Inicio Cuentos Un extraño acompañante

Un extraño acompañante

21
Imagen generada con IA

Por: Sarahí Jarquín Ortega


Vivía sumida en el duelo de haber perdido a mi familia. Mi esposo y mi hija de siete años habían muerto en un accidente automovilístico tres años atrás. Mis actividades fuera de la ciudad me impidieron estar presente el día del trágico suceso; hasta un día después tuve la desgracia de reencontrarme con mis seres queridos a punto de ser sepultados.


La vida para mí perdió todo sentido e intenté suicidarme, sin éxito. Ante la frustración y la vergüenza que me provocaba mi propia cobardía por no poder enfrentar a mis hermanos ni a los demás familiares, me alejé de ellos. Los tratamientos psicológicos subsecuentes amortiguaron en algo mi dolor, e intenté rehacer mi vida, pero nada llenaba el vacío que habían dejado.


Era la temporada de vacaciones de fin de año y, temerosa de los recuerdos familiares que afloraban en esas fechas, me negaba a pasarlas sola. Ya conocía la amarga experiencia de años anteriores buscando consuelo en mi entorno: no quería volver a visitar tumbas para luego regresar a mi hogar, donde la soledad se pegaba a mi cuerpo y me dejaba postrada en una depresión aterradora e imposible de superar. Decidí entonces viajar con la intención de aliviar mi espíritu.


La promesa de un viaje inolvidable comenzó en la agencia de viajes. Con la esperanza de que así fuera, tomé un vuelo que me llevaría a un lugar encantador y, efectivamente, así lo recuerdo.


El hotel, ubicado al pie de una montaña coronada de nieve, exhibía adornos navideños. Allí comenzó todo. Por la noche, al vagar por los jardines en la terraza, me embargó una sensación de cierto sosiego, como un bálsamo reparador para mi espíritu. El hechizo del momento era difícil de resistir y, envuelta en ese embrujo, comencé a sentir extrañamente que estaba acompañada. En un parpadeo, tuve la certeza de que alguien me observaba y mi cuerpo se estremeció. Miré mi reloj: marcaba las once de la noche. Entré al bar, donde el calor de la chimenea, una bebida y la música de violines me colmaron de bienestar.
El descanso de aquella noche me proporcionó a la mañana siguiente la disposición placentera para recorrer paisajes hermosos. Tras regresar rendida al anochecer, me preparé para salir al día siguiente antes del amanecer.


Según el guía de turistas, la ciudad nos tenía preparada una sorpresa. Los reflejos del sol naciente lanzaban destellos al chocar contra los muros y cristales incrustados de oro —sí, de oro— de un edificio central rodeado por otros más. Mis ojos y pensamientos estaban puestos en aquellos reflejos ambarinos cuando desvié la mirada al notar que algo caía desde la cúpula.

Entre cuchicheos nos preguntábamos qué habría sido aquello que se desplomó a varias cuadras de donde nos encontrábamos. Poco después, con indiferencia, el grupo dejó de prestar atención y el guía continuó sus explicaciones.


De pronto, me di cuenta de que me había quedado sola: la excursión había reanudado el recorrido. Caminé por varias calles buscando el autobús que se había estacionado cerca, sin lograr encontrarlo. La sirena de una ambulancia llamó mi atención; supe de inmediato que acudía en auxilio de la persona que había caído del edificio. La curiosidad me condujo a un callejón donde atendían a un hombre herido. No supe cómo ni por qué, pero me vi acompañando a aquel extraño dentro del vehículo mientras el personal médico curaba sus heridas. Tras un largo trayecto, llegamos al hospital.


