Por Salvador Calva Morales
En la escuela de la vida, y sin pedirlo, nos inscribimos;
basta nacer y el alma ya firma su destino.
No hay uniformes, ni pupitres, ni recreo,
solo el tiempo dictando en su vaivén el empleo.
El curso no termina jamás, no suena campana;
cada aurora renueva la lección temprana.
Aquí todos somos alumnos y maestros,
tallando el alma con aciertos y con gestos.
El gran profesor es el tiempo: firme y sabio,
con su voz que enseña sin perdón ni agravio.
No anuncia exámenes, los impone al azar,
y si no has estudiado, toca improvisar.
Hay materias suaves: amor, risa, ternura,
y otras que desgarran con su mano dura.
Paciencia, perdón, tolerancia infinita,
esas son las clases que más nos debilitan.
Y hay cursos oscuros: dolor y soledad,
donde el alma aprende su más honda verdad.
Porque el sufrimiento, aunque hiere y quebranta,
siembra sabiduría en quien no se espanta.
El Director divino, con método y misterio,
mezcla en su enseñanza el gozo y el cautiverio.
A veces guía con ternura y consuelo,
otras con tormentas que nos prueban el vuelo.
Sin boletín visible llevamos la calificación,
grabada en el pecho, marcada en el corazón.
Allí se registran los fallos, los perdones,
las lágrimas rendidas, las nobles intenciones.
En la guerra aprendemos el valor de la paz,
en la escasez, lo simple nos basta y más.
Ante la injusticia florece la empatía,
y amar al prójimo sigue siendo la poesía.
No hay vacaciones ni días feriados,
el aula es la vida, los años sus grados.
Y cuando el final del curso se asoma en calma,
el diploma será la paz en el alma.
Mirar atrás sereno, sin juicio ni lamento,
y decir con ternura, al compás del viento:
aprendí, me equivoqué, viví, sentí,
pero en esta escuela… aprendí a ser de mí.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta




























