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Los Mandamientos del Aprendiz del Saber Infinitista*

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Imagen generada con IA

Por Salvador Calva Morales

Las personas capaces de generar significado, convivir con la diferencia y transformar su entorno desde la ética constituyen la esencia de una cultura de paz. Son precisamente estas capacidades las que permiten enfrentar la fragmentación social, la polarización, la ansiedad colectiva y la pérdida de sentido que han caracterizado a buena parte de las sociedades contemporáneas en los últimos años.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cómo fortalecer estas capacidades para disminuir los efectos de la fragmentación social y la pérdida de sentido?

Una posible respuesta se encuentra en los principios del Segundo Manifiesto del saber infinitista (Martínez Barradas, 2026), en la Proclama de Educación Permanente (Pérez Rojas, 2008) y en la Carta del Barrio Educador (Paredes Porras et al., 2015), documentos que conforman una propuesta filosófica y pedagógica orientada a responder a los desafíos de nuestro tiempo.

Entre sus fundamentos destacan la apertura infinita al aprendizaje y a la educación permanente; la centralidad del bien común como expresión de dignidad, justicia y convivencia; la primacía del diálogo y la reparación para construir una cultura de paz; el reconocimiento de los saberes colectivos; la territorialidad educadora; la poesía como fuerza narrativa capaz de resignificar la realidad y restaurar el sentido, y la mediación crítica de la tecnología.

¿Cómo convertir estos principios en acciones concretas? A través de los Mandamientos del Aprendiz del Saber Infinitista, entendidos como una práctica ética del conocimiento para la construcción de la paz en el siglo XXI.

Primer mandamiento: reconocer la propia ignorancia como inicio de la sabiduría

La célebre frase atribuida a Sócrates —«Solo sé que no sé nada»— no representa una renuncia al conocimiento, sino una celebración permanente de la búsqueda. Constituye la puerta de entrada a la curiosidad, la humildad intelectual y el diálogo genuino.

Reconocer que no lo sabemos todo nos libera de la ilusión de la certeza y nos permite volver a mirar el mundo con la disposición abierta de quien aprende por primera vez. Como enseña la tradición zen, una taza llena no puede recibir más té. Del mismo modo, una mente saturada de certezas difícilmente puede incorporar nuevos aprendizajes.

Abrirse al conocimiento implica desprenderse de la soberbia intelectual y recuperar la capacidad de asombro. Como señalé anteriormente en Desinfoxicación, aprender exige vaciar espacios para que puedan emerger nuevas comprensiones.

¿Por qué resulta tan importante hoy?

Cuando un profesor responde «no lo sé» ante una pregunta inesperada, ofrece a sus estudiantes un poderoso ejemplo de honestidad intelectual. Cuando un equipo de trabajo reconoce que carece de información suficiente antes de tomar una decisión, evita errores derivados de supuestos infundados. Quien dice «verifiquémoslo juntos» transforma la incertidumbre en una oportunidad de aprendizaje colectivo.

Karl Popper (2002) nos recuerda que todo conocimiento es provisional, mientras que Edgar Morin (1999) nos invita a habitar la complejidad y la incertidumbre. El Aprendiz del Saber Infinitista comprende que reconocer la propia ignorancia constituye el primer paso hacia un aprendizaje auténtico.

Segundo mandamiento: justicia epistémica. Reconocer a quienes fueron silenciados

No todos los conocimientos han recibido el mismo reconocimiento social.

Durante siglos, comunidades indígenas, campesinas, personas mayores, migrantes y diversos grupos históricamente excluidos vieron cuestionada la legitimidad de sus saberes, experiencias y formas de comprender el mundo.

Aprender también exige desarrollar la capacidad de escuchar a quienes durante mucho tiempo fueron silenciados. Escuchar no significa necesariamente estar de acuerdo, sino reconocer la humanidad y la experiencia que habitan detrás de cada perspectiva.

Muchas voces han sido invisibilizadas por tradiciones, prejuicios, normas sociales o formas de pensamiento dominantes que han condicionado tanto la pertenencia como la exclusión.

