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El segundo cerebro 

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Imagen del autor Loaivat en PIXABAY

El mundo iluminado

Por: Miguel Ángel Martínez Barradas

Cuando pensamos, podemos sentir esos pensamientos en nuestra cabeza, y debido a que suponemos que los pensamientos son emanados por el “yo”, concluimos que, más que ser todo nuestro cuerpo, somos más bien nuestra mente, nuestro cerebro. Difícilmente diríamos que somos nuestras uñas, o nuestro cabello, o nuestros riñones, etcétera, es decir, todo ello forma parte de lo que somos, pero no es lo que esencialmente nos hace ser, como sí ocurre con la mente. Sin embargo, si prestamos más atención a nuestro cuerpo, caeremos en cuenta de que los pensamientos no sólo los sentimos en nuestra cabeza, sino que también en una zona más baja: en nuestro vientre, específicamente en nuestros intestinos. 

La alegría, la ira, el miedo, el nerviosismo, la frustración, la tristeza y, en fin, cualquier emoción que se nos venga a la mente, la sentimos primero en nuestra región entérica, específicamente, en los intestinos, y después en nuestro cerebro. La expresión “sentir mariposas en el estómago” no es más que una metáfora de los “pensamientos” que las vísceras digestivas están generando y que si bien no percibimos como ideas, no por ello dejamos de comprender su significado, de ahí que los intestinos sean llamados por algunos como “el segundo cerebro”. 

Los intestinos son más complejos de lo que imaginamos. A primera vista pareciera que su función no es otra que asimilar ciertos nutrientes y desechar los residuos alimenticios que nada nos aportan, sin embargo, la ciencia médica ha llegado a postular que la neuronas, aquellas células nerviosas presentes en nuestro cerebro, constituyen también una parte del intestino delgado y grueso, y que son estas neuronas intestinales las que en parte determinarán nuestro estado de ánimo, solamente de manera parcial porque el otro conjunto responsable de cómo nos sentimos y conducimos por la vida será el compuesto por los microorganismos buenos y malos de nuestra microbiota, también intestinal. 

No es mínimo el hecho de que nuestra microbiota influya en cómo nos sentimos y actuamos en el mundo, pues al estar ésta constituida por billones de microorganismos surge la pregunta: ¿soy yo el que pienso, o es la microbiota la que piensa?, ¿es el “yo” un ente individual, o es el “yo” el resultado de una colectividad microscópica?, ¿no sería más preciso pensar que somos semejantes a un bosque, a una suma de voluntades, en la que el “yo” individual no es más que una ilusión? 

A medida que la ciencia médica avanza, más conscientes nos hacemos de lo mucho que nos falta por descubrir en torno al funcionamiento de nuestro cuerpo, pero, además, nuevos horizontes filosóficos se nos presentan, pues si ya de por sí era complejo reflexionar en torno al “yo” desde la perspectiva de que el cerebro craneal construye y define la realidad, más lo será ahora que se postula la presencia del segundo cerebro, el intestinal, cuya problemática radica en que éste se debe a la suma de neuronas entéricas (intestinales) con millones de microorganismos. 

Sin embargo, el dilema no es sólo para la filosofía, sino que también la psicología y la psiquiatría se ven obligadas a descender del cerebro craneal para atender lo que ocurre en el intestinal, pues, en este sentido, el ser humano no es resultado solamente de lo que vive y, por ende, piensa con la cabeza, sino también de lo que come y “piensa” con los intestinos. Investigaciones médicas, por ejemplo, se han centrado en cómo el consumo de azúcares, harinas, grasas trans y otras categorías alimenticias nocivas repercuten en estados de depresión y angustia, en otras palabras, el aumento en la ingesta de los alimentos denominados como “chatarra”, tales como la comida rápida, las botanas y las golosinas, no sólo se traduce en un aumento en los índices de obesidad y de enfermedades cardiovasculares, sino, además, en problemas psíquicos preocupantes. La escritora Camila Rowlands, en su libro La increíble conexión intestino cerebro, lo explica en estos términos: 

«Hasta hace poco dábamos por sentado que las experiencias impactaban directamente en nuestro cerebro, y considerábamos la respuesta emocional a esa experiencia como un proceso mental. Ahora se sabe que la primera respuesta emocional a una experiencia es en realidad una respuesta visceral. Si hablamos de estado mental, enseguida pensamos en nuestro cerebro, pero para hablar de procesos cerebrales no racionales, y de emociones, también tenemos que mirar hacia los intestinos, el segundo cerebro. Es evidente que las emociones alteradas producen malestar estomacal, lo que no es tan evidente es el daño emocional que proviene de un intestino en mal estado. Lo que nos resulta novedoso y sorprendente es que el estado de nuestro sistema digestivo afecta a la función cerebral. Existe la posibilidad de que el equilibrio entre bacterias beneficiosas y perjudiciales de nuestros intestinos module nuestro comportamiento y estado de ánimo. Los grandes enemigos de nuestro segundo cerebro son los azúcares y las harinas refinadas que alimentan a las bacterias perjudiciales de nuestra microbiota y matan a las beneficiosas. Eliminando o reduciendo los productos industrializados y cuidando nuestra alimentación, aseguraremos un buen suministro de serotonina (“la hormona de la felicidad”). Es fundamental entender que la onados con el cerebro (o con la mente), y uno de estos factores es el estado de la microbiota intestinal.» 

Nuestros tiempos son los de una crisis sanitaria sin precedentes. Nuestros males son la depresión y la obesidad, una empieza en la cabeza, la otra en los intestinos, y lo que las une es el nervio vago que conecta al bulbo raquídeo con el colon. Es por este nervio que el estrés mental llega a nuestras vísceras y que el malestar orgánico se eleva a la cabeza en forma de tristeza. En el cuerpo todo está conectado, por ello vale la pena cuidar lo que recibe el segundo cerebro. 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.