Por Salvador Calva Morales
Quisiera desatar el temblor de tu silencio
con la lenta insolencia de mis labios;
mirarte como quien contempla un incendio sagrado
y descubrir, en el borde de tu aliento,
la dulce rendición de tus rodillas
cuando el deseo pronuncia tu nombre sin decirlo.
Anhelo recorrer tu piel como un verso prohibido,
detenerme en cada curva con devoción y hambre,
despertar los secretos que duermen bajo tu espalda
hasta que tu voz, hecha suspiro y llama,
se derrame junto a mi oído
como una plegaria escrita únicamente para mi cuerpo.
Me vuelvo celoso de la noche que te abraza,
del viento que roza tu cintura cuando no estoy,
porque imaginarte ardiendo entre mis manos
es una fiebre elegante y despiadada,
un vicio que me persigue incluso cuando cierro los ojos
y convierte la distancia en una condena exquisita.
Quisiera beber la respiración que se pierde en mi cuello,
sentir cómo tu cuerpo me llama desde lo más hondo,
mientras mis besos desordenan tus pensamientos
y el mundo se vuelve apenas un rumor lejano.
Entonces tus párpados caerían lentamente,
como dos alas vencidas por el peso del placer.
Contigo el tiempo no sabe caminar despacio;
se precipita como un río desbordado,
arrastra la razón, las promesas y la prudencia,
y nos deja desnudos de palabras,
temblando entre sombras y caricias,
como si amar fuera la más hermosa manera de incendiarse.
Y cuando la madrugada intente separarnos,
quiero seguir perdido en la geometría de tu cuerpo,
hacer de cada beso una declaración irrevocable,
de cada gemido, un juramento clandestino.
Porque en ti el deseo no termina:
se convierte en poesía,
y la poesía, en pecado.
Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta
































