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Madame du Chatélet, la tejedora de ciencias (Primera parte)

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Imagen: es.wikipedia.org

– La Cueva de los Espejos –

Por: Alejandro Rivera Domínguez

Cuando sea rota la infinita servidumbre de la mujer,
cuando ella viva por y para ella,
el hombre -hasta ahora abominable-
renunciará a lo que ha sido

Arthur Rimbaud

El siglo XVIII se ha denominado el siglo de la Ilustración, el siglo de las Luces. Fue un toque de gloria contradictoria para las ideas europeas. Circunstancias complejas dieron lugar al gran esplendor de las cortes déspotas y a la singular observación de la naturaleza de las cosas. Esa fue la antorcha que iluminó el camino surgió del clásico Horacio, el sapere aude en su obra Epistolae. ¡Atrévete a saber! que fue la base, a partir de la cual, Kant consideró la fuerza moral e intelectual que impulsó el Siglo de la Ilustración.

Aquella nueva manera de ver la realidad, basada en las ideas pioneras de gigantes del pensamiento del anterior siglo, Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Descartes, Pascal, Leibnitz, abrieron las puertas al conocimiento separado de las leyes divinas. Ya no era la Biblia la fuente de todo saber, ahora surgían nuevas preguntas a viejas respuestas. También fueron tiempos de los reyes y emperadores que acrecentaban su propia contradicción al encumbrarse a alturas insospechadas por el pueblo llano, incluso la burguesía era aplastada por la monarquía y su camarilla de nobles,  pero uncidos a las tendencias sobre todo francesas, crearon en sus dominios, instituciones de investigación y discusión de ideas nuevas. Federico el Grande en Prusia, José II en Austria, los Borbones españoles y su influencia en Nueva España y Perú, Catalina La Grande en Rusia, dedicaron parte de su poder a impulsar Academias, colecciones de arte incluso grandes expediciones o coleccionar objetos extraños que traían los corsarios impulsados por las ambiciones colonialistas de sus monarquías.

La tolerancia religiosa permitía la convivencia de diversos credos con la estricta salvedad de no interferir en el poder real y la rígida moral cristiana.

El francés era la lengua de la diplomacia y del habla cotidiana en las cortes de toda Europa occidental; la moda y diferentes costumbres francesas fueron adoptadas como modelos de vida. Paris se convirtió en obligado sitio de reverencia a las ciencias y el arte. Las élites recalaban en Paris para nutrirse de todo lo nuevo e importante en el mundo de las ideas.

Cabe mencionar que desde el Renacimiento, y en respuesta a la trascendente pregunta, quienes somos, se habían formado academias según la tradición griega de Platón, instituciones donde se discutieran temas científicos o artísticos, incluso la estructura y gramática de la lengua del país.

La primera noticia de una academia formal es la Accademia della Crusca fundada en Florencia y dedicada al estudio y perfección de la lengua italiana. Sus actividades comenzaron en 1583. Casi 20 años después, se fundó, en 1603, la famosa Accademia dei Lincei (Aacademia de los linces) de la cual fue miembro Galileo Galilei. Se considera, que fue la primera agrupación dedicada a temas científicos. En Inglaterra, en aquel tiempo, mucho más liberal y tolerante, se creó la famosa Royal Society, en 1660 con el reconocimiento real otorgado en 1662.  Isaac Newton fue uno de los más activos promotores y la estrella de la Sociedad.

 En los principados alemanes se había fundado la Academia Leopoldina de Ciencias (Leopoldina Akademie der Wissenschaften)  en 1652. Los franceses no dejaron pasar mucho tiempo y, en 1666 con un abundante apoyo real de Luis XIV, el Rey Sol, comenzó actividades la Académie des Sciences  con los más importantes cerebros europeos de la época, tenía como sede Paris.

Larga vida han tenido otras Academias, especialmente para los hablantes del idioma español; en 1713 se funda La Real Academia Española, dedicada a estudiar el idioma español, sus variantes, léxico entre otras características. El brillante siglo xvii en Nueva España, vio brillar talentos notables. Sor Juana Inés de la Cruz, Carlos de Sigüenza y Góngora y especialmente el fraile mercedario, Diego Rodríguez quién fundó la primera academia del continente americano, la Academia Urania en 1637, dedicada al estudio de la astronomía y matemáticas, mucho antes de las academias en Francia o Inglaterra.