Con frecuencia afirmamos que «el conocimiento es el mayor tesoro». Sin embargo, este no se limita al ámbito académico o científico. También comprende los saberes ancestrales, las experiencias cotidianas y las formas de comprensión desarrolladas por comunidades enteras a lo largo de generaciones.

Miranda Fricker (2007) denomina «injusticia epistémica» al proceso mediante el cual una persona es desacreditada debido a prejuicios. Por su parte, Boaventura de Sousa Santos (2018) propone una «ecología de saberes» que reconoce la coexistencia de múltiples formas legítimas de conocimiento.

El Aprendiz del Saber Infinitista comprende que los conocimientos tradicionales, las prácticas comunitarias y las experiencias locales poseen dignidad epistemológica. Escucharlos no constituye un acto de caridad intelectual, sino una oportunidad para comprender mejor la complejidad del mundo.

Después de todo, la humanidad lleva cientos de miles de años aprendiendo de la experiencia directa, mientras que la ciencia moderna apenas cuenta con algunos siglos de existencia. Aunque hoy disponemos de mejores mecanismos para validar el conocimiento, sería ingenuo ignorar la sabiduría acumulada durante innumerables generaciones.

Actualmente observamos cómo las voces de agricultores, artesanos, pueblos originarios y comunidades locales vuelven a ocupar espacios relevantes en la búsqueda de soluciones sostenibles. Sus conocimientos, basados en el respeto por la naturaleza y en prácticas regenerativas, enriquecen las respuestas técnicas y amplían las posibilidades para preservar la vida.

Tercer mandamiento: el saber como bien común

El conocimiento constituye uno de los patrimonios más valiosos de la humanidad.

Ningún descubrimiento surge de manera aislada. Toda innovación es resultado de una larga cadena de aprendizajes, errores, aciertos y contribuciones colectivas acumuladas a lo largo del tiempo.

Sin embargo, la economía contemporánea ha convertido muchas formas de conocimiento en mercancía, generando barreras de acceso, monopolios y desigualdades.

Defender el conocimiento como bien común significa garantizar que la información esencial para la vida, la dignidad y el desarrollo permanezca al alcance de todas las personas.

Elinor Ostrom (1990) demostró que los bienes comunes pueden gestionarse de manera colectiva y sostenible. Paulo Freire (2005), por su parte, enseñó que el conocimiento adquiere su verdadero sentido cuando contribuye a la liberación humana.

El Aprendiz del Saber Infinitista promueve formas abiertas de compartir el conocimiento para fortalecer la justicia social, la cooperación y la vida comunitaria.

Cuarto mandamiento: mediación tecnológica crítica

El Aprendiz del Saber Infinitista no rechaza la tecnología; la utiliza con discernimiento.

Sabe distinguir entre información y conocimiento, entre conectividad y comunicación significativa. Aprovecha aquellas herramientas que favorecen el diálogo, la cooperación y la construcción colectiva, al tiempo que cuestiona las que fomentan la polarización, la manipulación o la desinformación.

La revolución digital amplió el acceso al conocimiento, pero también multiplicó los riesgos asociados con la manipulación algorítmica, las noticias falsas y la fragmentación social.

Neil Postman (1992) advirtió que las tecnologías nunca son neutrales: transforman nuestra manera de pensar y relacionarnos con el mundo. Más recientemente, Yuval Noah Harari (2018) ha señalado que la acumulación masiva de datos puede convertirse en una forma inédita de poder.

Por ello, la educación debe formar personas capaces de analizar críticamente la información, verificar las fuentes, argumentar con base en evidencias y distinguir entre hechos, opiniones y manipulaciones.

Quinto mandamiento: la póiesis cotidiana y la rehumanización del mundo

La póiesis es el acto de crear.

No pertenece exclusivamente a artistas o escritores. Cada gesto de cuidado, cada conversación respetuosa, cada acto solidario y cada esfuerzo por restaurar vínculos constituye una forma de creación humana.

Hannah Arendt (1993) señaló que toda acción humana posee la capacidad de inaugurar nuevos comienzos.

Para el Aprendiz del Saber Infinitista, la transformación del mundo comienza en la vida cotidiana: en la manera de relacionarse con los demás, de resolver conflictos y de construir comunidad.

Desde una perspectiva cercana a Heidegger (1994), rehumanizar implica recuperar la autenticidad, cuidar de los otros y otorgar significado a la existencia compartida.

Los mexicanos hemos demostrado históricamente esta capacidad durante los momentos de crisis. Ante los desastres naturales, miles de personas colaboran espontáneamente compartiendo trabajo, conocimiento, alimentos o recursos. Más allá de la ayuda material, estos actos fortalecen los vínculos sociales y reconstruyen el tejido comunitario.

Sexto mandamiento: priorizar la cultura de paz

La paz no nace de manera espontánea ni puede imponerse mediante decretos; es una construcción cotidiana que requiere diálogo, empatía, justicia y responsabilidad compartida.

Cuando reconocemos que todas las personas poseen la misma dignidad y merecen ser escuchadas, creamos las condiciones necesarias para una convivencia más humana.

Construir paz implica aprender a reparar relaciones, reconocer errores, ofrecer disculpas sinceras y liberarnos de resentimientos que perpetúan el sufrimiento.

La cultura de paz es una práctica permanente que exige imaginación ética, compromiso colectivo y voluntad de transformación.

Séptimo mandamiento: educación permanente desde el territorio

Aprender a aprender constituye una de las capacidades más valiosas para afrontar un futuro incierto.

La educación permanente no es únicamente una estrategia profesional; es, ante todo, una actitud frente a la vida.

Cada experiencia, cada encuentro y cada desafío pueden convertirse en oportunidades de aprendizaje para quienes permanecen abiertos al conocimiento.

El aprendizaje continuo nos permite evolucionar como personas y como comunidades. Al mismo tiempo, el conocimiento alcanza su mayor valor cuando contribuye a la dignidad humana, la convivencia y la construcción de la paz.

Educar significa compartir con otros aquello que puede contribuir a su bienestar y crecimiento. Desde esta perspectiva, el territorio deja de ser únicamente un espacio geográfico para convertirse en un escenario educativo vivo.

El barrio, la comunidad, el lugar de trabajo, la familia y los espacios públicos contienen innumerables oportunidades para aprender. Solo se requiere la disposición para reconocerlas.

Los Mandamientos del Aprendiz del Saber Infinitista no constituyen un código rígido ni un catálogo de obligaciones. Son una invitación permanente a aprender con humildad, dialogar con apertura, crear con responsabilidad y vivir éticamente en comunidad. En una época marcada por la incertidumbre, la aceleración tecnológica y la fragmentación social, estos principios ofrecen una brújula para transformar el conocimiento en sabiduría y la sabiduría en acción humanizadora.

En ello reside la mayor aspiración del saber infinitista: formar personas capaces de aprender durante toda la vida para contribuir, mediante la cultura de paz, a la evolución permanente de la humanidad.

*Este artículo forma parte del libro Reflexiones sobre el saber infinitista. Salvador Calva Morales, 2026.

Salvador Calva Morales tiene una amplia trayectoria en las áreas de Educación, la Medicina Veterinaria, la Zootecnia y la Literatura. Cursó dos licenciaturas: Medicina Veterinaria y Educación Media Superior, dos maestrías, una en Administración y otra en Docencia Universitaria. Tiene un doctorado en Administración de Negocios. Recibió el doctorado honoris causa por The England and Wales University, en Londres, Inglaterra. Recibió cuatro doctorados honoris causa por instituciones mexicanas e internacionales. Su labor altruista ha sido reconocida ampliamente. Desde 1982 fundó y preside el Sistema Universidad Mesoamericana, con ocho campus universitarios en México. Autor de cincuenta y siete libros de poesía y ensayos educativos.