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El soborno electoral=colapso de los servicios públicos 

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Imagen del autor Bob_Cubitt en PIXABAY

Por Hiram A. Cervantes

Las manifestaciones que se verificaron en días pasados (y que se vienen agravando desde hace ya varios años) es culpa del modelo insostenible de gobierno; simplemente, las decisiones de esta administración han llevado al colapso a los servicios públicos. Eso es lo que estamos viendo: un colapso. 

Recientemente, hubo dos protestas relevantes a nivel nacional: 1) la del personal de salud del IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) y 2) las de la crisis hídrica en Guadalajara, Jalisco. Y ambas derivan de la incomprensión de lo siguiente: Ningún derecho es gratuito; para tener salud, justicia, libertad, seguridad o acceso al agua, alguien tiene que pagar la factura. 

El modelo de gobierno actual es una degradación a una idea sencilla: dale dinero a la gente y tus bases electorales seguirán votándote. Es una idea tan simple y poderosa, como peligrosa; es corrupción del sistema democrático. Y eso porque su efecto también se puede sintetizar en una frase: “no hay insumos, hay corrupción”, como protestaba el personal de salud. En lugar de cumplir con sus deberes y obligaciones, el gobierno decidió sobornar a sus ciudadanos en perjuicio del financiamiento que sostiene los derechos ya conquistados. Nos han vendido gato por liebre. 

Mi abuela recibe la pensión de mi abuelo recién fallecido y bromea con la que recibe de parte del gobierno federal; no la considera ganada y me ha dicho que preferiría que ese dinero regresara a los jóvenes, a pagar salarios y servicios. Ella sabe que ese dinero no aparece por arte de magia, sino que algo se lo está perdiendo. Mi abuela no es ostentosa y tiene la sencillez y humildad de quien ya vivió toda una vida y reconoce el valor de lo importante, como el tiempo y pasarla bien. 

En contraste, yo veo y sufro indignantes filas fuera de los centros de salud ¿En qué momento se hizo digno y normal el hacer esperar a un enfermo en la calle? ¿Cuándo aceptamos el morir en la calle, renunciando a una cama decente? ¿Por qué ustedes no se indignan al ver a otros padecer frio, como requisito para ser atendido? Yo no me he acostumbrado, pero ya no reclamo porque sé que no es culpa de la enfermera o del médico que ya olvidaron también lo que es digno, como un salario que alcance al final del mes. 

Con esto, no pretendo desconocer a los millones de personas en la pobreza que no tienen una vejez digna. Pero, regalar dinero a todos sin una política pública seria e instituciones que garanticen resultados es sobornar al electorado, no es tener un buen corazón. 

Yo trabajé 6 años en el gobierno federal. Viví los inicios del austericidio que ahora ha hecho metástasis. Creí que sería por un momento, que teníamos que “echarle ganas” por un tiempo, “apechugar” los gastos de la oficina y demostrar nuestro compromiso con el sacrificio de poner los insumos. Estaba muy equivocado. Hace dos años que dejé el servicio público y sé por fuentes confiables que la situación es peor. 

Dejamos de dar trabajo y prestaciones como derechos sociales conquistados por contratos de tiempo limitado y que no cubren lo que los usuarios necesitan. Le quitaron “disque privilegios” a los burócratas (no a los políticos), pero nos dejaron sin salud, agua, justicia y otros servicios públicos. Y muchos creyeron lo mismo que yo: las cosas mejorarían, llegarían los recursos y los refuerzos eventualmente. Nos dejaron solos y nos han quebrado el espíritu. 

El servicio público es muy frustrante e ingrato. Le puedes echar muchas ganas y aun así, alguien llegará a insultarte y te hará sentir que no haces suficiente. Porque, si hay compromiso, siempre verás a un familiar o amigo en el enojo de quien no puede comprender que haces tu mejor esfuerzo y simplemente no cuentas con las herramientas para cumplir tu deber, no caridad, no solo trabajo: deber. Es injusto mandar a la tropa comprometida e inspirada a una misión suicida. 

Los derechos cuestan; alguien tiene que pagar la factura. Es cruel el hacer pagar a quien ya entrega su vida por vocación. Es inhumano el engañar al pueblo con sobornos, no pensiones dignas, no asistencia social: son sobornos. Y no lo digo yo; recomiendo leer “El costo de los derechos: Por qué la libertad depende de los impuestos”, de Stephen Holmes y Cass R. Sunstein. Usted y yo sufrimos porque nuestros impuestos se van a un soborno electorero, no a nuestros derechos. Lo único que transformó MORENA y AMLO fue recursos e instituciones que garantizaban nuestros derechos por habichuelas mágicas, por templetes en el Zócalo. 

Y… ahora… ¿qué hacemos? Observar y reflexionar. No es tiempo de llamar a la acción porque no tenemos soluciones a este brete en el que nos metimos por aceptar un soborno. No tengo mayor respuesta. Y no me atrevo a vender certezas porque sería hipócrita, sería sobornar su intelecto. En su lugar, ofrezco una reflexión, un paralelismo: 

El 25 de octubre se conmemora en Reino Unido la batalla de Balaclava (en la actual Crimea, ocupada por Rusia). En 1854, un error táctico, de mandos mal preparados y que compraban el puesto, del ejército británico llevó a la muerte a casi brigada entera de caballería. A pesar de las pérdidas y el fracaso, el episodio fue vanagloriado en la cultura británica, tanto así que el episodio se inmortalizó en un poema que forma parte de la instrucción básica en ese país (The Charge of the Light Brigade, Lord Tennyson). En respuesta, el poeta Rudyard Kipling publicó un poema 36 años después en el que denunciaba: mientras unos se derretían en odas de patriotismo, los últimos 20 de la Brigada de Caballería Ligera, rotos y viejos, no tenían donde dormir ni dinero para comer (The last of the Light Brigade). 

Les pedimos al personal médico y a burócratas (como yo) que nos atendieran durante la pandemia. Con miedo en la misma proporción que compromiso y valentía, cumplieron su deber y nos sacaron de una crisis, sin los recursos que desesperadamente necesitaban. Solo Dios sabe lo que cada uno sacrificó en esos años. Hoy esas mismas personas no tienen trabajo digno y viven mayor frustración y fracaso en el cumplimiento a su deber. Están agotados, mientras los políticos siguen comprando voluntades y su puesto.  

Y los médicos no son la única crisis que atravesamos. No habrá seguridad, justicia ni trámites eficientes, si no cuidamos de nuestros policías y soldados, jueces y magistrados, secretarios y burócratas. Todos los servicios están colapsando; lo bueno es que no nos quedamos con un poema. Ojalá los fierros torcidos y mal hechos de Dos Bocas, el Interoceánico y el Tren Maya puedan servir de algo en el futuro. 

Hiram A. Cervantes, Escritor y litigante mexicano