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Encuentro

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Foto: Pixabay

Sabersinfin

Dime sí y hasta en los infiernos te buscaré.

Abel Pérez Rojas

I


—“No hay dinero suficiente para algunas necesidades”, pienso mientras retiro los últimos quinientos pesos de mi pago quincenal.

Salgo presuroso del cajero electrónico no sea que alguien vaya a pedirme que devuelva parte de lo que traigo de mi raquítico sueldo.

Mientras guardo el billete en la bolsa secreta de la roída chaqueta de mezclilla, pienso cómo haré rendir el dinero en un país que lleva cuatro meses con índices de inflación a la baja, pero la pasta no alcanza.

La sucursal bancaria quedó atrás, sin embargo ahora me siento como si yo fuese una especie en extinción, la de quienes todavía acuden a retirar efectivo, porque las operaciones electrónicas no son de fiar.

Sé que la totalidad de la plata retirada será para alimentar mi alma.

II

Doy gracias de vivir solo, así no tengo que dar explicaciones de mis finanzas.

El combustible para avivar mi esperanza me aguarda sobre la mesa que fabricó mi padre antes de morir.

Si ese pequeño envoltorio tuviera vida, quizá me suplicaría más tiempo de existencia.

Sonrío, porque tal vez la soledad ya me está haciendo daño y ahora empiezo a imaginar personalidad para las cosas inanimadas.

Tomo un pocillo de aluminio y empiezo a preparar té de manzanilla, por aquello de que esas infusiones son buenas para tratar las afecciones estomacales.

Al fondo la letra de Pedro el herrero, la canción compuesta por José Alfredo Jiménez parece machacar esa sensación de que es riquísimo regodearse en la posibilidad de lo que pudimos ser, pero no fuimos y solo nos queda consolarnos con lo que se tiene, porque “peor sería no tener algo”:

No pude ser algo grande / por no haber ido a la escuela / sigo aprendiendo despacio / lo que la vida me enseña. / No pude alcanzar la gloria / por no salir de mi pueblo, / un pueblo lleno de historia / no quise dejar de verlo. / No sé ni escribir mi nombre / yo no entiendo los letreros / soy de este mundo el más pobre / hijo de Pedro el herrero. / Por lo que sufre mi madre / yo cada día más la quiero, / cuánto trabaja mi padre / por tan poquito dinero. / Y yo no puedo ayudarlo / por no haber ido a la escuela / sigo aprendiendo despacio / lo que la vida me enseña. / Pero me siento orgulloso / aunque no tenga dinero / de ser hijo de mi padre / mi padre es Pedro el herrero.

III

En la mesa de madera construida con restos de un viejo ropero sostengo mi cara con las dos manos; los codos apoyados en la aún barnizada superficie parece acentuar el mensaje de aburrimiento, cansancio o hartazgo.

En realidad no es ninguna de las tres posibilidades, solo estoy pensando.

Pensar es una palabra de mucho peso para esa imagen de la cual soy el personaje central, en realidad solo estoy reposando con los pensamientos activos en una noche de viernes.

Quizá el calificativo de “medio ido” sería más exacto para describirme.

Me hago el disimulado, porque en realidad yo sé que ya quiero ir a dar alcance al destino final del “combustible que aviva mi esperanza”.

Respiro profundamente, me pongo de pie y voy por el pequeño sobrecito.

No podía esperar más para dar alcance a mi ineludible futuro inmediato.

IV

Como si se tratase de algo importantísimo o una especie de la última pieza faltante de algún rompecabezas, tomo un par de las veladoras guardadas en el mueble de triplay.

Infaltables los cerillos de madera que me recomendaron por ser más aptos para los rituales en los que se usa fuego.

Estoy cómodo, solo tomé té y cero comida, no es que esté ayunando, pero más vale no saturar el estómago para facilitar lo que viene.

Deposito en mi mano izquierda tres cápsulas blancas extraídas del sobrecito, las llevo a mi boca y éstas traspasan los límites de mi garganta con el esófago gracias a un abundante trago de agua.

Todo se nubla.

IV

Tomados de la mano nos volvemos a encontrar como hace cinco años.

—Sigues igual de bella, sin cambio alguno… ¡te amo!, le digo sin dudarlo.

Un hechizo dijiste tener / y con ello múltiples vidas, / pero te equivocas, / no es tu encanto / lo que te hace sempiterna; / es, quizá, tu capacidad para fluir, / tu adaptabilidad al tiempo y al espacio / lo que provoca romper lo amargo, / lo ácido de lo que dulce debería ser. / Sempiterna como el ciclo del día y la noche, / como la vibración celeste / y la expansión cósmica infinita. / Interminable como esta sequía sin fondo, / como esta amargura persistente / que poco a poco encuentra acomodo. / Un hechizo dijiste tener, / pero mentiste / —tal vez sin quererlo—, / porque la hechicería es oscura / y en tu ser sólo hay luz y más luz, / de esos rayos / —que dicen los videntes—, / acompañan a las cortes angelicales / o a los actos de bondad sinceros. / Un hechizo dijiste tener, / pero no lo creo, / por eso sigo aquí / frente a ti sin temor alguno, / tan confiado / como quien descubre el pecho / ante un colt descargado, / como quien pone el cuello sabiendo / que la guillotina no caerá / o como quien le escribe a alguien / que es de luz y no de oscuridad. (Luz. APR. Enero, 2019)

Perdido en alguna dimensión sigo con mi amada trascendida al plano de la luz por aquel fatal accidente que la arrebató de mí.

Nos perdemos tomados de la mano, mientras mi cuerpo flanqueado por dos veladoras espera el paso del efecto de las píldoras.

Abel Pérez Rojas (abelpr5@hotmail.com) es escritor y educador permanente. Dirige: Sabersinfin.com #abelperezrojaspoeta