– La Historia Jamás Contada –
A punto de concluir -¡por fin!- esta en varios sentidos agobiante campaña electoral, conviene hacer algunas consideraciones sobre su efecto práctico en una sociedad como la nuestra. Teóricamente debería servir para interesar a la gente en la Política, esto es, la conducción de los asuntos públicos, aquéllos que nos conciernen a todos, convocándola a elegir tanto representantes idóneos como gobernantes capaces, de modo que sus necesidades apremiantes, lo mismo que sus muy naturales, lógicas y legítimas aspiraciones de una vida mejor, sean tomadas en cuenta y, eventualmente, satisfechas.
Este es el concepto democrático de Gobierno, que rompe con los tradicionales modelos oligárquico y monárquico, en los que sólo cuentan los planes de unos pocos o incluso uno solo, respectivamente. Definiciones elementales pero que sin ellas se pierde el sentido de todo esto, como sucede casi fatalmente en los hechos, donde las campañas terminan siendo torneos entre aduladores-detractores de los distintos candidatos y ya no exámenes de oposición públicos a los que se sometan éstos para demostrar más allá de toda duda razonable su idoneidad para el cargo que aspiran a ocupar.
Es así como la Política se degrada a ser una opción más dentro del repertorio virtualmente ilimitado de entretenimientos mediáticos, sea abiertos (broadcast) o en Internet -algunos bastante estúpidos, hay que decirlo- en los que puede emplearse el tiempo de ocio, banalizando a la vez todo lo relacionado con ella, quedando los políticos como simples payasos que se hacen los chistosos para burlarse de quienes los cuestionan en serio, incitando de paso a su claque tanto presencial como mediática a hacer lo mismo, como lo constatamos ad nauseam en las prédicas “maña-ñeras” (por mañosas y corrientes).

Pero no sólo esto, sino que por un efecto colateral de esta banalización de la Política, al no ser posible tomarla en serio, deja incólumes las prácticas cortesanas tradicionales, para los que el (la) gobernante sigue siendo un(a) autócrata que no tiene que responder ante nadie de sus actos, mientras los -todavía- representantes cortesanos tienen como máxima prioridad estar en buenos términos con el (la) -todavía- monarca, no vaya a ser que caigan de Su gracia y tengan que “vivir en el error”, como magistral y cínicamente lo establecía el famoso “Tlacuache” Garizurieta en los buenos tiempos del PRI.
¿Qué hacer entonces? Pues ajustarse a lo que hay y no forjarse demasiadas ilusiones de que todo va a cambiar tras haber cumplido con participar, como demasiados se empeñan en creer y hacer creer a otros. Es todavía una tarea pendiente hacer de la Política algo más, mucho más, que un espectáculo más bien corriente, aunque muy oneroso.
¿Qué piensan ustedes?
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.





























