Por: BrendaCarol Morales
Abril ya casi concluye y, desde que inició el mes, por lo menos en Guatemala, ha habido calor, lluvia, viento… Todo parece un caos. Lo que antes parecía estable hoy ya no encaja. El verano, las relaciones y, en general, nuestra forma de percibir el mundo, ya no son lo que solían ser ni como los percibíamos. Algo similar ocurre en la literatura. Podemos darnos cuenta de los cambios que se han ido dando en la manera de expresarnos estéticamente.
Al inicio del siglo XX, los poetas se consideraban a sí mismos como reorganizadores del mundo, por medio, obviamente, de la palabra. Así, veíamos cómo tenían un impulso creador y transformaban las expresiones, tiraban a un lado la sintaxis, dejaban fuera la rima consonante, la métrica, entre otros. En este siglo, la poesía ya no busca únicamente experimentar con la forma ni ofrecer respuestas cerradas. Al contrario, el poeta muchas veces se presenta a sí mismo como un ser en crisis y vulnerable, que trata de encontrar una respuesta no preconcebida. Pareciera, en ocasiones, que la poesía parte de experiencias personales que, sin embargo, resuenan colectivamente. Aún así, o quizá por esa humanización y personalización de las crisis, estas experiencias hacen eco en otros.
Desde estas reflexiones, uno de los poemas de la VI Antología Internacional de Poesía Sabersinfin, llamó muchísimo mi atención. Hoy lo traigo a este espacio, confiando en que encontrarán también ustedes la riqueza de un poema tan potente. Se trata del poema Este año Dios, de María Dolores Pliego Domínguez.
María Dolores Pliego es originaria de Toluca, México. Es licenciada en Letras Latinoamericanas, cuenta con una maestría en Educación y Docencia y es candidata a doctora en Educación. Ha sido reconocida con diversos premios. Es autora de los poemarios De Lesbia a Catulo y La escoba de Goliat. Es profesora en el Centro Universitario UAEM Amecameca y asesora metodológica del Bachillerato General, en la zona Oriente.
¡Qué lo disfruten!
Este año Dios: análisis y significado
María Dolores Pliego Domínguez
Se le han caído los días.
Los meses son más largos.
Los relojes
no suman horas.
Tic-tac,
pasó de largo
la primavera.
Tic- tac.
la madurez
de mayo se ha ido.
Afuera,
una hoz desorientada
confunde marzo con otoño,
noviembre con diciembre;
hijuelos con madroños.
Desde entonces,
la lluvia, la sal
el incienso, las cempaxúchitl
no paran desde enero.
Y en los camposantos
sin flores, sin cirios
ni pulmones
los cuerpos se vuelven polvo,
Y los espíritus
esperan a que Dios
encuentre nuevamente
La agenda de los días.
Interpretación del poema desde su forma
Para empezar, el poema está escrito en versos libres. Los versos son breves y fragmentados. Asimismo, las estrofas no siguen una estructura fija sino que tienen distinta extensión. Cabe hacer una comparación. Para los autores de principios del siglo XX, escribir versos libres significó una manera de romper con reglas establecidas como gesto de rebeldía estética, lo cual seguía una lógica de confianza en sí mismos para crear algo mejor. Sin embargo, desde finales del siglo XX y en este lapso del siglo XXI, aunque los poetas recurren al verso libre, la extensión de las estrofas y su disposición dan cuenta de una nueva forma de percibir la realidad. Ya no se trata de una elección estética sino de una necesidad expresiva para explicar un mundo interior y exterior que se avizoran destrozados y en crisis.
En el poema, los versos breves y fragmentados, así como la extensión diversa de las estrofas, generan una sensación de quiebre y entrecortamiento. Se da una impresión de desorden rítmico y temporal. De esa manera, la forma reproduce el caos del tiempo que plantea el poema. Por otro lado, hay encabalgamientos suaves en algunos versos, a la vez que la puntuación (comas, puntos, cortes de versos) establece pausas fuertes que refuerzan la dispersión de la lectura y la idea de interrupción del flujo del tiempo.
Un mundo sin orden: significado del poema
En la primera estrofa aparece una metáfora categórica. «Se le han caído los días» crea la imagen de un dios torpe, que perdió el control del tiempo y, por ende, de la vida y el mundo. Desde el inicio, se esboza un mundo en problemas que ya no brinda lo que se esperaba.
