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La prudencia como sinónimo de humildad

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Imagen del autor Reinhardi en PIXABAY

ConoSer Bien

La prudencia es la huella de la sabiduría
Amos Bronson Alcott (1799-1888)

Desde la más remota antigüedad el concepto de “bien” y “mal” ha estado presente en el ser humano. De acuerdo con la mitología griega es a Pandora a quien se le atribuye todos los males que existen en la tierra, según el mito, fue responsable de abrir la caja que le fue dada por los dioses y que contenía todos los males, liberando en el mundo todas las desgracias que aquejan a la humanidad, quedando en la caja, antes de que Pandora la cierre, la Esperanza (Elpis, deidad griega que la personifica), de ahí el refrán “la esperanza muere al último”, estado de ánimo que es parte esencial de la vida y una de las energías más poderosas que residen en nosotros. 

No basta que nuestros actos humanos resulten a veces buenos y a veces no. Es necesario adquirir y cultivar aquellos hábitos buenos denominados virtudes, consideradas como “disposiciones del entendimiento y de la voluntad, que regulan nuestros actos, ordenan nuestras emociones y guían nuestra conducta según la razón, para alcanzar nuestros propios objetivos”. 

La palabra virtud deriva del vocablo latino vir, varón, el cual a su vez proviene de vis, fuerza. De manera que la virtud, en un sentido etimológico, sería la “fuerza propia del hombre”. Las virtudes son pues fuerzas espirituales, que disponen la inteligencia y la voluntad para planear y vivir una vida ordenada en concordancia con las leyes de la naturaleza.  

Las virtudes han sido tratadas por filósofos de todos los tiempos. Platón, en la República, indica la existencia de cuatro virtudes: la sabiduría o prudencia, la fortaleza, la templanza y la justicia. Aristóteles (en la Ética nicomáquea) divide la virtud en dos grandes grupos: éticas (morales) y dianoéticas o intelectuales. Epicúreo enseña que las emociones, disposiciones y hábitos relacionados con la virtud (y el vicio) tienen un componente cognitivo y se basan en creencias verdaderas (o falsas). El filósofo Pirrón considera que al evitar las creencias (es decir, dogmas) se viviría de acuerdo con la virtud. 

Es Séneca, el estoico romano, el que establece que la prudencia perfecta es indistinguible de la virtud perfecta, al considerar todas las consecuencias, una persona prudente actuaría de la misma manera que una persona virtuosa. Es la falta de sabiduría la que hace que se tome una mala decisión en lugar de una prudente. De este modo, la sabiduría es la parte central de la virtud.  

Los estoicos sostenían que la virtud consistía en actuar siempre de acuerdo con la naturaleza, para el ser humano, concebido como ser racional, se identifica con actuar siempre de acuerdo con la razón, evitando en todo momento dejarse llevar por los afectos o pasiones. Los estoicos consideraban que la virtud, como facultad activa, era el bien supremo. 

La teología cristiana, ha determinado los conceptos de: Virtudes Teologales, las que te acercan con la divinidad: Fe, Esperanza y Caridad, y Virtudes Cardinales, los que te acercan con tus semejantes: Prudencia; Justicia; Fortaleza y Templanza.  

Además, las virtudes capitales​ son aquellas que se oponen a los pecados capitales:  Humildad, contra la Soberbia; Generosidad contra la avaricia; Castidad contra la lujuria; Paciencia contra la ira; Templanza contra la gula; Gratitud contra la envidia y Diligencia contra la pereza. 

La prudencia es una virtud fundamental, proviene del verbo “provideo”, que significa ver de lejos o prever. Esta previsión es el acto más importante de la prudencia, saber ver las dificultades que se nos van a presentar. Es una virtud de carácter intelectual, por eso radica en la inteligencia y la razón. La prudencia es la recta razón del obrar, hablar y pensar; es, por tanto, una razón preceptiva que nos dice cómo actuar. 

La prudencia es la virtud que dispone la razón práctica para discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien. Enseña el rumbo de las acciones y el modo de realizarlas. Una persona prudente capitaliza sus enseñanzas del pasado y retiene todo aquello que le puede servir para ser prudente y obtener buenos resultados a futuro. 

La prudencia se basa en la memoria del pasado, el conocimiento del presente y, hasta donde al hombre le es posible, en la previsión de las consecuencias de las decisiones a futuro. Indica la medida justa de las demás virtudes, entre el exceso y el defecto, entre la exageración y la carencia o la mediocridad. 

La prudencia en la Biblia aparece, en primer lugar, como una propiedad de Dios, vemos en Prov 8:12-14: “Yo, la sabiduría, habito con la prudencia, y hallo el conocimiento y la discreción. El temor de Jehová es aborrecer el mal; yo aborrezco la soberbia, y la arrogancia, y el mal camino y la boca perversa. Conmigo están el consejo y la sana sabiduría; yo soy el entendimiento; mía es la fuerza.” En consecuencia, es la Divinidad el que concede la prudencia al hombre.  

En resumen, la prudencia es la capacidad de actuar, hablar o pensar con cuidado, de forma justa y adecuada, con reflexión, cautela y sensatez y con precaución para evitar posibles daños y dificultades a los demás, respetando los derechos, sentimientos y libertades de otras personas. 

Es por ello, amable lector, que el primer paso de la prudencia es el reconocimiento de la propia limitación, es decir, la virtud de la humildad. Reconocer nuestras fortalezas y debilidades para emprender una acción. 

Jorge A. Rodríguez y Morgado, titular de la columna y el programa ConoSER bien. Twitter: @jarymorgado, correo electrónico: jarymorgado@yahoo.com.mx. Colaborador destacado de: Sabersinfin.com