El siglo xviii abrió las puertas y dejo entrar aires que fueron definitivos para reinventar el mundo. Paris, era el gran imán intelectual. No solo la Academia, otras instituciones surgieron. Los burgueses también aspiraban aprovechar la marea para encumbrarse socialmente. Surgieron los salones, recintos de discusión y debate conocidos desde tiempos de la venerable Grecia. En Paris, surgieron algunos salones extraordinarios, patrocinados por familias pudientes. Uno de ellos, fue el Hotel Rambouillet, regenteado por Madame Paulet y su padre Paul, en aquel entonces secretario del Rey. También en los primeros cafés públicos conocidos, eran semillero de ideas y debates sobre los acontecimientos del momento, dogmas de fe, religión y, por supuesto, nuevos descubrimientos científicos. El más famoso entre ellos, era el café Prócope, legendario café donde solían reunirse Maupertois, uno de los que midieron la circunferencia de la Tierra,   Clauriut, gran matemático, Diderot, D´Alembert, Voltaire entre otros muchos sabios, pero no se permitía la entrada a mujeres. Algunas notables mentes femeninas, llegaron a disfrazarse de hombre para participar en las encendidas discusiones.

Poco antes de esos tiempos, el holandés Anton van Leeuwenhoek, asombró al mundo al descubrir otro universo, el mundo de lo pequeño, otras formas de vida insospechada hasta entonces. Este invento, generó otros debates. Surgió el término célula para definir el elemento vital más pequeño, propuesto por el inglés  Robert Hooke. La vida natural era mucho más compleja e interesante que lo dicho por la religión.

Justo en el torbellino de ideas, vino al mundo, en 1706, una mujer extraordinaria, Gabrielle Emille de Breteuil Le Tonnelier, Marquesa du Chatelet Lomont. Su padre  era jefe de protocolo en la corte real; de manera que, desde recién nacida, recibió los beneficios de la nobleza. El legado de la marquesa du Chatelet sigue vivo en nuestros días. Su obra, provocó en Francia el tránsito entre la caduca ciencia de Descartes, al orden cósmico propuesto por Sir Isaac Newton en su obra Principia Mathematica Philosophia Naturalis, publicada en 1685.

Gabrielle se casó en 1725, con el marqués Florent Claude du Chatelet Lomont, dedicado a la milicia; hombre rico apasionado por la guerra y la vida militar. Aunque tuvieron dos hijos, el general prefería permanecer el mayor tiempo posible fuera de casa, lo cual convenía a los intereses de la marquesa que, dicho sea de paso, era una mujer extremadamente atractiva pero dedicada desde niña a leer e investigar. Conocía el griego, latín, inglés, español, estudiaba matemáticas, experimentaba fenómenos físicos, era, en suma, una mujer extremadamente inteligente dedicada al conocimiento. Estas actividades no solo eran propias de la marquesa, otras mujeres también sobresalían en ciencias, pero el espeso y rancio patriarcado de Europa toda, veía, en aquellas mujeres, algo extraño. Sin embargo, su alta posición social le permitió recibir clases de los más importantes científicos. La marquesa du Chatelet, fue aventajada estudiante del matemático y explorador Pierre Louis de Maupertuis y Alexis-Claude Clairaut. Ambos aventureros y científicos muy completos.

Gabrielle, entabló relaciones con Voltaire, el poeta, historiador, filósofo y escritor, una de las luminarias francesas de la Ilustración, sin embargo, sus acervas críticas a la monarquía, le acarrearon varias visitas a las mazmorras, era admirado y temido al mismo tiempo. En una de aquellas opiniones incendiarias, Voltaire abandonó Francia y se refugió en Inglaterra, conoció a Newton y su obra, aunque Voltaire no era matemático y, por tanto, no mordió la substancia del Principia Mathematica, no obstante, reconoció la importancia de los estudios newtonianos. Juntos Gabrielle y Voltaire, se refugiaron del ruido cortesano y las persecuciones, en una pequeña localidad llamada Cirey, suficientemente alejada de París y hallar un sitio ideal para el estudio.

(Continuara)

Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.