Por el altavoz escuché que solicitaban la presencia de un familiar de aquella persona y me condujeron a su habitación. No hubo preguntas: para ellos, yo era la indicada. Lo miré; su piel transparente evidenciaba una gran pérdida de sangre brotada de su cabeza, y sus brazos, conectados a diversos tubos, lucían de un blanco extraño. El sonido de su respiración, magnificado por el respirador artificial, me hizo perder la noción del tiempo. Pasaron los días —acaso dos o tres— hasta que el paciente abrió los ojos y buscó mi rostro. Sin hablar, supe que, aun sin conocerlo, ya lo conocía. La mirada de sus ojos azul pálido se clavó en los míos. Las noches y los días se sucedieron en armonía, llenando mi tiempo con largas caminatas por los jardines del hospital. Su frente lucía una cicatriz circular. Aquel hombre, de quien ignoraba el nombre y la razón por la que yo estaba allí con él, me despertaba una extraña sensación de ternura.


Un día, sin saber cuántas jornadas habían transcurrido, salimos del sanatorio: sus heridas habían sanado. No puedo explicar cómo llegamos a la casa donde él vivía, pero el lugar no me resultaba ajeno: lo conocía. Con familiaridad me situé frente a la puerta y él giró el picaporte para cederme el paso. Era la noche de Navidad. Las luces de colores y los adorno navideños me hicieron sonreír; me sentí feliz de estar ahí. Una música clásica de acordes suaves proveniente de un reproductor ambientaba el lugar. Sin articular palabra, escuchaba su voz, que se dirigía a mí con ternura. Sus manos suaves tomaron mis hombros y me condujeron a la estancia. Una sensación desconocida me embargó al mirar por una de las ventanas un jardín semejante al de la casa donde viví con mi familia.


Un aroma fresco embriagó mis sentidos y, sentada junto a él, escuché de sus labios la historia de un amor inolvidable: esa historia era mi propia vida que, como en una película, veía transcurrir. En la duermevela de cada amanecer recuerdo aquella experiencia que aún trato de explicarme.


Carlos, mi esposo, era joven y yo lo era aún más. Era la noche de nuestra boda y la música del festejo resonaba en el ambiente. Después de bailar nuestra canción, caminamos con discreción hasta el jardín y nos situamos frente a la misma puerta que, momentos antes, mi extraño acompañante había abierto para mí. Mi esposo y yo nos mirábamos con amor; me decía palabras hermosas y sus besos me envolvían en una entrega que me llevó al centro mismo del placer. Después de amarnos, en la serenidad del sosiego, acudieron a mi memoria imágenes conocidas: el nacimiento de nuestra hija, celebraciones familiares y palabras olvidadas.


Un estremecimiento doloroso me recordó que ya los había perdido; sin embargo, los días que viví con ellos estaban allí y me atribulaba un sinfín de sensaciones extrañas: la historia de otro tiempo se repetía. Nos vimos reflejados en aquella última noche en que planeamos el viaje que mi esposo y mi hija harían a la casa de sus padres, mientras yo atendía un compromiso profesional. Mi ausencia del país duraría una semana o más. Era la mañana de nuestra despedida; en la premura del viaje, entre recomendaciones y detalles para el regreso, olvidé entregarle un unicornio de juguete que le había comprado a mi hija. En ese momento recordé que el unicornio había quedado guardado en mi equipaje y seguro continuaba allí.


Durante la separación nos llamábamos a diario, pero el último día de vacaciones, sofocada por mis actividades, no me dio tiempo de volver a hablarles. Las vacaciones habían terminado y podía ver la despedida de los familiares: entre alegrías y cantos, mi esposo e hija tomaban la carretera de regreso a casa. De pronto me quedé sin aliento. En una curva, un enorme vehículo de carga perdió el control y se estrelló de frente contra el automóvil de mi esposo. Carlos, con los ojos desorbitados, intentó controlar el vehículo en vano; el impacto brutal lo arrojó al asiento trasero, pero aun así tuvo fuerzas para girar y cubrir el cuerpo inerte de nuestra hija, quien había muerto mientras dormía. En medio de la desesperación, él gritaba el nombre de la pequeña y pronunció el mío, añadiendo un «perdón» y un «te amo» con su último suspiro. Todo ocurrió tan rápido que solo cuando sobrevino el silencio tras aquel macabro estrépito me di cuenta de que me faltaba el aire.


