Por Salvador Calva Morales
Imitar a la naturaleza es una práctica común en muchas disciplinas provenientes de diferentes culturas. Un ejemplo de ello es el arte del kung fu en China, cuya filosofía se basa en fluir con las energías del universo, algo que se consigue mediante la observación e imitación de la naturaleza: el movimiento de las copas de los árboles con el viento o el suave balanceo de la cobra.
Pero ¿por qué adoptar estos comportamientos? La respuesta es simple: todo cuanto habita en la naturaleza posee una memoria genética. La adaptación y la evolución de los organismos son las que les han permitido preservar la vida a través del tiempo. Y no hablamos de cien o quinientos años, sino de millones de años de evolución y transformación.
El ser humano llegó a la Tierra cuando innumerables organismos ya existían. De la misma manera que un niño aprende de sus padres o de sus abuelos, la humanidad ha aprendido mucho de los seres vivos que la antecedieron.
De ahí la importancia de reconocer, con humildad, que un árbol, un animal, la propia tierra o el mar contienen una inmensa cantidad de información que aún desconocemos.
Y, si hablamos de seres vivos con una presencia prolongada sobre la Tierra, el cocodrilo ocupa uno de los primeros lugares.
El rey de los pantanos es, sin duda, uno de los animales más antiguos que aún habitan el planeta. Las especies ancestrales de cocodrilos convivieron con los dinosaurios y, aunque aquellas ya desaparecieron, dieron origen a las especies actuales. De hecho, las diferencias anatómicas entre los antiguos cocodrilos y los modernos son relativamente pequeñas.
Hace más de cincuenta y cinco millones de años ya existían reptiles muy semejantes a los cocodrilos actuales. Si el cocodrilo pudiera hablar, ¿te imaginas todo lo que podría contarnos?
En este enlace puedes encontrar una nota interesante sobre el hallazgo de un esqueleto de un ancestro de los cocodrilos modernos en la Patagonia chilena:
Quizá no pueda decirnos nada con palabras, pero vale la pena observar cuáles han sido los comportamientos y estrategias de supervivencia que le han permitido llegar tan lejos en el tiempo.
Está claro que no ha sido por su velocidad sobre la tierra, pues sus cortas patas apenas le permiten correr a poco más de diez kilómetros por hora.
Podríamos atribuirlo a su gran tamaño, a sus más de setecientos kilogramos de peso, a su extraordinaria habilidad para nadar o a la impresionante fuerza de su mandíbula, equipada con alrededor de ochenta y cinco dientes.
Sin duda, su constitución física y su eficacia bajo el agua —donde puede permanecer hasta una hora sin salir a respirar— han contribuido decisivamente a su supervivencia. Sin embargo, si debemos destacar una cualidad por encima de todas, esa es su extraordinaria capacidad de esperar y su inigualable paciencia.
Saber esperar la mejor oportunidad. No lo digo yo; nos lo enseña una criatura con millones de años de permanencia sobre la Tierra.
Esta es una de las lecciones más valiosas que nos ofrece este experimentado animal. ¿Y si ese fuera, precisamente, el secreto de su supervivencia?
Ojalá pudiéramos hacer nuestra la paciencia con la que actúa el cocodrilo. El ser humano suele ser inquieto e impaciente; quizá por ello hemos deteriorado el mundo en tan poco tiempo.
Tanto los hombres como los cocodrilos salimos en busca de oportunidades; la diferencia es que nosotros solemos forzarlas o conformarnos con la primera que aparece, sin preguntarnos si realmente es la mejor o la que necesitamos.
No sabemos esperar, y esa es una realidad. O, en el extremo opuesto, nos quedamos esperando toda la vida.
Saber cuándo es el mejor momento para actuar sigue siendo una de las grandes lecciones que debemos aprender.
Tomar buenas decisiones nunca es sencillo. Sin duda, alguna vez nos equivocaremos; pero siempre será preferible haber reflexionado lo suficiente que cargar con la sensación de haber actuado impulsivamente.
Cuando meditas profundamente antes de tomar una decisión, puedes tener la tranquilidad de que, en ese momento, elegiste lo que considerabas mejor. Sin embargo, esto ocurre pocas veces. Con frecuencia nos dejamos llevar por los impulsos y elegimos con las vísceras antes que con la cabeza o el corazón.
Y hablando de elegir con la cabeza, resulta interesante mencionar una característica que compartimos con el cocodrilo. Aunque su cerebro no es muy grande, posee, al igual que el ser humano, una corteza cerebral compuesta por materia gris, lo que le permite desarrollar memoria y una inteligencia particularmente eficiente. Quizá sea un motivo más para prestar atención a lo que la naturaleza nos enseña a través de él.
Estos animales pasan casi todo el día esperando a que llegue la presa perfecta. Sí, prácticamente todo el día.
Es una manifestación de paciencia, pero también de confianza y sabiduría. El cocodrilo es un magnífico maestro, además de uno con una experiencia evolutiva extraordinaria.
Si te sientes atraído por esta criatura pantanosa, si hay algo en ella que llama tu atención, quizá estés destinado a estudiar el arte de la espera, del acecho y de las buenas decisiones, una tarea que dista mucho de ser sencilla.
A este animal se le asocia con cualidades como la supervivencia, la adaptación, la paciencia y el conocimiento sagrado.
Es una criatura respetable. Poco hay que discutirle a este rey de las aguas. No es casualidad que haya sido objeto de culto en diferentes momentos de la historia. Nuestros antepasados reconocieron su poder, admiraron su fortaleza física y respetaron el conocimiento ancestral que simbolizaba.
En el antiguo Egipto, la creación del río Nilo se atribuía al dios Sobek, señor de las aguas, representado con cuerpo humano y cabeza de cocodrilo. Esta deidad también se relacionaba con las emociones más oscuras del ser humano, pues el cocodrilo se interna en los pantanos y se sumerge en aguas negras, símbolos de la sombra y de aquellos aspectos profundos de nuestra naturaleza que pocas veces queremos mirar.
En resumen, difícilmente alcanzaremos una memoria genética tan extraordinaria como la de esta especie. Por ello, no nos queda más que aprender, con humildad, las lecciones que nos ofrece el rey cocodrilo, auténtico maestro de la espera.
Tótem: Cocodrilo
Cualidades: Paciencia, supervivencia e inteligencia.
Artículo del libro: Etología y caractitud. Tomo I. De venta en Librería León.
Salvador Calva Morales tiene una amplia trayectoria en las áreas de Educación, la Medicina Veterinaria, la Zootecnia y la Literatura.Cursó dos licenciaturas: Medicina Veterinaria y Educación Media Superior, dos maestrías, una en Administración y otra en Docencia Universitaria. Tiene un doctorado en Administración de Negocios. Recibió el doctorado honoris causa por The England and Wales University, en Londres, Inglaterra. Recibió cuatro doctorados honoris causa por instituciones mexicanas e internacionales. Su labor altruista ha sido reconocida ampliamente. Desde 1982 fundó y preside el Sistema Universidad Mesoamericana, con ocho campus universitarios en México. Autor de sesenta y cinco libros de poesía y ensayos educativos.





























