Inicio Artículos Artículos de Educación La Casa del Lenguaje en Ruinas: Decirlo todo y no decir nada

La Casa del Lenguaje en Ruinas: Decirlo todo y no decir nada

2451
Imagen de wal_172619 en Pixabay

Por Beatriz Acuña G.

            La lengua es una visión del mundo
                Octavio Paz

Quienes apreciamos, valoramos y reconocemos la importancia del lenguaje como medio de comunicación por excelencia, nos sentimos cada día más frustrados y decepcionados por el empobrecimiento de nuestra lengua el español.
Lo que sorprende —y en no pocos casos desconcierta— a quienes aún nos sentimos responsables de nuestro idioma materno es la naturalidad con la que se ha instalado la indiferencia frente a la forma de hablar y el desdén por preservar un español cuidado, preciso y expresivo.
No se trata de una nostalgia académica ni de una defensa purista, sino de la constatación de una pereza lingüística cada vez más generalizada, que se disfraza de modernidad, eficacia o pragmatismo.

Y no me refiero a la incorporación de anglicismos, que hay que decir es parte de la evolución natural de la lengua para mantenerse viva, que se ajusta y absorbe lo necesario para nutrirse; ni al uso de términos que la tecnología y las innovaciones imponen cuando no existe traducción y para facilitar los procesos de adaptación y difusión, como en el caso de Tablet, postear, googlear, chatear, back-pack, lap top, e-book, up-grade, esnorkelaer, y muchos otros. Contra eso poco se puede argumentar si se acepta el principio que se basa en buscar la economía del lenguaje.

Me refiero por un lado a faltas que no tienen justificación, decir aperturar una cuenta de banco, en lugar de abrir; inicializar el sistema en vez de iniciar, finalización del proceso, entre otros. Usar verbos incorrectos: aguardar por guardar, decir otorgar el saludo como si fuera algo honorífico, más sin en cambio una muletilla mal hecha redundante y pleonástica, y otros vicios que se usan como anclas entre grupos de cierta edad o segmento, como el uso del término literal aplicado a situaciones cotidianas: “literal güey, la fila era de tres horas”. Es indiscutible que uno de los signos de conocimiento del idioma es el uso correcto de las preposiciones. Generalmente esto delata inmediatamente aprender un idioma diferente al materno: respetar A las leyes; atacar A la soberanía, AL interior del edificio; estaremos PARA una semana; en base DE lo expuesto, etc.

Quizá el vicio más difundido y recurrente que hoy lo vemos en todas partes, en todos niveles, en todos los ámbitos, entre todo tipo de gente, es eso que Borges consideraba una costumbre de párvulos de cuarto de primaria para sentirse adultos maduros: el uso de groserías y “malas palabras”. Desgraciadamente en la actualidad pretender mostrar no sé exactamente qué cosa y da lo mismo estar frente a un público, en la tele, la radio, en mesas de análisis, entrevistas, debates, en un pod-cast, que, en la sala de la casa, en un café con amigos o en la cantina con los cuates. Lo que importa son las ideas sesudas, originales y valientes que si se aderezan con groserías y vulgaridades saben más sabrosas. Y así resulta lo más natural rebajar el idioma a una retahíla de majaderías para exponer una idea, describir, destacar, etc., aquello para lo que el vocabulario del sujeto no alcanza.

Confieso que sorprenden algunas medidas de la REA, si consideramos que entre sus objetivos está «cuidar igualmente de que esta evolución conserve el genio propio de la lengua, tal como este ha ido consolidándose con el correr de los siglos, así como de establecer y difundir los criterios de propiedad y corrección, (el acento es mío) y de contribuir a su esplendor.” Desaparecer la ch, y la doble ll, me parece un despropósito, o bien, “mandar al cementerio” el acento escrito en ciertas palabras ¡qué podemos decir!: descansen en paz. Pero ¿qué se puede pensar de la introducción de “excepciones” a la regla del participio activo que indica la capacidad o acción que expresa el verbo y que se construyen terminando en “ente”: oyente, cantante, vigilante, estudiante, manifestante, etc.?

Hoy gracias a esas excepciones y una nueva definición de “género” [ En el Diccionario de la RAE vigésimo segunda edición, 2001 Editorial Espasa, que tengo en mis manos, se lee: “Conjunto de seres que tienen uno o varios caracteres comunes. Clase o tipo al que pertenecen personas o cosas. En Biología: Taxón que agrupa a especies que comparten ciertos caracteres. Y señalaba tres géneros: femenino, masculino y neutro.

El diccionario de la RAE hoy en su versión en línea, en su tercera acepción dice: “Grupo al que pertenecen los seres humanos de cada sexo, entendido este desde un punto de vista sociocultural en lugar de exclusivamente biológico.] se puede decir “presidenta”, pero también “sirvienta”, “clienta”, “ayudanta”, pero no así, gobernante, inteligente, coherente, complaciente, obediente, saliente, sonriente y todos los anotados antes.

Sin duda esto se debe a presiones, consignas o corrientes que surgen desde los organismos dominantes nacionales e internacionales decididos a remediar las injusticias y que premian a aquellos agentes que aplican políticas con criterios a favor, ya no de la “igualdad” entre hombres y mujeres, cuestión muy legítima y justa, sino para demostrar la indiscutible, generalizada y obligada preeminencia del género femenino, entendido cultural y no sólo biológicamente, es decir, se incluye la indeterminada variedad de “géneros” según la cultura de que se trate. Y una condición indispensable para lograr sus propósitos es el uso de un lenguaje incluyente.

