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La Agenda, fuego y versos simples

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Abel Pérez Rojas en set de filmación

Por Abel Pérez Rojas

Sabersinfin

En esta semana que concluye nos dimos a la tarea de grabar los promocionales de la Agenda de poesía latinoamericana actual 2027. Esto representó una oportunidad para transmitir, en apenas treinta segundos, parte de la esencia que da vida a una publicación construida con palabras, sensibilidades, geografías y maneras distintas de mirar el mundo.

Ciertamente, había que hacerlo con brevedad y permitir que las imágenes visuales, así como aquellas emanadas de las palabras, hicieran lo suyo. Treinta segundos pueden parecer insuficientes cuando se pretende hablar de poesía, pero acaso resulten suficientes si se encuentra la palabra precisa, esa que no necesita explicar demasiado porque lleva consigo una constelación de significados.

Lo sucinto también es un territorio poético. Un verso puede contener una vida entera; una imagen puede devolvernos a un instante remoto, y una palabra, cuando llega en el momento adecuado, es capaz de hallar un resquicio en aquello que considerábamos inamovible. De eso se trataba: de colocar una pequeña luz en el camino para que cada persona pudiera completar el sentido desde su propia experiencia.

Por ello pensé: qué mejor que promover la Agenda mediante unos versos que tocaran lo que para mí son, en cierta forma, los efectos de la poesía. Fui a la segura; me guarecí en dos estrofas de mis poemas Paréntesis al frío y Maná. No recurrí a ellos solamente porque fueran míos, sino porque en ambos encuentro dos fuerzas que definen mi relación con la palabra poética: el fuego que transforma y el alimento que alivia.

Me advirtieron tardíamente
que la poesía es fuego que quema por dentro,
chispa, fogata e incendio sin tregua,
pero no hice caso:
me lancé a escribir con las manos desnudas.

¿Por qué acudir a estos versos para hablar de la médula de una publicación que alberga versos selectos de ciento cincuenta poetas de doce países?

Porque es claro, para quienes estamos embelesados por el universo poético, que la poesía trasciende con mucho el ejercicio intelectual. Por supuesto que en ella hay pensamiento, lenguaje, técnica, memoria y cultura; sin embargo, reducirla a esos componentes sería ignorar la fuerza interior que la anima. La poesía nos planta, sin remedio, ante aquello que da vida a todo y que, al mismo tiempo, es capaz de consumir a quien se entrega a ella.

Consumir, en este caso, no significa extinguir ni castigar, sino arder para transformarse. Es el fuego del Ave Fénix, esa llama que reduce lo antiguo a cenizas y hace posible un nuevo nacimiento. Quien escribe no siempre sale indemne del poema. Algo se desprende, algo se rompe y algo empieza a cobrar una forma que antes no tenía. La poesía nos hace morir simbólicamente para permitirnos renacer con otra mirada.

Tal vez ese sea el destino cumplido de quien se atreve a lanzarse al vacío confiando en que el descenso hará lo propio en la metamorfosis del poeta. No se escribe poesía desde la certeza absoluta, sino desde la disposición para abandonar, aunque sea por un momento, las seguridades que nos atan al suelo. Es una transición de lo totalmente terrestre hacia aquello que puede desplazarse por los cielos con la ligereza de las plumas y la arquitectura de las alas.

Se trata de un doble fuego, presente en dos niveles de expresión y percepción: el fuego como vía de renacimiento y el fuego como centella inicial de la inspiración. La chispa parece pequeña, pero guarda la posibilidad del incendio. Del mismo modo, una palabra aparentemente sencilla puede alterar la conciencia, remover recuerdos y encender preguntas que permanecían ocultas.

La poesía nace en el poeta y renace en cada lector. El poema publicado deja de pertenecer exclusivamente a quien lo escribió. Cada persona lo recibe desde sus pérdidas, sus anhelos, sus heridas y sus esperanzas. Por ello, un mismo verso nunca significa exactamente lo mismo para todos. Incluso puede adquirir sentidos diferentes para un mismo lector conforme transcurren los años y cambia su manera de habitar la existencia.

Escribir poesía con “las manos desnudas” es hacerlo desde el corazón y desde lo más profundo del alma. Es prescindir de defensas y atreverse a tocar directamente aquello que quema. También es despojarse de cuanto marca las diferencias en el mundo convencional para escribir reconociendo que, cuando descendemos a nuestras profundidades, somos hermanos nacidos de la misma fuente.

En esas regiones interiores pierden importancia los títulos, las fronteras, las edades y las jerarquías. Permanecen la fragilidad, el asombro, el miedo, el deseo de ser amados y la necesidad de encontrar sentido. Quizá por eso una Agenda integrada por poetas de doce países puede convertirse en una casa común. Cada página confirma que las latitudes pueden distinguirnos, pero la condición humana nos aproxima.

Abrir la Agenda de poesía latinoamericana actual 2027 será encontrarse cada día con una voz distinta. No se trata únicamente de organizar el tiempo o registrar compromisos, sino de permitir que versos selectos —a veces a manera de aforismos o sentencias— acompañen nuestra cotidianidad. Entre pendientes, reuniones y fechas importantes, aparecerá la palabra como una interrupción necesaria, como un breve paréntesis que nos recuerde que vivir también es detenerse, sentir y mirar de nuevo.

En el mismo tenor, pero desde los versos de Maná, quise enunciar el poder curativo de la poesía cuando nace inspirada por la honestidad, la sencillez y la simpleza:

Juro escribir los versos más simples
para recuperar la fuerza de mis palabras
y hallar entre el mar de opciones seductoras
el alivio que nace del corazón.

Después del fuego viene el alivio. No como oposición, sino como continuidad. La misma palabra que quema puede sanar; la misma poesía que nos confronta puede sostenernos. Su poder curativo proviene de su capacidad para nombrar lo que duele, acompañar lo que permanece solo y devolvernos una forma de comunión.

En días saturados de estímulos y opciones seductoras, escribir versos simples representa una forma de resistencia. La sencillez no es pobreza expresiva, sino claridad conquistada. Llegar a ella exige retirar los adornos innecesarios hasta escuchar nuevamente el pulso de la palabra. Lo simple nos aproxima a lo esencial, del mismo modo que el maná alude al alimento recibido en medio del desierto.

Eso buscamos al reunir ciento cincuenta voces en esta Agenda: ofrecer cada día una chispa y una porción de alimento. Que cada poema pueda incendiar una certeza o aliviar una herida; que nos ayude a renacer o nos proporcione sustento durante alguna travesía personal.

Treinta segundos fueron suficientes para recordarme que la poesía no necesita explicarse por completo. A veces basta mostrar el fuego, extender las manos desnudas y ofrecer unas cuantas palabras como maná. Lo demás corresponde al lector, porque es en él donde el poema vuelve a encenderse, se transforma en alimento y encuentra, finalmente, otra manera de vivir.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta