue la vida de Felipe y chingona fue su muerte.
La iguana, que conoció a profundidad a Felipe Matías Velasco, llora, sonríe y me abraza.
Luis Fernando Paredes Porras / Masca la Iguana






























