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Donde comenzó la voz

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Por Salvador Calva Morales

Hoy no pretendo vencer a la luna
ni discutir con la sombra de las máquinas;
basta con que el verso conserve su latido
y que la emoción encuentre quien la escuche.
Lo demás es polvo que el tiempo desordena.

Vuelvo a la tarde luminosa de mi juventud,
cuando un poema prestado encontró mi garganta.
No era mío el papel, pero sí el temblor del alma;
lo recité con tanta verdad y entrega
que el jurado me concedió la guirnalda.

Aquel poema llevaba por título El circo romano
y yo, por una travesura de la memoria, lo llamé Marciano.
Poco importa el nombre cuando el fuego quema,
porque aquella declamación sembró una semilla
que, desde entonces, jamás ha dejado de crecer.

Desde aquel instante comprendí, sin saberlo,
que escribir era otra forma de abrazar la vida.
Por eso, mis palabras buscaron siempre el amor,
la gratitud que ennoblece el corazón
y la paz que nace cuando el alma deja de combatir sin razón.

Si alguna herencia deseo dejar al final del camino,
no será el recuerdo de aplausos ni trofeos pasajeros,
sino el humilde empeño de hacer el bien al prójimo;
porque un verso solo alcanza su verdadera altura
cuando aprende a trascender el humo.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta