Por Salvador Calva Morales
No hay reloj que mida este instante,
ni aguja que atrape su dimensión.
Morante al ruedo, alma vibrante,
El Juli en sombra, pura emoción.
Palabra y eco, sin decir nada,
hablan del arte, del temple, del honor.
Y entre el silencio y la mirada,
el toreo se hace carne y fervor.
Frente al misterio, dos figuras:
uno da toros que nacen del alma,
el otro torea con dulces locuras
y canta con sangre que nunca se calma.
El Puerto fue templo esa tarde encendida,
testigo del duelo que el alma percibe.
No hubo palabras, pero hubo vida,
y un aire sagrado que aún sobrevive.
El toro vencido… o quizás latente,
ya no importaba quién cayó primero.
Pesaba el respeto, lo puro, el presente,
la historia bordada por el torero.
El Juli, con raza, brindó la bravura;
Morante, inspirado, dibujó lo eterno.
Y al mirarse, surgió la ternura
que entiende el que ha cruzado el infierno.
La plaza calló, se detuvo el viento,
y el arte fue rito, fue llama encendida.
Una foto inmortalizó el momento
que el alma comprende… pero no la vida.
Aquí hubo toros, susurra la arena;
aquí hubo verdad, pasión y valor.
Dos hombres se hablaron sin pena…
y el toreo entendió su mudo clamor.
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