Por Salvador Calva Morales
Qué placer el de ayer…
toda una maravilla.
A estas horas aún tiembla mi cuerpo,
no por falta de aire dulce,
curvilíneo,
sino por tus besos,
tan profundos en mi huerto.
Justo al borde del goce más completo
me dejaste sin aliento
y sin mi mundo.
¿No te ocurre también, amor, en esos instantes
cuando me miras,
con los ojos en blanco,
la espalda en vuelo,
y yo, temblando,
mientras tú suspiras?
Aprieto tus collados, me acerco al cielo,
tus gemidos se enredan con mi nombre
y el deseo se hace carne.
Me haces tuyo.
Tus palabras, obscenas y sagradas,
brotan del alma como lava ardiente.
Me queman, me invocan, me haces nada
y todo a la vez, mujer inclemente.
Dicha que el Creador nos ha brindado:
este pacto de piel tan bien sellado.
Tú, con tus cincuenta y tantos, tan divina;
yo, con ochenta y uno, aún encendido.
¿Será tu embrujo, tu pócima, tu rutina,
lo que a mi virilidad deja vencido?
No lo comprendo, solo sé que muero
por entrar en tu profundo abismo.
Demos gracias al cielo y su locura
por permitirnos pecar sin castigo,
que el tiempo se detenga en esta altura,
que el goce me sorprenda siempre contigo.
Si hay un infierno, quiero merecerlo,
si es contigo el placer de renacerlo.
Y mientras vida nos preste el destino,
sigamos en la piel curtiendo rezos,
invocando en tu vientre mi camino
y elevando plegarias con los besos.
Que si amar así es un pecado…
que Dios nos vea
y nos deje morir colmados.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























