– La Cueva de los Espejos –
Por: Alejandro Rivera Domínguez
Entre la telaraña que sostienen las ideas, las lavanderas del tiempo, sacuden las cenizas que manchan la larga senda de la historia. Los siglos son hechos de años, rematados por el devenir de los meses, los días, los instantes. Toda ésa inexorable marcha del tiempo, la transformamos en un pálido eco que viene de lejos y, recala entre los espejos nebulosos de la historia.
Olvidamos. La historia, veleidosa reside entre los que imponen su verdad como un destello que penetra la obscuridad del tiempo. Son ellos los que imponen su verdad absoluta, son ellos los que sostienen que solo su lectura es la verdadera realidad. Nosotros olvidamos. Hubo, cierto, un tiempo de dedicada búsqueda, intensa, para explicar el origen de extrañas formaciones pétreas, de huesos de tamaño asombroso. Los europeos navegaban en un océano de dudas y ninguna certeza. Aquí en Mesoamérica, tiempo ha, se disiparon en la nada, mitos y extraordinarias ideas sobre la realidad. Mientras los europeos hacían suyas las ideas astronómicas aun endebles, en Mesoamérica los astrónomos construían, con la portentosa marcha del cielo, las formaciones estelares que indicaban el destino, el impulso de sobrevivir, obtener el alimento, regalo divino. Los frutos plateados de la noche marcaban el ritmo de la siembra y la cosecha que nacía de la madre tierra. Los calendarios, con mucho, superaban no solo los europeos, también dejaban atrás a otros calendarios de oriente, del sur y del norte. Sí, eran obsesivos de la precisión, y las construcciones indecibles de las pirámides, inigualables en su concepción y matemática oculta. La realidad, siempre huidiza, se desplegaba entre los sabios mesoamericanos. De antaño, con gran respeto, se saboreaba el aguacate, chile, maíz, amaranto, tabaco, cacao. La vida con su dureza, florecía, los mitos y los rituales, obedecían la marcha del cielo, construyeron ciudades asombrosas. Y después, todo aquel universo, se esfumó. Sin embargo, cuando se fusionaron dos mundos, apareció simultáneamente otra lectura de la realidad, igualmente compleja, rica, pero a fuerza de cuña, la base del mundo antiguo, fue suplantado por otra cosmovisión. Sin embargo, la fusión marcó el comienzo un punto de convivencia. En Europa, entre los humos renacentistas las ideas se transfiguraban; de la casulla y el olor velas y tinieblas, a un escenario donde el hombre se preguntaba quién era, de dónde venía. Los fósiles se explicaban en torno a orígenes divinos. No era suficiente, la imprenta había llegado en 1450, las ideas expandían su poder y abrían la mente a nuevos abrevaderos de saber. En ése devenir en Mesoamérica los grandes huesos eran historia vieja. En 1520, los españoles se encontraban en Tlaxcala. Bernal Díaz del Castillo, escribía:
“…Y como nuestro capitán y todos nosotros estábamos ya informados de antes de todo lo que decían aquellos caciques estorbó la plática y metióles en otra más honda, y fue cómo habían ellos venir a poblar aquella tierra , y de que parte vinieron, que tan diferentes y enemigos eran de los mexicanos, siendo unas tierras tan cerca de otras, y dijeron que sus antecesores que en los tiempos pasados que allí, entre ellos, poblados por hombres y mujeres muy altos de cuerpo y de grandes huesos, que eran muy malos y de malas maneras que los mataron peleando con ellos, y otros que de ellos quedaban se murieron y para que viésemos el tamaño y altos cuerpos tenían, trajeron un hueso o zancarrón de uno de ellos, y era muy grueso, el altor tamaño como un hombre de razonable estatura y aquel zancarrón, era desde la rodilla hasta la cadera. Yo me medí con él tenía tan gran altor como yo, puesto que soy de razonable de cuerpo. Y trajeron otros pedazos de hueso como el primero, más estaban ya comidos y deshechos por la tierra; y todos nos espantamos de ver aquellos zancarrones, y tuvimos por cierto haber habido gigantes en esta tierra. Y nuestro capitán Cortés nos dijo que sería bien enviar aquel gran hueso a Castilla…”
El mito de los gigantes, es universal. En Mesoamérica encontrar grandes huesos, era común, mucho antes que los europeos creyeran en otros gigantes como el mito de Theothobucus, un antiguo guerrero germano; en realidad huesos de mamut que fueron excavados en una mina y causaron gran asombro en Europa central. El notable descubrimiento de fósiles de mamut, tuvo lugar en pleno siglo xvii. No obstante, las descripciones europeas eran ambiguas y ridículas, mientras en Mesoamérica, la explicación se colmaba con un poderoso mito: los Quinametzin (Los venerables que existieron, en náhuatl) eran desde entonces reflejo, de la fértil imaginación autóctona. Los mesoamericanos, en efecto, conocían, de hecho convivieron con muchas especies que se desvanecieron en el pozo del tiempo. Los fósiles de camellos, caballos, mamuts entre otras especies abundaban en terrenos que ahora llamaríamos pleistocénicos. Una época marcada por enormes glaciares que facilitaron la marcha de fauna asiática y americana a través del hielo, pequeños corredores, los bordes costeros y probablemente hábil navegación. Paulatinamente, ambos continentes, Eurasia y América, vieron pastar y cazar a nuevas especies, los vegetales también participaron del enorme intercambio. Mucho antes, dos millones de años anteriores a la llegada de humanos a América, y debido a las colosales fuerzas de las placas tectónicas, se cerró el actual istmo de Panamá y el flujo de otras especies entre Norte y Sudamérica enriqueció la vida. Los huesos gigantes eran conocidos. El mito hizo el resto, es decir, pobló de deidades y Quinametzin la asombrosa y compleja cosmovisión mesoamericana.
El Virreinato español, fundió en el crisol de la historia, personajes asombrosos, mientras al norte, los iletrados colonos anglos, apenas balbucían versículos bíblicos, sin embargo, estaban dotados de una desmedida ambición, muy cristiana, ciertamente, que los condujo a buscar maneras de exterminar a los ancestrales y legítimos poseedores de enormes praderas. Un abuso histórico, que aunque habite en los obscuros rincones de la historia, permanece ahí, y comparte los altos andamios del devenir del tiempo. Hay una diferencia notable, unos expoliaron y exterminaron, los hispanos, en contra, se mezclaron, compartieron, construyeron ciudades, navegaron; la fusión de dos culturas complejas vio nacer a Carlos de Sigüenza y Góngora, Juana de Asbaje, Diego Rodríguez, Eguiara y Eguren, Bernardino de Sahagún, Juan de Palafox y Mendoza, José Ignacio Bartolache, editor del Mercurio Volante, la primera revista científica de América, José Antonio de Alzate, Bernardo de Balbuena y una obra cumbre: Grandeza Mexicana, escrita a principio del siglo xvii. Otros notables que harían una lista enorme, convirtieron a México en un semillero de intelectuales y científicos; notables españoles, criollos, mestizos, africanos y autóctonos que contribuyeron para fundir una nueva patria, llegó la primera imprenta continente americano, la primera gran universidad. Ya Francisco Hernández, enviado del Rey español, a finales del siglo xvi, había explorado buena parte del territorio enorme de México y daba cuenta de la riqueza botánica y faunística del país. La Nueva España era un faro sorprendente donde florecían imprentas, circulación de libros, ideas filosóficas, notabilísima ingeniería, minería, astronomía…, Llegaron tiempos de independencia de la corona española. Durante el siglo xix, el joven país, se debatió en luchas cruentas, negación del pasado virreinal, intento de formar dos imperios. Entre aquel terrible periodo, al norte acechaba un buitre con plumaje de ambición, codicia, barbarie anglosajona, el choque de un abusivo de barrio con una nación en sus primeros intentos de integrarse. Se perdió casi la mitad del territorio de la antigua Nueva España. De pronto surgieron aventureros por todos los rincones y se produjeron hechos insólitos que bien pintan la estupidez y la ambición desmedida de los anglos sujetos a hipócritas resabios de cristianismo interpretado a su conveniencia.
Un hecho importante que da cuenta de la formidable historia de las ideas paleontológicas y de la ambición desmedida de los anglos, es la llamada “guerra de los huesos”, escenificada por un par de bribones que si bien, abrieron las puertas a la exploración geológica y paleontológica, pusieron en claro el abuso, y la ambición enfermiza de quién desea alcanzar la gloria a cualquier precio, estos personajes fueron Edward Drinker Cope y Othoniel Marsh, ambos favorecidos por una gran riqueza.
Edward Drinker Cope, era sin duda, un joven de talento, dibujaba espléndidamente, y colectaba toda clase de insectos y rocas. Su padre veía con recelo aquellas inclinaciones y tenía la idea que Edward dedicase su vida a la agricultura, actividad que había formado una familia cuáquera de enorme riqueza. Con el fin de apartarlo de sus inclinaciones naturalistas, le obsequió una magnifica granja denominada McShag´s Pinnacle, de gran productividad. Inútil; Edward solo se interesaba en las aves, rocas e insectos. La Guerra de Secesión comenzó, y dados los principios pacifistas cuáqueros, Edward fue enviado a Europa para evitar ser enrolado. Leyó con devoción El Origen de las especies, publicado en 1856 y de inmediato el nombre de Charles Darwin, despertó un interés mundial.
(Continuara)
Alejandro Rivera Domínguez, integrante de la Asociación de Estudios del Pleistoceno.





