Los servicios médicos encontraron los cuerpos encimados; de ahí en adelante, ya me sabía el resto. El traslado a la ciudad donde vivíamos se realizó cinco horas después del accidente. Mi presencia ante la cruel realidad era una estampa inconsolable; al revivir la tragedia volví a llorar, pero en esa ocasión mis lágrimas eran consoladas por la persona desconocida que me acompañaba.


Después, como en un sueño, volví a ver a mi esposo. Era la última noche que habíamos dormido juntos. Él se revolvía sudoroso en la cama por el calor sofocante de aquellos días; abrió la ventana que daba a la playa y le asombró la claridad que se divisaba a lo lejos. Escuché mi propia voz diciéndole «es normal», acostumbrada como estaba a los juegos pirotécnicos que iluminaban las noches de fiesta. Eran las tres de la mañana —¿o de la tarde? —; el reloj se había detenido. Carlos abrió la puerta y salimos. Asombrados, contemplamos un sol suspendido en el cielo oscuro que parecía agrandarse, mientras un relámpago nos estremecía. En la profundidad del firmamento, las estrellas trazaban líneas horizontales y espirales de gran fulgor que danzaban en la penumbra. Allá, a lo lejos, estaba la Tierra, con sus mares azules y tranquilos y el follaje que dejaba adivinar los bosques.


De los ojos de mi esposo recibí una mirada de ternura; en su silencio y en el contacto cálido de sus manos me transmitió que en ese lugar era feliz. Una aceptación total por su ausencia me invadió y dejé de sentir dolor. Las risas de mi hija, dando vueltas tomada de las manos de su padre, llenaron de alegría mi corazón. Podía tocarla, mirar sus ojos y sentir sus besos mientras me enseñaba con júbilo el unicornio que le había comprado. Luego vi cómo ambos se alejaban; su despedida me colmó de bienestar. Las luces de diversos colores convertían el camino por donde se perdían en una inmensidad alcanzable.
No sé qué ocurrió después, pero a la mañana siguiente me hallaba abriendo las cortinas de mi habitación mientras el sol lanzaba destellos desde los cristales del edificio donde me había perdido. Mi acompañante ya no estaba. Sobre la cómoda reposaban dos cascabeles dorados del unicornio que mi hija llevaba en sus manos y una tarjeta con mi nombre. Vi mi bolso colgando de un perchero —el mismo que creía haber perdido—, busqué en él alguna identificación y encontré los boletos de regreso de aquel viaje. Durante el trayecto al aeropuerto, envuelta en una sensación desconocida, me preguntaba: «Dios, ¿soy yo? ¿Dónde estoy? ¿Qué me ha pasado?».


En el aeropuerto, mientras me despedía del guía de turistas —quien no me hizo cuestionamiento alguno por mi ausencia—, un hombre mayor ataviado con un turbante blanco pasó a mi lado. Reconocí en sus ojos azul pálido la mirada de mi extraño acompañante. Se despidió con un gesto de la mano. De su cuello pendía un cascabel idéntico a los que encontré en la cómoda y, para cuando reaccioné, el hombre ya se había perdido entre la multitud.


Por la ventanilla del avión me pareció distinguir un unicornio entre las nubes y me envolvió una profunda sensación de amor y gratitud.


En cada Navidad, con aceptación y sosiego, recuerdo aquella historia de un amor inolvidable.

Nacida en 1951 en la Sierra Sur de Oaxaca. Es docente, periodista, analista cultural y locutora certificada en producción y conducción de programas educativos de radio y televisión. Ha recibido múltiples reconocimientos y distinciones. Es coautora de 50 Años formando maestros cristianos y autora de obras como Un rayo de luna para la princesa, Un héroe extraviado (BUAP, 2016 y 2023), Todos los caminos son nuestros y Deliberada extravagancia (Ediciones Del Lirio). Coautora de Puebla 19S: La vida sigue (BUAP) y en diversas antologías. Ha presentado su obra en México, Colombia, Uruguay y Alemania.