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Elena, la brillante

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Imagen de Nika Akin en Pixabay

Por Salvador Calva Morales

Elena, la brillante, dice el viejo diccionario,
y así te conocí, fulgor extraordinario.

Desde tu mirada hasta el pulso de tu voz
enciendes mis sentidos
y me desnudas ante Dios.

Desde entonces mi vida se alumbra en tu fulgor,
pues llevas en el pecho
la definición del amor.

Tus montañas suaves de dulzura encendida
me llaman al vértigo,
al néctar de tu vida.

Entre aromas de fuego y suspiros sinceros
palpita el deseo
de tus jugos lisonjeros.

Montañas que respiran perfume de locura,
invitándome a perderme
en su tibia dulzura.

Cada curva tuya es promesa y pecado,
cada gesto, un llamado
al placer callado.

Bajo tu melena, refugio y misterio,
te ocultas, mi diosa,
en un juego etéreo.

Melena torrente donde el deseo se esconde,
es selva de abrigo
y misterio que responde.

Y cuando te acercas, Elena, se detiene el aire,
mi piel se hace llama
y mi boca, llama que arde.

Y yo, devoto amante, me pierdo al mirarte,
como un peregrino
que ansía adorarte.

¡Qué días aquellos, Elena mía, sagrada!,
cuando el mundo callaba
y tú eras mi alborada.

Sin miedo al reloj, ni al deber, ni al pecado,
huíamos del todo,
del tiempo y su pasado.

Nos bastaba mirarnos para entender el rito,
la pasión hablaba
sin decir lo escrito.

En tu piel hallé la ciencia del delirio,
la calma y la tormenta,
el gozo y el martirio.

Tu sabor bendito era mi alimento,
y tu cuerpo, mi templo,
mi fuego, mi aliento.

Si tu cuerpo era un lenguaje de lentos relámpagos,
un canto que encendía
mis instintos cálidos.

Allí, entre tus ecos, el tiempo se rendía,
y el alma aprendía
lo que el cuerpo decía.

Tantas veces, amor, te elevé hasta el cielo,
con mis labios lentos,
con mi tierno anhelo.

Y tú, en cada espasmo, me diste el sentido
del amor total,
del placer compartido.

Tranquila, mi vida, que el tiempo nos espera;
aún nos queda historia,
pasión verdadera.

Ya vendrán las horas, los besos, la calma,
y el reencuentro ardiente
que devuelva el alma.

Cada curva tuya es promesa y pecado,
cada gesto, un llamado
al placer callado.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta