– La caverna de los espejos: La aventura de la ciencia 1 –
Por: Alejandro Rivera Domínguez
Las primeras observaciones astronómicas en Puebla de los Ángeles, fueron conocidas indirectamente por una publicación de la Academié des Sciences de Paris, publicada por el cosmógrafo Delisle en 1720, justo cuando la Enciclopedia francesa comenzaba a descollar. En el artículo se afirma que:
[…] Las observaciones del eclipse de Luna del 23 de septiembre de 1577; este eclipse fue observado en Nueva España, en Los Ángeles (Puebla) y en la Veracruz, puerto de la misma ciudad. El mismo (eclipse) fue observado por Tycho en Uraninburg (Dinamarca) y otros hábiles matemáticos lo observaron también en diferentes ciudades de España con toda la exactitud de que ellos eran capaces, porque se esperaba ponerse en estado por este medio de determinar las diferencias entre los castellanos y portugueses sobre las islas Molucas…
Citado por MG López Molina y MA Moreno Corral. Elementos No. 5
La división entre España y Portugal obedecía al Tratado de Tordesillas acordado entre el Papa y los reyes españoles y Lusitanos. Hecho que supone la aceptación de una Tierra esférica.
Mediaba el siglo xvii entre ceras, aires conventuales y atardeceres inconmensurables. Bajo el dosel de los azules poblanos, el matemático Alejandro Fabián, integró un pequeño grupo de estudiosos en torno a la Matemática y otras ideas de la naciente ciencia. Fabián mantuvo, junto con otros sabios novohispanos, copiosa correspondencia con el formidable jesuita Athanasius Kircher, al punto que el sabio alemán dedicó su obra Magneticum Naturae Regnum a Fabián, llamándolo ínclito y eximio varón, nativo del Nuevo Mundo.
Por cierto, algunos historiadores de la Ciencia en México, han propuesto que Athanasius Kircher envió el primer anteojo astronómico al notable pensador don Carlos de Sigüenza y Góngora, alumno durante algún tiempo del Colegio del Espíritu Santo de la Puebla de los Ángeles, del cual fue expulsado por causas desconocidas.
La catedral de Puebla, se consagraba en 1649, aunque faltaba la torre sur terminada hasta 1768, la torre norte fue terminada al final del siglo. Desde su planeación, las torres tenían el marco para sendos relojes mecánicos. Solo se logró instalar el correspondiente a la torre norte hasta 1701. Aquel reloj, actualmente no funciona, pero deja ver la maestría mecánica de los forjadores de hierro que lo fabricaron en Inglaterra. El mecanismo, desarrollado a partir de diseños ingleses fue armado e instalado en la propia catedral con complejos mecanismos de cuerdas, polea y péndulo. Según crónicas de la época, el reloj no era muy confiable pero era regulado mediante cuadrantes solares que podían leerse desde la torre. La elaboración de los cuadrantes, se basó en un magnífico libro titulado Libro de Reloges Solares escrito por Pedro Roiz en 1575 y algunos otros de Sacrobosco y Clavius, que eran parte de la biblioteca del Colegio del Espíritu Santo. Para elaborar estos cuadrantes, era necesario calcular la latitud del lugar mediante la observación de la estrella polar, o una brújula. Lo cual, en efecto, tuvo lugar en el techo de una de las naves laterales de la enorme iglesia según mediciones directas.
El matemático y astrónomo Cristóbal de Guadalajara, hacia 1697 recibió la visita del viajero italiano Francesco Gemelli Careri, y asombrado escribe en su magna obra El Giro del Mondo, donde cita al matemático Cristóbal de Guadalajara y sus notables “instrumentos matemáticos y astronómicos” con los cuales, don Cristóbal realizaba observaciones y mediciones.
Desde mucho antes, al comenzar el siglo xvii, con la ciudad de Puebla en pleno crecimiento, se produjeron algunos casos de lectores denunciados a la Inquisición, estos apasionados del saber, estudiaban obras incluidas en el Índice. Un caso ocurrió en 1613, al ser denunciado el dominico fray Pedro Mártir, por enseñar cosas de astrología a otros religiosos de la Orden.
El hermano Pedro Mártir y los otros religiosos, fueron amonestados y advertidos que en lo sucesivo, no aplicaran las torcidas enseñanzas so pena de ser castigados severamente.
El incidente es revelador en cuanto permite seguir la ruta del comercio de libros y compradores, quienes no eran remilgosos a lo hora de hacerse con una lectura prohibida por la Iglesia; estos sabios solían reunirse en grupos muy selectos y dedicarse al estudio de muchas obras que circulaban libremente por la Nueva España, sin importar mucho las prohibiciones de la Iglesia.
A lomo entre dos siglos, brilló un gran sabio astrónomo, don Juan Antonio de Mendoza y Gonzáles, sacerdote secular y profesor de matemáticas y astronomía. Vivió en la ciudad al comenzar el siglo xviii hasta 1728. En Puebla de los Ángeles, realizó tareas de observación muy importantes con aparatos de medición incluso un anteojo astronómico. Estas actividades le abrieron las puertas para publicar tablas astronómicas y efemérides, reunidas estas observaciones en un libro titulado “Urania Americana Septentrional”. El almanaque reunía lunario, eclipses, calendario eclesiástico. Una obra maestra de cálculo, uso de los calendarios y observación cuidados de la bóveda celeste.
Los cometas que de siempre, despertaron inquietudes y profundos temores en el imaginario social, fueron tratados con inusitada percepción científica. Los sabios novohispanos debatieron con los europeos y alzaron el palmarés de un sonado triunfo sobre los resabios de la ciencia medieval. Aun resonaba la agria polémica entre el padre Eusebio Kino y don Carlos de Sigüenza y Góngora, sobre la naturaleza de los cometas. La magistral obra de don Carlos, Libra Astronómica y Filosófica, había permeado las mejores mentes de Nueva España, con la consecuencia que en América la ciencia astronómica avanzara y aun superara la europea. En la Puebla de Los Ángeles, el padre Juan Antonio de Mendoza y Gonzáles, dedicaba sus afanes a la observación, cálculo y escribir obras avanzadas como la Noticia y explicación del cometa aparecido al Oeste de México. La aparición del cometa en el año 1722, puso a prueba las dotes del padre Juan Antonio en virtud que el cometa apenas era visible en condiciones óptimas y solo era posible seguir su trayectoria mediante un telescopio, instrumento muy raro en Nueva España. La nota publicada en La Gaceta de México dice: […] “azia la parte del oriente (observó el cometa) mas tan superior al Sol que no se dejará ver en la Tierra con la simple vista…” Finalmente, hay muchos más problemas de la naciente ciencia, abordados por sabios novohispanos y ocultos entre los pasadizos de la historia, los cuales aparecerán paulatinamente en esta colección. Caminaremos una senda de sorpresas que fertilizarán terreno de la historia de la ciencia apenas conocido.
Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.





























