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En el Día del Maestro

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Por Salvador Calva Morales

Hoy no debería bastar un aplauso,
ni una palabra ligera vestida de costumbre,
porque llaman “Día del Maestro” a una fecha cualquiera,
mientras el verdadero maestro vive eternamente enseñando.
No es oficio de horarios ni de calendarios:
es sacerdocio del alma entregada al conocimiento.
Desde el divino magisterio de Jesucristo,
que sembró amor, sabiduría y verdad entre los hombres,
hasta aquel que frente a un grupo permanece firme,
desgastando su voz para encender inteligencias dormidas,
todos llevan sobre sus hombros la sagrada misión
de transformar la ignorancia en luz y la duda en esperanza.
Ser maestro es vaciar la propia vida en otras vidas,
es compartir la experiencia como quien reparte pan bendito,
es corregir con paciencia, levantar con ternura
y mirar triunfar al alumno aunque el mundo jamás lo advierta.
Porque quien enseña de verdad deja fragmentos de su existencia
en cada palabra que el discípulo resguarda para siempre.
No necesita el maestro coronas ni homenajes pasajeros,
pues la mayor gratitud vive en el conocimiento heredado,
en la mente que despierta, en el corazón que comprende,
en el ser humano que aprende a caminar con dignidad.
Cada enseñanza permanece latiendo en el tiempo
como una llama infinita que jamás conoce la muerte.
Maestro no es solamente quien dicta lecciones en un aula,
sino quien inspira, quien guía y transforma destinos;
quien vuelve respetable la sabiduría con el ejemplo
y convierte el saber en un fuego imposible de extinguir.
Eso proclama el saber infinitista de los tiempos:
que el verdadero maestro permanece vivo para siempre.
Por eso hoy no felicito la costumbre ni la apariencia,
felicito al auténtico sembrador de conciencia y grandeza,
al que entrega sus días, sus noches y hasta su cansancio
para que otros puedan elevarse sobre la oscuridad.
Gloria eterna a los verdaderos maestros,
los que enseñando vuelven inmortal su propia alma.

Salvador Calva Morales #Salvadorcalvamoralespoeta