Por: Enrique Canchola Martínez. Facultad de Medicina, UNAM. Universidad Autónoma Metropolitana. Ciudad de México, México.
Introducción
La educación, como pilar fundamental del desarrollo de una sociedad, debe tener una misión clara y una visión orientada hacia la formación integral del ser humano. En México, sin embargo, la escuela atraviesa una crisis profunda derivada, entre otros factores, de la falta de claridad en estos dos elementos esenciales. Esta deficiencia impide una verdadera formación académica, científica, filosófica y ética en los estudiantes. Además, perpetúa una simulación educativa que genera ciudadanos desinformados, inseguros y sin las herramientas básicas para desarrollarse de forma autónoma y crítica. En este ensayo se abordarán los síntomas y consecuencias de esta crisis, así como los elementos teóricos que explican el impacto en la subjetividad de los educandos.
1.- Carencia de misión y visión educativa
La escuela mexicana, en términos generales, carece de una misión centrada en enseñar a los estudiantes a APRENDER a APRENDER, APRENDER a SER y APRENDER a HACER, tal como lo propone la UNESCO en su informe sobre la educación para el siglo XXI. Estos pilares son fundamentales para formar individuos autónomos, capaces de adaptarse a contextos cambiantes y de ejercer una ciudadanía activa. Sin embargo, en el modelo mexicano predominan estructuras obsoletas que privilegian la memorización sobre la comprensión, la pasividad sobre la creatividad, y la obediencia sobre el pensamiento crítico.
Aunado a esto, la visión del sistema educativo se encuentra sesgada cognitivamente. Se construye un discurso institucional que afirma preparar a los estudiantes para la vida, la ciencia, la reflexión ética y filosófica, pero la realidad en el aula dista mucho de esos ideales. Esta disonancia entre discurso y práctica crea una ilusión de educación que, en el fondo, mantiene a los estudiantes sin una formación significativa en habilidades fundamentales como la lectura, la escritura y las matemáticas elementales.
2.- La simulación educativa y sus consecuencias
Una de las características más alarmantes del sistema educativo mexicano es la simulación. Se simula una evaluación auténtica, se simula un aprendizaje profundo, y se simula un avance académico que no corresponde con la realidad. Esta simulación se traduce en generaciones de estudiantes que son promovidos de grado sin haber adquirido competencias mínimas, y que terminan por integrarse a la sociedad sin estar preparados para los retos que esta les impone.
La falta de preparación también alimenta fenómenos psicológicos preocupantes. Uno de ellos es el síndrome de Dunning-Kruger, donde las personas con bajos niveles de competencia tienden a sobreestimar sus habilidades. En el contexto educativo mexicano, este síndrome se manifiesta en estudiantes que, al no haber sido desafiados ni evaluados con rigor, creen poseer conocimientos que en realidad no dominan. Esto reduce su disposición al aprendizaje continuo y refuerza una falsa sensación de suficiencia.
3.- La subjetividad del alumno: inseguridad y dependencia
Al otro extremo del espectro se encuentra el síndrome del impostor, donde el individuo duda de su propio mérito y siente que sus logros se deben a la suerte o al engaño. En muchos estudiantes mexicanos, especialmente aquellos que logran superar obstáculos estructurales y alcanzar metas académicas, este fenómeno es común. La falta de retroalimentación real, el bajo reconocimiento del esfuerzo genuino y la carencia de una guía pedagógica comprometida generan una percepción distorsionada del éxito personal.
Esto se vincula con la teoría del espejo de Charles Horton Cooley, que sostiene que la identidad personal se construye a partir de la percepción que el individuo cree que otros tienen de él. En este caso, si los docentes reproducen actitudes conformistas, desmotivadas o mediocres, los estudiantes replican esas conductas como modelo a seguir. Así, el fracaso educativo no solo se materializa en resultados académicos deficientes, sino también en la reproducción de patrones culturales que perpetúan la crisis.
4.- El papel del profesorado y la urgencia de una transformación
No se puede hablar de crisis educativa sin reconocer el papel central del profesorado. Es fundamental señalar que muchos docentes enfrentan condiciones laborales precarias, falta de formación continua y escaso acompañamiento institucional. Sin embargo, también es cierto que hay una parte del magisterio que ha abandonado su papel como guía, mentor y promotor del pensamiento crítico. La enseñanza se convierte entonces en una actividad mecánica, rutinaria y desprovista de reflexión.
Revertir esta situación requiere de una revalorización profunda de la labor docente. Es imprescindible que se garantice no solo la preparación académica del profesorado, sino también su compromiso ético, filosófico y social. La misión de formar ciudadanos libres, críticos y comprometidos no puede ser delegada a plataformas digitales, reformas educativas superficiales ni manuales estandarizados. Se necesita un profesorado con vocación, autonomía y herramientas pedagógicas sólidas.
En conclusión
La crisis de la escuela mexicana no es un fenómeno aislado ni reciente. Es el resultado de décadas de improvisación, simulación y abandono institucional. Su raíz principal está en la falta de una misión clara y una visión educativa integral que articule la formación académica con el desarrollo humano. Mientras se sigan reproduciendo modelos de enseñanza desfasados, seguiremos formando estudiantes desconectados de la realidad, inseguros de sus capacidades y carentes de pensamiento crítico.
Reflexión
Superar esta crisis exige una transformación estructural y cultural del sistema educativo. Se requiere una revolución pedagógica que coloque al estudiante en el centro del proceso, al maestro como agente de cambio y a la ética como eje transversal del conocimiento. Solo así será posible construir una escuela mexicana que realmente prepare para la vida, la ciencia, la filosofía y la libertad.
Enrique Canchola Martínez Por Enrique Canchola Martínez. Facultad de Medicina, UNAM. Universidad Autónoma Metropolitana. Ciudad de México, México.






























