– La Historia Jamás Contada –
Como todos recordaremos, la reciente temporada electoral trajo a la opinión pública algunos neologismos divertidos o tal vez cínicos: pre-campaña, inter-campaña y el implícito post-campaña para justificar la salida adelantada y el break para recuperar fuerzas (“vivas”, es decir, votantes) de los candidatos del nuevo Partido-T oficial, el de la 4T, con el fin de “madrugar” a sus contrincantes, maniobra a la que éstos acabaron sumándose para compensar siquiera en algo la ventaja publicitaria adquirida por aquéllos.
Antes de condenar moralmente el proceder que reflejan estas innovaciones lingüísticas de nuestra Realpolitik, en lo que son pródigos los mismos que cometen las faltas, mejor miremos lo que hay debajo, de lo cual éstas no son sino minúsculas salientes, la punta del proverbial iceberg.
En efecto, la Política, para la inmensa mayoría de los ciudadanos, equivale -o se reduce- a las Elecciones y sus manidos rituales e inevitables epifenómenos, como las “cargadas”, madruguetes y prácticas similares, amén de la insidiosa propaganda que ya resulta opresiva, casi divina por su omnipresencia, pero que invisibilizan la sustancia misma de aquélla: la sutil interacción simbólica -así se conoce el fenómeno en Antropología- entre los individuos concretos, con sus intereses materiales y subjetividades que dinámica, conjunta y conflictivamente determinan la marcha y el rumbo de una sociedad.
Las elecciones tal como las conocemos, en el mejor de los casos sólo objetivan indirectamente la legitimidad -por mayoría, pero existen otros criterios- del acceso a los cargos, pero no su ulterior desempeño en ellos tanto de gobernantes como representantes, como dan por una verdad incontrovertible los panegiristas del régimen con su Leitmotiv de que 35 millones de votos son suficiente garantía de que todo lo que haga o deje de hacer el Gobierno es igualmente legítimo.
Pero la matriz de la política gubernamental, el dispositivo del que emergen sus decisiones concretas, sigue siendo una black box, opaca e inescrutable desde el exterior y de la cual, otra vez, las actividades públicas, visibles o exotéricas son sólo la consumación ritual de un proceso esencialmente oculto, lo que corresponde a una CRIPTOCRACIA.
Las elecciones y sus respectivas campañas no son suficientes siquiera para entender las razones -si las hubiere- que llevan al Gobierno a decidir así. Mucho menos para permitir a la ciudadanía influir efectivamente en lo que decida éste, por más que todo se haga en nombre de ella. (¡Sí, Chucha: cómo no!)
Son el funcionamiento interno de la maquinaria del Gobierno y los principios (sistémicos, no éticos) en que se basan una y otro, lo que tendríamos que conocer tan sólo para supervisar que lo esté haciendo adecuadamente para alcanzar los fines declarados.
Y ya estaríamos hablando de realizar una reverse engineering en forma y además ser capaces de comprender e interpretar correctamente sus hallazgos para, mediante un protocolo ad hoc, intervenir en ella sin dañarla fatalmente. Palabras sin duda mayores, en la práctica por encima de la comprensión del ingenuo pensamiento populista hoy en boga. (¿Recuerdan la antigua pregunta capciosa sobre quiénes se atreverían a abrir un reloj? Efectivamente: o un relojero o un p… etc.)
Así que el objetivo que persigue este tipo de elecciones NO es que los ciudadanos participen en el Gobierno, sino revestir a como dé lugar a éste de una capa de legitimidad que, según sus defensores a ultranza, le permita hacer lo que quiera y por cualesquiera motivos o razones, sean explícitos o todo lo contrario. Lo demás, para ellos, es superfluo y prescindible, esgrimiendo cualquier pretexto para hacerlo a un lado. Pero coincidirán ustedes en que HASTA LA LEGITIMIDAD TIENE SUS LÍMITES…
¿O qué opinan al respecto?
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.



























