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Interpretación de «El amor está al otro lado de la noche», de Nicholas Gutiérrez

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Por: BrendaCarol Morales

En el proceso de interpretación, retomo la VII Antología Internacional de Poesía Sabersinfin que, en una parte de su introducción nos dice: «Por eso, las páginas que siguen no deben entenderse únicamente como una compilación literaria. Son también una invitación a participar en una experiencia colectiva de conciencia».

Lo interesante de este enunciado es la sintonía que presenta con lo que Georges Poulet señala en su libro Conciencia crítica. En la introducción, el autor habla precisamente de la coincidencia de dos conciencias en el acto de leer y cito una traducción: «El acto de leer (al que se reduce todo verdadero pensamiento crítico) implica la coincidencia de dos conciencias: la de un lector y la de un autor. Ahora bien, la conjunción de estas dos conciencias es precisamente lo que mejor caracteriza a la crítica de nuestro tiempo». Con esto, podemos inferir que el verdadero acto de leer no es un acto pasivo ni puramente técnico del lenguaje. Es un encuentro espiritual y psicológico donde el lector se conecta con el autor.

Como ya he señalado en otras ocasiones con respecto a Poulet, podemos pensar que según él, cuando abrimos un libro, no solo lo leemos sino de algún modo nos apropiamos de lo que dijo el autor. Nuestra conciencia entra en diálogo con la conciencia del autor. En esa conjunción de mentes del yo lector y el otro autor se crea una experiencia de empatía y comunión mental que permite al lector resignificar lo que lee y hacerlo suyo.

Esto coincide con lo señalado en la antología. No se trata de solo «leer» poemas como quien oye caer la lluvia. Al contrario, al recorrer los poemas recopilados, nos hacemos partícipes de las múltiples conciencias manifestadas en ella. 

Poulet al hablar de la crítica literaria actual, me hace pensar que no la ve como el acto de juzgar si un libro o poema es «bueno» o «malo» según algunos parámetros retóricos ni que deba detenerse solo en analizar la estructura. Más bien, considero, los críticos deberían poder entrar en la experiencia de conciencia que el poema construye y dialogar con ella.

Me parece que esto hemos hecho como lectores de la antología y de estos artículos. Con el respeto con que cada uno de los autores fue incluido, con ese mismo respeto hemos buscado comprender lo que expresó el autor. Estamos dejando que con cada poema, los autores ocupen nuestra mente y adoptando su conciencia para iluminar la propia. Cada lectura se ha vuelto una experiencia de empatía y comunión con el autor. Por ello, no dudo que el poema que hoy traigo nos permitirá una experiencia de conciencia en donde, más que una simple interpretación, nuestra mente se abrirá a eso que quiso decir el autor y, con suerte, podremos comprenderlo mejor.

El autor, Nicholas Gutiérrez Pulido

Es originario de Portland, Oregon, Estados Unidos.

Licenciado en Ciencias de la Comunicación en la Universidad de las Américas Puebla (UDLAP) y maestro en Comunicación y Diseño Gráfico egresado de la Universidad Iberoamericana (UIA) Unidad Golfo-Centro. Participó en el taller literario La Masacre de Cholula con los maestros Pedro Ángel Palou y Frank Loveland.

Ha participado en múltiples antologías. Escribe en la revista Filigramma y es integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin.

El amor está al otro lado de la noche

Abordé aquella gran oruga de metal
y, con su tenue vaho de diésel,
siento cómo entra al túnel de la noche,
cómo sus ventanillas se pintan de negro.

Y la noche es larga como ese túnel,
es desvinculación de los corazones:
cada hombre, cada mujer, una isla.

Pregunto: ¿en qué parte de la noche estamos?
Y me dicen: «La noche no tiene cuerpo».

Voy al comedor de la gran oruga de metal
y las mesas son satélites alrededor del cantor,
y el cantor dice:

«Solo hay aire sólido entre las personas».
«Es más fácil hablar al viento».
«Somos mensajes en una botella».

Pregunto: ¿qué hay que hacer con la noche?
Y los pasajeros sacan sus pistolas:

«Hay que matar a la noche».

En un compartimiento,
un hombre con una regla y un gis
traza la distancia que lo separa de una dama.

Resuena el silbato de la gran oruga de metal.
Se ve el final del túnel con forma de corazón
y, al ver la luz del día,
no veo en ninguna parte el color.

Sobre los elementos del poema

El título es un enunciado que parece estar afirmando cuándo podemos encontrar el amor. El poema está escrito en versos libres y no hay una regularidad rítmica o estrófica rígida. Cabe notar que, cuando el yo poético aparece en primera persona, inicia con unos verbos de distinta extensión silábica: abordo, pregunto, voy, pregunto. Al leerlos en su conjunto, semejan el movimiento de un tren, algo acorde con el viaje que plantea en la primera estrofa, a la vez que construyen el avance del yo poético dentro de la experiencia.

Como se puede observar, hay estrofas en las que aparece narración, otras tienen descripciones, interrogaciones, afirmaciones, respuestas colectivas, diálogos de los pasajeros. Esta dimensión narrativa y escénica tan marcadas dentro de la composición poética le dan un carácter de relato alegórico o una puesta en escena breve en la que cada personaje ocupa un espacio y tiene una voz que señala algo con relación al viaje.

Uno de los campos semánticos que encuentro es el de viaje, posiblemente en tren: abordé, oruga de metal, diésel, túnel, ventanillas, compartimiento, silbato. Otro es el del tiempo y oscuridad: noche, negro, túnel, luz del día. También me parece un campo semántico de la incomunicación y la distancia: desvinculación, isla, satélites, aire sólido, viento, mensajes en una botella, distancia, separa, final.

Entre las figuras literarias utilizadas encontramos metáforas: oruga de metal, túnel de la noche, mesas satélites, cada hombre, cada mujer, una isla. También aparecen algunos símiles o comparaciones: noche larga como el túnel. Asimismo, hay paradojas: aire sólido; personificaciones: la noche no tiene cuerpo, hay que matar a la noche.

La repetición de la palabra «Pregunto» es muy reveladora. La primera vez pregunta: «¿en qué parte de la noche estamos?» La segunda: «¿qué hay que hacer con la noche?» En la primera busca ubicarse. En la segunda, se plantea un problema que debe resolver. Como puede observarse, todos los recursos utilizados van acordes con el desarrollo de una pregunta que va más allá de lo que enuncia el título. Veamos.

Interpretación del poema

Con el título, el yo poético parece afirmar que se trata de un viaje que lo conducirá al final de un viaje nocturno. Inicia subiendo a un tren o subterráneo. Sin embargo, utiliza la metáfora «oruga de metal», la cual es mucho más sugerente. Por un lado, habla de un ser vivo que es segmentado. Por otro, señala algo frío, inhumano, industrial. Con ello, parece unir dos mundos: el orgánico y el industrial. La imagen es poderosa, si pensamos que tanto las orugas como los trenes tienen segmentos o compartimientos que van moviéndose lentamente. Por otro lado, sugiere que las personas dentro del tren viajan juntas pero separadas, sin mayor contacto.

La paradoja que introduce es muy hermosa: las personas físicamente viajan juntas pero emocionalmente están aisladas, en sus propios compartimientos.

Menciona cómo el tren se introduce por el túnel. A partir de allí parece estar superponiendo dos realidades. Una es la física: el tren entra a un túnel. La otra, que se vincula con este acto físico, es la emocional: el viaje es a través de la noche. Que las ventanillas «se pinten de negro» sugiere que no solo se oscurece alrededor sino que la sensación parece impregnarse en todo lo que se ve.

Cuando afirma que la noche es tan larga como el túnel, no solo está hablando de un tiempo ni de un espacio, sino que en la mezcla de ambos, los percibe por igual vastos y profundos. Sin embargo, avanza en su explicación: no se trata solo de cuánto pueden durar sino del efecto que producen: los corazones se desvinculan y cada hombre y mujer se transforma en una isla, alejados de los demás. Así, el problema de la noche no es su largura sino que significa la imposibilidad de comunicación y de establecer vínculos entre las personas.   

El yo poético pregunta «¿en qué parte de la noche estamos?» y la respuesta es desconcertante y desesperanzadora: «La noche no tiene cuerpo». Si no tiene cuerpo, ¿cómo se puede ubicar?, ¿de qué manera se puede medir? Como en el hecho de la comunicación entre personas, hay tantos factores que intervienen para que pueda darse de manera exitosa, que también resulta complicado determinar cuándo, cómo o dónde se perdió esa comunicación.

Cuando va al comedor del tren, un espacio donde aparentemente hay más posibilidades de socialización y de convivencia, se encuentra con otro escenario similar al que observó antes. Cada mesa es un satélite, es decir, un cuerpo que sigue su propia órbita y objetivos. Todas están separadas entre sí, teniendo como centro al cantor. La metáfora es extraordinaria porque convierte a los seres humanos en cuerpos celestes que giran alrededor de otro cuerpo sin tocarse. Nuevamente notamos que hay proximidad sin unión.

El cantor, una especie de vate o mediador de las experiencias humanas, se da cuenta de lo que sucede y denuncia en su canto que todos están ocupando un mismo sitio pero que no se comunican, que no se vinculan entre sí porque el aire ha perdido su esencia y se ha vuelto denso y casi como una barrera entre las personas. Concluye que todos, incluso él, son botellas en un inmenso mar, donde cada una tiene su propio mensaje esperando ser leído pero que al estar tan herméticamente guardado, nadie más lo conoce.

Nuevamente el yo poético interpela: «¿qué hay que hacer con la noche?» La respuesta de los pasajeros es sorprendentemente violenta, desde el gesto de sacar pistolas hasta enunciar que hay que matarla. La ironía del gesto la brinda el poema. Si la noche representa la incomunicación y los pasajeros intentan resolver el problema de manera violenta, resulta brutal querer destruir lo que los separa mediante un acto que produce, reproduce y profundiza la separación.

Otra contradicción que introduce esta parte es que, tal como ya le señalaban al yo poético antes, la noche no tiene cuerpo. En tal caso, ¿cómo puede matarse? Es decir, la violencia fracasa desde su formulación. Quizá por esto me sugiere que la violencia mostrada implica más que el uso de armas e incluye todo aquello que no ayude a romper el «aire sólido» o abrir las botellas para conocernos.

Y es que luego el yo poético pasa de describirnos esa agresiva escena a otra que, no porque no muestra armas, es más conciliadora o alentadora. Sucede en uno de los compartimientos o segmentos de la oruga de metal. Por lo general, la palabra compartimiento se utiliza para señalar las divisiones o partes de algo para separar o guardar cosas. Aquí parece tener ambos significados: a la vez que contiene, también separa. En este que observa, encuentra a un hombre que trata de poner en términos cuantificables algo que no lo es.

Nuevamente, las acciones para romper la incomunicación son absurdas. Sugiere que todos están conscientes de ese «aire sólido» que los separa. Sin embargo, darse cuenta del problema no conlleva a darse cuenta de una solución coherente y adecuada. Esto, me parece, es lo desgarrador del poema. No está hablando de gente que desconoce lo que sucede y enfrenta. Habla de que aún sabiéndolo, no tienen soluciones reales. Ante ello, el título del poema se me semeja un anuncio de neón, en el que la solución a nuestros problemas se anuncia rutilante.

En la última estrofa, el yo poético vuelve a tener una experiencia sensorial, como al inicio, cuando olió el diésel. Ahora, escucha el silbato del tren que marca el final. Por fin, ese túnel que ha representado la noche y la incomunicación tiene una salida. Acorde con el título, nota que la salida del túnel tiene forma de un corazón. Pareciera el final de una pesadilla surrealista donde eventualmente todo lo que observó concluye al abrir los ojos. Todo parecería resuelto. Sin embargo, no es así. Puede observar que ya es de día pero no ve el color.

De pronto, la luz no equivale a color. Aunque desde una lectura física sabemos que la percepción del color depende de la luz, el poema utiliza esta relación para producir una paradoja: ha llegado el día pero algo esencial sigue ausente. Si bien la noche terminó, no parece haber terminado la experiencia de incomunicación que representaba.

Esto modifica la idea que nos dio el título y obliga a preguntarnos: ¿Y si atravesar la noche no garantiza recuperar la capacidad de sentir y de comunicarse? ¿O quizá el solo amor no es suficiente para romper «el aire sólido» y acabar con las distancias entre una pareja? Quizá por ello la penúltima estrofa muestra a un hombre y una mujer distanciados. Mientras el hombre está inmerso en medir lo inmedible, la mujer parece ajena a ese esfuerzo.

Notamos pues que la noche jugó varios papeles en el poema; no es simplemente oscuridad. Va cambiando de significado: primero es oscuridad física; después se relaciona con la duración del túnel; luego se convierte explícitamente en «desvinculación de los corazones», más adelante se transforma en algo que supuestamente hay que matar; finalmente parece haber terminado porque llega el día, aunque sus efectos permanecen porque no hay color.

El poema comienza con la ausencia visual provocada por la noche pero termina con una ausencia más inquietante: hay luz pero no hay color. Esto significa que el problema ya no puede atribuirse solo a la oscuridad exterior. A lo mejor, eso que en algún momento intuyó como algo externo y que la mayoría de pasajeros también parecía atribuirle soluciones materiales, ya forma parte del interior del sujeto.

El amor está al otro lado de la noche parece una afirmación inicialmente. Como esos rótulos de neón, anunciaba un final feliz. No obstante, el poema no concluye diciendo: al salir del túnel encontré el amor. Termina diciendo que no ve el color. A lo mejor allí siguen esas luces de neón pero él no las puede ver.

Conclusión

A mi juicio, el poema hace ver que, como sucede en muchas situaciones no solo de pareja sino entre familiares, amigos, vecinos, a lo mejor el amor está al otro lado de la noche pero ya no pueden percibirlo. Hay una enorme diferencia entre que exista el amor y que se pueda percibir, ver, sentir, reconocer.

Si bien el final pueda parecer mucho más triste de lo que imaginamos, es a la vez más filosófico y aleccionador. Podemos pensar que el poema habla precisamente de la dificultad de entrar en contacto con otra conciencia. No se puede matar violentamente ni con falsos artilugios a la noche, no se la puede medir, no se puede romper el aire sólido. Desde mi interpretación, primero debemos descubrir qué tanto ya es «nuestra» noche y hacer el recorrido en nuestro interior para así, quizá, encontrar el amor.

BrendaCarol Morales
 
Guatemalteca. Licenciada en la Enseñanza del Idioma Español y Literatura y una maestría en Formación Docente; exbecaria de la RAE. Trabaja como curriculista en el Ministerio de Educación y catedrática en Efpem, (Universidad de San Carlos). Miembro de PEN Guatemala. Fue redactora y editora de la revista Tinamit. Ha publicado en periódicos, revistas y diversas antologías. Sus libros: Vagabunda de la noche (poesía) y Soy una chica muy mala (cuentos). Actualmente, integrante del panel de Poesía lunar y redactora para SabersinFin.