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En memoria de Francisco Sosa Ruiz, «Para no herir la prisa»

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Por: BrendaCarol Morales

Otra vez, en tan poco tiempo, escribo con la intención de hacer un homenaje póstumo. Hace unos días, Juan Antonio Canel, escritor guatemalteco, me informó del deceso de Francisco Sosa Ruiz, poeta originario de Huehuetenango, Guatemala. A Francisco lo conocí hace ya varias décadas y, quien me lo presentó fue, precisamente, Juan Antonio. Aunque hacía años nos habíamos distanciado, su muerte me hizo recordar algunas veladas poéticas en las que participé por invitación suya. Así que quise, en este espacio, recordarlo y llevar a los lectores un análisis de su poesía para recordarlo como lo que era, un poeta.

Francisco nació en 1952. Tuvo varias profesiones: perito contador, técnico universitario en silvicultura y manejo de bosques, profesor de enseñanza media en Pedagogía y Ciencias de la Educación, periodista, antólogo, dibujante, fotógrafo, diplomado en Alquimia y, sobre todo, poeta. Fue miembro fundador del grupo literario Ahuehuetl y de la Casa del Ahuehuetl, con proyección literaria y cultural. Entre sus libros se cuentan: Cuando el tiempo calce floripondios, Para fundar la brisa, Doña Ene, Sombras sin rostro, Adán al revés, Cantos de piel al otro lado del alma, Para recobrar el júbilo.

A continuación, reproduzco para analizar dos de los poemas de una serie titulada Para no herir la prisa.

Para no herir la prisa,

Francisco Sosa Ruiz

I
Efímeramente no todo envejece
Aun cuando la sonrisa
Amanezca sin ganas de esplender
Desde las comisuras o silencios
Ni todo tiene su postrer adiós
Bogando en las cenizas de los cirios
Cada vez que la sombra redondea su curso
Para llenar los vacios del poema

II
Alguien olisquea el verano
Con la misma precisión de los ensueños
Que abaten su curso floral y vocinglero
En las líneas de la tarde
Son trémulas acciones lloviznadas
Desde los mismos piracantos y jazmines
Otro que llega roza su prestancia
Delineando sus espejos de obsidiana
Su corbata mariposearía o su soplo azul
Arrugados por olvidos y pasiones.

Empecemos con la forma en que fueron construidos los poemas y su relación con el título. Los versos se extienden y en algunos casos hay encabalgamientos que obligan a leer despacio. Estos encabalgamientos no son abruptos ni buscan sorpresas o quiebres. Al contrario, se da un deslizamiento que provoca una lectura sin sobresaltos.

En el caso de las oraciones, no se puede notar fácilmente cuando inician o acaban. Con esto, el lector puede sentir un fluir como el del pensamiento, pues se reproduce una experiencia mental más que lógica.  La sintaxis es envolvente, no directa. Asimismo, muchos de los verbos son sensoriales, no de acción. Por otro lado, no hay métrica clásica ni rima fija. El ritmo nace de aliteraciones suaves (sombra / silencios / sonrisa), repeticiones vocálicas y cadencias semánticas. En general, nos lleva a leer despacio el poema y a vivirlo sin prisas. No se hiere la prisa, se paladea con calma.

En el primer poema se reflexiona sobre el tiempo y la permanencia, sin caer en nostalgia. Desde el primer verso se crea una tensión aparentemente contradictoria. Según la lógica habitual, lo efímero muere rápido. Sin embargo, el poema sugiere que no todo lo efímero se deteriora. Es decir, que lo vivido intensamente no mengua, sino que la experiencia se transforma.

En los siguientes versos, la sonrisa que en otros contextos puede significar movimiento y alegría —sonreír puede atribuirse a una celebración o gozo—, aquí aparece sin brillo, sin apenas ganas de ser. Desde lo corporal, aparece como un gesto que apenas se escurre desde las comisuras y, emocionalmente, desde el silencio. Surge otra aparente contradicción: un tradicional símbolo de alegría puede surgir desganado desde el silencio de la soledad.

Mas, así como la vida parece perder su brillo esperado en una sonrisa, tampoco todo adiós significa olvido.  Muchas despedidas quedan por allí, entre las cenizas de lo que fue. En el poema, no se llora la llama, se contemplan las cenizas.

La sombra representa el tiempo visible y redondear sugiere el cierre del ciclo natural. Este «llena» lo que quedó sin ser o hacer, los vacíos de algo que apenas fue. La imagen del poema como espacio que se llena de vacíos es clave: la sombra «redondea su curso» para completar lo que falta. Reitera: no todo lo que en términos de tiempo se considera efímero, es igual de breve en la persona. Hay recuerdos que persisten, hay historias que no finalizan, aunque hayan terminado. Se completan sin herir la prisa cada vez que vuelven a la memoria.

El segundo poema es más sensorial y exterior. Inicia con el olfato, un sentido ligado a la memoria y al deseo. Así, el verano no es solo una estación sino un estado emocional que es a la vez, floral, ruidoso, vibrante. El verano se transforma en una percepción entre la realidad objetiva y la interpretación subjetiva.  Hay una mezcla de señales sensoriales que se producen en ese estado entre la vigilia y el sueño.

Los siguientes versos sugieren una escena de vulnerabilidad, belleza pasajera y contemplación casi nostálgica. En el estado de somnolencia contemplativa, se observa la acción de la llovizna o del rocío que mueve las hojas y los pétalos de los piracantos y jazmines. Recurrir a estas plantas tiene también su simbología. Por un lado, los piracantos simbolizan resistencia, espinas, protección, mientras que los jazmines, fragilidad, erotismo, memoria nocturna. Se unen —en una contemplación serena—, el deseo y la entereza, lo frágil y lo resistente. No parecen pelear, reciben por igual la acción de la lluvia que los mueve con suavidad.

El otro que llega no es personaje sino acontecimiento. Así como el primero es contemplativo, este irrumpe. La obsidiana sugiere reflejo oscuro, profundidad, algo que no devuelve la imagen limpia sino cargada de misterio. De esa manera, aunque puede verse, lo hace desde la ambigüedad. Esta se trasluce en la corbata y el mariposeo. Por un lado, la corbata representa norma o estructura, en tanto que mariposear significa libertad, deseo. Hay una tensión entre lo social y lo individual.  El final representa la acumulación de vida. Ha sido transformado tanto por lo que ha sentido con fuerza (pasiones) como por lo que ha perdido en el camino (olvidos). Es la imagen de una existencia que ha dejado de ser plana para volverse profunda, accidentada y real.

La relación entre ambos poemas es orgánica y complementaria. El Poema I es interior, reflexivo y casi filosófico pues habla del tiempo, del desgaste y de cómo se intenta con la escritura, llenar vacíos. El Poema II es exterior y sensorial: nos muestra aquello que llena esos vacíos, llámense experiencias, encuentros, cuerpos, emociones. Ambos trabajan lo efímero, pero desde ángulos distintos. Uno lo hace desde la conciencia de la pérdida y el otro, desde la vivencia intensa que inevitablemente se perderá.

Ambos cumplen su misión de no herir la prisa. Yo, de esta manera, redondeo el curso del tiempo en que conocí a Francisco Sosa y le digo adiós. Descanse en paz.

BrendaCarol Morales Escritora y académica guatemalteca. Forma parte del equipo de analistas de Poesía Lunar de SabersinFin. Además, es asociada activa de PEN Guatemala, curriculista, catedrática de EFPEM, USAC y exbecaria de la Real Academia Española de la Lengua.