Por Abel Pérez Rojas
Sabersinfin
En mi artículo anterior sostuve una idea evidente: nadie puede escribir poesía en lugar de otra persona. Cada poeta escribe desde su propia existencia, desde una historia que nadie más ha vivido exactamente de la misma manera. Sin embargo, esta afirmación adquiere una dimensión distinta cuando la confrontamos con el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), capaz de producir, en cuestión de segundos, textos que reproducen estructuras, imágenes y recursos tradicionalmente asociados con la poesía.
Hoy podemos solicitarle a una máquina que escriba un soneto sobre la muerte, un poema amoroso o una composición inspirada en determinados autores. El resultado puede sorprendernos por su corrección formal, riqueza léxica e incluso por su aparente profundidad emocional. Pero entonces surge una pregunta fundamental: ¿estamos ante un acto de creación poética o solamente ante un texto que reúne las características reconocibles de un poema?
La respuesta exige distinguir entre el producto y el proceso creativo.
La poesía no comienza necesariamente cuando alguien escribe el primer verso. Puede comenzar muchos años antes, en una experiencia infantil, en una pérdida que nunca terminó de comprenderse, en una conversación aparentemente insignificante o en una pregunta que acompaña silenciosamente nuestra existencia.
Cuando el poeta finalmente escribe: recupera fragmentos de su historia, interpreta su presente y establece una relación con aquello que todavía desconoce de sí mismo.
Esta comprensión encuentra sustento en el filósofo estadounidense John Dewey, quien, en El arte como experiencia (1934), plantea que la creación artística debe comprenderse desde la relación dinámica entre el ser humano y su entorno. La obra no constituye simplemente un objeto terminado, sino la expresión organizada de una experiencia que adquiere significado mediante el proceso creador.
Desde esta perspectiva, escribir poesía significa transformar una experiencia en una forma sensible de conocimiento.
Podemos enseñar a una persona las reglas de la métrica, las características de una metáfora o los principios de composición de un soneto. Incluso podemos programar sistemas capaces de reproducir esas estructuras. Pero no podemos transferir mecánicamente la experiencia existencial que lleva a alguien a necesitar determinadas palabras.
Dos personas pueden presenciar el mismo acontecimiento y escribir poemas completamente diferentes. No porque una conozca más recursos literarios que la otra, sino porque cada una interpreta lo sucedido desde su memoria, sensibilidad, circunstancias y horizonte de comprensión.
Ahí encontramos una de las razones fundamentales por las cuales la poesía constituye una actividad eminentemente humana: el poeta no solamente describe el mundo, también se descubre a sí mismo mientras intenta comprenderlo.
La filosofía hermenéutica de Paul Ricoeur permite profundizar en esta cuestión. En Sí mismo como otro (1990), el pensador francés desarrolla una concepción de la identidad vinculada con la interpretación y la narración de la existencia. Aunque su reflexión no se limita a la poesía, nos ayuda a comprender que el lenguaje participa en la construcción de nuestra identidad.
Cuando escribimos, no necesariamente expresamos una identidad previamente concluida. Muchas veces descubrimos quiénes somos mediante aquello que logramos decir.
Por eso, la poesía también puede entenderse como una forma de investigación interior. El poeta formula preguntas que no siempre admiten respuestas definitivas. Explora contradicciones, reconoce emociones y descubre significados que permanecían ocultos incluso para él mismo.
En este proceso, el valor de la escritura no depende exclusivamente de la calidad del resultado. También reside en la transformación que experimenta quien escribe.
Aquí aparece una diferencia decisiva respecto de la inteligencia artificial. Un sistema puede generar un poema acerca de la nostalgia sin haber experimentado la ausencia de alguien amado. Puede construir imágenes sobre el envejecimiento sin haber atravesado las transformaciones corporales y emocionales que acompañan el paso de los años.
Esto no significa que sus resultados carezcan necesariamente de belleza o que no puedan conmover a un lector. Significa que debemos distinguir entre la capacidad de producir expresiones estéticamente significativas y la experiencia humana que tradicionalmente reconocemos detrás de la creación artística.
La investigadora Margaret Boden, especialista en creatividad e inteligencia artificial, ha contribuido a esclarecer este debate. En Computer Models of Creativity (2009), distingue tres modalidades de creatividad: combinatoria, exploratoria y transformacional. Sus investigaciones muestran que los sistemas computacionales pueden desarrollar procesos que producen resultados novedosos y creativamente interesantes. Sin embargo, también reconoce que determinar si una máquina puede ser verdaderamente creativa constituye un problema filosófico todavía abierto.
Esta precisión resulta indispensable. Sería intelectualmente irresponsable negar las capacidades creativas que exhiben determinadas tecnologías. Pero también sería precipitado concluir que producir resultados semejantes equivale a participar de la misma experiencia existencial.
La discusión, por tanto, no debería reducirse a determinar si la IA escribe poemas buenos o malos. La pregunta verdaderamente relevante es qué entendemos por crear y qué dimensiones de la creación consideramos irrenunciables.
El filósofo Walter Benjamin anticipó parte de esta problemática en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936). Al reflexionar sobre las transformaciones introducidas por las tecnologías de reproducción, desarrolló el concepto de aura para explicar la singularidad histórica de la obra artística y su relación con la autenticidad.
Aunque Benjamin escribió en un contexto tecnológico muy distinto del nuestro, sus planteamientos permiten formular una nueva interrogante: ¿qué sucede con nuestra valoración del arte cuando podemos producir innumerables obras formalmente semejantes mediante instrucciones automatizadas?
La singularidad de una creación no depende únicamente de que sus palabras o imágenes sean irrepetibles. También puede encontrarse en la relación entre la obra, su autor y las circunstancias que hicieron posible su existencia.
Un poema escrito por alguien que enfrenta una pérdida puede tener imperfecciones técnicas y, sin embargo, representar un acontecimiento fundamental en su vida. Corregirlo, reescribirlo y encontrar finalmente una expresión adecuada puede constituir parte de un proceso de comprensión y reconstrucción personal.
Si una máquina realiza íntegramente ese recorrido expresivo en su lugar, quizá obtengamos un texto mejor estructurado, pero habremos desplazado una experiencia formativa que correspondía vivir al propio sujeto.
Esto nos conduce directamente al terreno educativo.
Durante siglos hemos defendido que la educación no consiste solamente en acumular información, sino en desarrollar capacidades para comprender, interpretar, imaginar y transformar la realidad. La creación artística participa de estos propósitos porque exige atención, sensibilidad, pensamiento crítico y disposición para enfrentar la incertidumbre.
Cuando un estudiante escribe un poema, el aprendizaje no reside exclusivamente en el texto que entrega. También está en las decisiones que toma, las dificultades que enfrenta, las palabras que descarta y los significados que descubre durante la escritura.
Si delegamos indiscriminadamente ese proceso en la inteligencia artificial, corremos el riesgo de confundir el cumplimiento de una tarea con el desarrollo de una capacidad humana.
No se trata de prohibir la tecnología ni de desconocer sus posibilidades. La IA puede contribuir a la investigación literaria, facilitar el conocimiento de distintas tradiciones poéticas, ofrecer observaciones sobre un borrador o estimular nuevas preguntas. Su valor educativo dependerá de que amplíe las posibilidades del sujeto sin sustituir su participación reflexiva.
La cuestión decisiva es quién conserva la iniciativa, quién establece los propósitos y quién asume la responsabilidad de lo creado.
Esta preocupación coincide con el pensamiento de Paulo Freire, quien, en Pedagogía de la autonomía (1996), sostiene: «Enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción».
Aplicado a nuestro problema, este principio permite afirmar que ninguna herramienta debería privar al ser humano de la oportunidad de construir sus propias interpretaciones.
Rainer Maria Rilke, en Cartas a un joven poeta, aconsejaba buscar en lo más profundo de uno mismo la razón que impulsa a escribir. Su pregunta esencial era: «¿Debo yo escribir?».
Esa interrogación conserva una extraordinaria vigencia. La máquina puede responder a una instrucción, pero no necesita escribir para comprender su existencia. El poeta, en cambio, puede encontrar en la escritura una necesidad vital.
Conviene aclarar que esta condición humana no garantiza por sí misma la calidad artística. Un poema generado mediante IA puede resultar formalmente superior al escrito por una persona. Pero la excelencia técnica no agota el significado de la creación.
Lo mismo puede decirse de la pintura, la música, la danza y las demás manifestaciones artísticas. En todas ellas, el ser humano puede convertir su experiencia en una expresión que también transforma su manera de comprender el mundo.
Por eso, defender el carácter humano del arte no significa desconocer las nuevas posibilidades tecnológicas. Significa reconocer que existe una dimensión de la creación que no puede reducirse a la producción eficiente de resultados.
La inteligencia artificial puede ayudarnos a escribir, pero no puede vivir nuestra vida por nosotros. Puede ofrecernos palabras, pero no asumir nuestra historia. Puede generar representaciones de la experiencia humana, pero eso no equivale a experimentar humanamente aquello que representa.
En última instancia, la cuestión no consiste en demostrar que las máquinas jamás podrán producir poesía. Consiste en comprender que nadie puede sustituirnos en el acto de descubrir quiénes somos mediante la creación.
Y quizá esa sea una de las razones más poderosas para seguir escribiendo poesía: no porque las máquinas sean incapaces de producir versos, sino porque nosotros necesitamos continuar siendo los autores de nuestra propia existencia.
Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta



































