Por: Enrique Canchola Martínez
Médico, Neuroendocrinólogo y Académico de la UAM-I.
Ciudad de México, México
Introducción
La arquitectura del cerebro humano es, en esencia, la arquitectura de un laberinto. No es solo una metáfora literaria; es una realidad neurofisiológica donde las arborizaciones dendríticas y las intrincadas redes sinápticas construyen lo que llamamos “realidad”. En la vasta obra de Jorge Luis Borges, encontramos una intuición asombrosa de estos mecanismos: sus cuentos no son solo ficciones, sino cartografías de la función cerebral que desafían la dicotomía entre lo que ocurre fuera y lo que se procesa dentro de la bóveda craneal.
El giro fusiforme y la geometría del rostro
Desde la perspectiva de la neuroestética, el cerebro actúa como un “mago cerebral”. En el giro fusiforme, esa región especializada en el reconocimiento de rostros y la lectura, se gesta la capacidad de convertir trazos de tinta en universos de significado. Borges, en su ceguera física, desarrolló una visión hipertrófica de la mente. Cuando describe los espejos o los rostros que se borran, está apelando directamente a esa plasticidad cortical donde el objeto percibido deja de ser materia para convertirse en un constructo eléctrico.
El laberinto sináptico y Tlön
En el relato “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, el autor nos presenta un mundo regido por el idealismo, donde las cosas existen solo si son percibidas. Neurobiológicamente, esto resuena con la función del lóbulo parietal y la corteza prefrontal en la construcción del espacio y el tiempo. La irrealidad borgeana es, en rigor, la actividad de nuestras neuronas espejo y de los circuitos de retroalimentación que permiten que la imaginación active las mismas áreas visuales que la observación directa. Para el cerebro, el laberinto de cristal de Tlön es tan “real” como la calle Florida, pues ambos habitan en la misma frecuencia de oscilación neuronal.
Funes y el peso de la memoria
El caso de Funes el memorioso es, quizás, la descripción clínica más brillante de una hipermnesia patológica. Desde la neurobiología, Funes carecía de la capacidad de “olvidar”, que es la función fundamental de la poda sináptica y la inhibición mediada por neurotransmisores como el GABA. Sin el olvido —esa limpieza selectiva del hipocampo— el pensamiento abstracto se vuelve imposible. Funes no podía pensar, porque pensar es generalizar, es abstraer; su cerebro era un archivo infinito de detalles sensoriales que lo mantenían prisionero en un presente eterno e inmanejable.
El Aleph: la sincronía total
Por otra parte, el Aleph representa ese punto místico donde convergen todos los puntos del universo. En términos de neurofisiología de la percepción, el Aleph es la representación de la integración multisensorial. Es el momento en que la conciencia logra una sincronía de fase donde el tiempo se detiene y el espacio se colapsa en una unidad. Es la experiencia de la totalidad que ocurre cuando las redes de gran escala del cerebro alcanzan un estado de coherencia máxima.
En última instancia, la literatura de Borges es, un manual de neurociencias disfrazado de metafísica. Al leerlo, no solo recorremos sus páginas; estamos estimulando la plasticidad de nuestras propias sinapsis, navegando por ese laberinto de espejos que es, y siempre será, nuestra propia mente, mirándose a sí misma.
Medical – Clinical – Research. Fusiform Gyrus: The Sorcerer of the Brain and Architect of Subjective RealityEnrique Canchola*, Pablo Damián Matsumura and René Moshe Rivera Division of Life and Health Sciences, Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, Mexico City, Mexico
Enrique Canchola Martínez.