Fuera de las formas anteriores reguladas por la gramática y la sintaxis, el habla común dicta otras pautas y exhibe otro tipo de vicios. Uno de los síntomas más reveladores de este empobrecimiento es el uso tiránico, casi maniático de la palabra tema, convertida en un comodín que lo sustituye todo. Allí donde antes había asuntos, cuestiones, problemas, argumentos, casos, materias, objeciones, capítulos, tramas, incidentes, aspectos, hoy reina una única palabra, vaga pero omnipresente. Su uso indiscriminado no solo desplaza términos más precisos, sino que borra las diferencias entre realidades que no son equivalentes y que exigirían ser nombradas con mayor cuidado.

La palabra tema domina el discurso público con una eficacia inquietante: aparece en noticieros, entrevistas, reportajes, discursos oficiales, conversaciones cotidianas, consultas profesionales y hasta en los intercambios más triviales. Recuerdo haber escuchado a un reportero repetirla ocho veces en apenas cinco minutos, como si el idioma se hubiera reducido a un repertorio mínimo que evita pensar mientras simula explicar. Los sinónimos se descartan no porque falten, sino porque exigen primero un vocabulario de cierta amplitud, una decisión, incluso una toma de postura, una mínima reflexión sobre lo que realmente se quiere decir.

Desde que alguien descubrió que tema otorgaba una vaga aura de autoridad —que suena, experta, erudita, distante y abarcadora— la palabra se convirtió en el refugio ideal de la imprecisión. Sirve para decirlo todo y, al mismo tiempo, para no decir nada. Cubre lo que se ignora, lo que no se quiere precisar y lo que conviene dejar en penumbra. Así, una asesora de seguros afirma sin titubeos que “no hay tema” para designar beneficiarios; un pintor pospone un trabajo diciendo que “no hay tema” mañana lo hacemos; frente a la falla de un servicio se dice “tenemos un tema con el agua”; mensajería no puede dejar el paquete “debido al tema del interfono”; un reportero explica los asaltos en una zona “por el tema de la inseguridad”; un alto funcionario de gobierno zanja cualquier discusión con la frase: “ese tema ya lo hemos tratado en diversas ocasiones…”.
En todos los casos, la palabra clausura el pensamiento en lugar de abrirlo.

Este fenómeno no es inocente ni aislado. Está presente en lo que autores como Mario Vargas Llosa han descrito como la banalización de la cultura: un mundo que privilegia la superficie, la rapidez y la evasión sobre la profundidad y el rigor. También se vincula con la “desbocada” aceleración de la vida moderna de la que habla Anthony Giddens, donde no hay tiempo —ni paciencia— para la precisión, y el lenguaje se adapta a la prisa sacrificando matices. Nombrar con cuidado requiere detenerse; usar comodines permite seguir de largo.

Empobrecer el idioma no es solo perder palabras: es renunciar a la complejidad, aceptar una realidad indiferenciada y cómoda, donde todo cabe en un mismo saco verbal. Defender la lengua, en cambio, es defender la responsabilidad de nombrar, la conciencia de lo que se dice y el derecho —cada vez más raro— a pensar con profundidad en un mundo que prefiere lo inmediato, lo superficial y lo banal. Nuestro lenguaje refleja el tamaño del mundo en que vivimos.

El deterioro del idioma no es un problema lingüístico menor, sino un síntoma cultural profundo. Allí donde el lenguaje se vuelve impreciso, redundante y perezoso, también se debilita la capacidad de pensar, de distinguir, de comprender, de comunicarse. No es casual que, en una sociedad acelerada, saturada de estímulos y urgida de entretenimiento, las palabras tiendan a volverse intercambiables y huecas.

Como advirtió Mario Vargas Llosa, la cultura contemporánea ha aprendido a huir del esfuerzo intelectual, a confundir ligereza con libertad y superficialidad con modernidad. En ese contexto, el lenguaje deja de ser una herramienta de conocimiento para convertirse en un recurso funcional, rápido y desechable. Anthony Giddens, por su parte, describe un mundo que corre sin pausa, donde todo debe hacerse y decirse con inmediatez y donde la reflexión estorba. El idioma, sometido a esa velocidad, paga el precio: se simplifica, se uniforma, se empobrece.

Defender el español —como cualquier lengua materna— no implica congelarlo ni oponerse a su evolución natural. Alfonso Reyes insistía en que la lengua es algo vivo que debe evolucionar, admite que las transformaciones son legítimas, por responder a las nuevas condiciones y necesidades de cada tiempo y lugar. Implica en cambio asumir la responsabilidad de hablar y escribir con conciencia, resistirse a la comodidad de los atajos verbales y recuperar el valor de la precisión. Nombrar bien no es un gesto ornamental: es un acto de respeto hacia la realidad, hacia los otros y hacia uno mismo.
Frente a la globalidad indiferenciada que todo lo homologa, cuidar el idioma es también defender la profundidad de lo singular: los matices, las diferencias, los significados que no caben en palabras comodín. Con el poeta podemos decir que cada término que se pierde es una forma de mirar el mundo que se apaga; cada palabra bien elegida, en cambio, es una afirmación de complejidad en tiempos que prefieren lo simple.

Quizá no podamos detener la prisa del mundo ni revertir todas sus manías, pero sí podemos decidir cómo hablamos en él. Y esa decisión, aunque parezca pequeña, es profundamente individual y cultural. Porque mientras exista alguien dispuesto a pensar antes de hablar y a elegir sus palabras con cuidado, el idioma —y con él, una forma más digna de habitar la realidad— seguirá vivo.

Beatriz Acuña G. Es Doctora en Comunicación por la UIA .Escritora en torno a la filosofia el lenguaje y la inteligencia artificial