Los siguientes versos introducen la idea de que el tiempo y cómo se percibe, han cambiado: todo parece alargarse en una especie de limbo sin fin y, aunque se vea que los relojes continúan su marcha, no avanzan porque ya no cumplen su función habitual. Ocurre una desarticulación del tiempo natural y humano. Esto podría interpretarse como un conflicto colectivo o una experiencia de tiempo suspendido general, por ejemplo, como sucedió durante la pandemia.
Las siguientes estrofas inician con una anáfora que evoca el sonido de un reloj mecánico. El tic tac representa el «caminar» del tiempo. Sin embargo, en el contexto de las estrofas, es un tiempo que está fallando porque no sigue la lógica esperada. Hay una cierta ironía en esto: el reloj funciona porque su característico sonido lo evidencia. Sin embargo, las situaciones, la vida, el mundo como lo hemos conocido, ya no avanza con sentido.
Después, la estrofa más extensa, dedicada a enumerar sucesos que advierten sobre el caos, inicia con un revelador adverbio: «afuera». Es decir, la lentitud o la aceleración en el tiempo se viven desde dentro, ya sea en el interior de la persona o de una casa. No obstante, el trastorno de los tiempos también se da en el exterior, tal como lo va enumerando el poema. Sin embargo, señalarlo crea una sensación de estar en «cámara lenta».
Una sensación muy real cuando se rompe la rutina y el cerebro sale del «piloto automático». Esto produce un efecto que la psicología describe como una intensificación de la memoria del instante (marcadores de tiempo o time stamps). Ante eventos extraordinarios o fuera de lo común, el cerebro registra muchos más detalles, sonidos, emociones y pensamientos. Esto hace que requiera más atención y energía para registrar cada evento nuevo. Así, la percepción subjetiva del tiempo se dilata.
Al regresar al poema, afuera se ve una «hoz desorientada». Esta puede simbolizar el ciclo agrícola que está sufriendo con la confusión de los tiempos. También puede referirse a la muerte, como segadora de vidas. Un marcador de tiempo aparece cuando, sin cambiar de estrofa, el poema desplaza la mirada: la lluvia como llanto continuo, la sal que puede formar parte de las lágrimas o ser un medio para evitar la descomposición, el incienso con su aroma y su conexión con lo ritual y las flores amarillas de las cempaxúchitl (o cempasúchil), propias de los rituales de muertos en Mesoamérica. Todos estos elementos, en conjunto, construyen un sentido de duelo. Sin embargo, la lógica de estos ritos tan propios, por ejemplo, del Día de los Muertos, se ha trastocado para hacerse un rito permanente e insostenible que no «para desde enero».
Pese a ese marcador, aparece otro más trágico. Todos esos rituales de duelo que saturan, no se evidencian en su sitio lógico: los camposantos. Aunque el poema no lo indica con precisión, el hecho de que los rituales de duelo no se den en los cementerios, además de que se hace alusión a «sin pulmones», sugiere una causa de muerte ligada a la respiración. Puede ser una alusión a la situación vivida por el COVID-19. En esa época hubo muertes masivas y no había espacio para rituales funerarios adecuados. El duelo se manifestaba fuera de los espacios habituales, mientras las personas buscaban resguardarse, lo cual no implicaba que se sintieran seguras ni permanecieran ajenas al dolor.
En la última parte de la estrofa aparece otro marcador de tiempo de ese cerebro en modo alerta. Hay una necesidad espiritual. Los seres aunque alejados materialmente, se conectan profundamente. No desde la religión, no desde la moral, sino desde su ser más íntimo y profundo. Buscan, esperan que, finalmente, ese dios torpe que perdió los días, por fin encuentre nuevamente su agenda y se recupere el orden. En un sentido cíclico, el poema regresa a Dios, no el omnipotente creador y sabio hacedor que enseñaban en los cursos de religión. Más bien, se concibe como desorganizado, desbordado, la última esperanza para recuperar el orden.
El poema, un ejemplo idóneo de la literatura de este siglo XXI. No ofrece respuestas ni formula reclamos explícitos. A lo mejor Dios se reivindica… o no. Ante la muerte sin sentido, a la falta de lógica en los tiempos, solo queda esperar que exista y atienda aquello que, por tradición, le correspondía.

BrendaCarol Morales
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.




























