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Milagro de la carne y del alma

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Foto: Pixabay

Despertar y sentir que aún respiro,
que el aire me besa con vida serena,
que distingo el perfume de tu piel encendida
y, en el buque sagrado de tus adentros,
navego con gozo,
con fe y sin condena.
¡Oh milagro divino que al alma acaricia!

Puedo ver, puedo verte, admirarte despierto,
con mis ojos aún claros de asombro y deseo.
Tu cuerpo es escultura que el Creador moldeó
con amor infinito, sin prisa ni miedo.
Eres templo bendito donde rezo y me pierdo.
¡Qué fortuna la mía dormir junto a ti!

A mis ochenta y uno,
oh Dios generoso,
me has dado la llama que nunca se apaga,
y al rozar tu cintura,
al hundirme en tu centro,
te doy gracias, Señor, por esta jornada
de pasión renovada,
de placer luminoso,
como ofrenda sagrada
en la noche entregada.

Poseerte no es solo deleite de carne:
es celebrar que aún vivo,
que aún tiemblo y suspiro,
que tu cuerpo me canta como un salmo en la piel
y, en cada embestida, florece el delirio.
Gracias, Dios, por el pulso,
por el alma que arde,
por el don de este fuego que en ti se convierte en fe.

No hay pecado en amarte con todo el aliento,
ni en fundir mi vejez con tu joven frescura,
pues mi cuerpo recuerda lo que el alma no olvida:
que el amor es un himno,
la pasión es ternura,
y que en ti cada goce es un nuevo nacimiento,
¡una misa de vida,
placer y dulzura!

Y cuando, al fin exhausto,
la noche se acalle,
te abrazo y agradezco por todo este destino:
por la fuerza que aún brota,
por la piel encendida,
por tu risa, tu entrega, tu calor tan divino.
Gracias, Dios, por tu arte en esta mujer bella,
por hacer del amor una gloria compartida.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta