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Aventureros y matemáticos: la asombrosa medición de la Tierra (Segunda parte)

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– La Cueva de los Espejos –

Por Alejandro Rivera Domínguez

En Inglaterra, pocos años antes se había fundado la famosa Royal Society of London de la que fue miembro Isaac Newton. Desde mucho tiempo atrás, muchos interesados en la ciencia experimental, se reunían informalmente y discutíano realizaban experimentos, hasta que el arquitecto Christopher Wren, tomó la iniciativa de formar una asociación legalmente reconocida, de manera que, el 28 de noviembre de 1660, se integró la sociedad con doce miembros, con el fin de promover la ciencia.

Ya corría1662 y la pequeña sociedad obtuvo el reconocimiento real, no obstante y a diferencia de la Academié, la Royal Society no recibió del rey más que su consentimiento. La monarquía inglesa no proporcionó ni un penique a la institución.

Sin embargo, las dos grandes instituciones, la Academié y la Royal Society, comprendieron rápidamente que una de las tareas principales, consistía en mejorar la cartografía, instrumentos de navegación e ingeniería naval. Ambas naciones vieron en la ciencia una poderosa herramienta para dominar enormes territorios en todos los continentes. La marina se convirtió pronto en acicate para dominar los mares y con ello fomentar el comercio y la riqueza, como siempre ha sucedido, de unos cuantos. Contra lo que mucha gente suele pensar, la ciencia no es neutral. Con frecuencia se inclina al capital financiero, para fines inconfesables. Hay muchos casos.  

Por aquellos años, los navegantes podrían saber con relativa facilidad la latitud, es decir, en cual punto del meridiano, arco imaginario trazado de polo a polo, se encontraban. Bastaba observar la estrella polar en la esfera celeste y medir el ángulo entre una horizontal también ficticia y la latitud se leía directamente. Con la longitud, ocurría que no se tenía una referencia y un sistema para realizar la medición, de manera que faltaba un punto esencial para determinar la posición de un barco en alta mar o de una ciudad o de cualquier objeto de estudio sobre la Tierra. Los imperios obviamente basados en su poder naval, trataban de ubicar sus navíos en el mar o tropas en tierra, ya que de esas mediciones dependía la elaboración de mejores mapas y con ellos mejores planes estratégicos en las tierras que saqueaban a todo trapo. La situación política y económica en Europa, se convertía en una furiosa competición para resolver el problema de la longitud. España, Los Países Bajos e Inglaterra ofrecían jugosos premios a quién resolviera el problema. La cuestión de ninguna manera era simple. Hasta la medición de las dimensiones de la Tierra, era simplemente imposible encontrar la longitud de un objeto sobre la superficie. Hubo, soluciones realmente anecdóticas y de una fantasía desbordante.

En 1687, un médico de nombre Kenelem Digby, reclamaba la fortuna de haber encontrado una de esas raras medicinas de cura milagrosa para todos los males; la medicina fue nombrada con el estrafalario nombre de “polvos de la simpatía” y además, dichos polvos curaban a distancia. Según Digby, bastaba espolvorear la medicina en alguna prenda del enfermo para lograr una pronta cura.

En respuesta a los jugosos premios para encontrar la longitud, Digby afirmaba que llevar un perro con alguna herida piadosamente administrada, a bordo de un navío, daría la señal de la hora en Greenwich. Bastaba que al mediar el día, un hombre previamente aleccionado, mojara con una solución de los polvos de la simpatía, una venda con la que se curó la herida del perro.  Se esperaba que el perro sentiría de inmediato, los efectos de los polvos y, comenzaría a reaccionar, los ladridos de dolor del infortunado perro se obtendría la hora del Observatorio inglés. El método nunca se aplicó, sin embargo, queda claro que los esfuerzos por encontrar la longitud pasaron del ridículo a los más refinados procedimientos astronómicos y matemáticos disponibles. La longitud no se obtuvo hasta bien entrado el siglo xviii con una serie de relojes inventados por Harrison, los cuales comenzaron a referirse a la hora del meridiano que pasaba por el Real Observatorio de Greenwich, en Inglaterra.

La discusión entre Cassini, director del Observatorio de Paris, y los cálculos de Isaac Newton respecto a la forma de la Tierra, quedarían zanjados hasta el regreso de La Condamine y comparar los resultados de Maupertois en Laponia. Finalmente, quedó claro que Newton tenía razón, es decir, la forma de la Tierra era una especie de ovoide, achatado por los polos y ensanchado en el ecuador.  

A partir de entonces mejoró, sustancialmente, la cartografía, la navegación y las estrategias de poder.

Corría la mitad del siglo xviii, para aquellos tiempos, Francia brillaba como contribuyente a los más sonados progresos en diferentes campos del saber. Inglaterra, no era menos, La Academié y la Royal Society, albergaba a los más profundos pensadores y sabios.  Los métodos de medición, el avance del cálculo y los instrumentos para demostrar hipótesis y teorías, contribuyeron al despegue definitivo del pensamiento científico.

Aquella aventura de La Condamine, Jorge Juan Santacilia, Pierre Bouger, Antonio de Ulloa, Maupertois, Clairaut y los demás científicos franceses, dejarían una herencia pionera en la ciencia. Actualmente, la ciencia se realiza en las montañas, selvas, océanos, cavernas, el espacio o en laboratorios enormes y extremadamente costosos. La historia de las ideas, ha debido recorrer un largo camino para llegar al punto donde estamos. El futuro es luminoso e increíblemente atractivo. Debemos prepararnos para conocer más, aprender y transformar.

Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.

El presente artículo NO fue asistido por IA